La historia de Can Lluís, el restaurante mítico del Raval comprado por un fondo buitre, se convierte en una serie excelente
El director Pol Rodríguez (codirector junto a Isaki Lacuesta de Segundo Premio) creció entre fogones. Los del restaurante familiar en el que durante 90 años toda su familia trabajó dando de comer a la gente que se acercaba por un sitio que se convirtió en emblema del Raval. Por allí pasaba desde cualquier vecino del barrio hasta círculos intelectuales del entorno barcelonés, como José Luis Guerín o Joaquim Jordà. Lo que pasó a aquella casa de comidas podría haber sido una trama de En construcción, el documental de Guerín que en 2001 mostró el comienzo de la gentrificación en aquel barrio.
Un fondo buitre compró el edificio y logró que la familia de Rodríguez tuviera que dejar aquel lugar en el que habían crecido y pasado toda su vida. Aquella historia, que funciona como ejemplo paradigmático de la turistificación de Barcelona y de otras ciudades y del problema de la vivienda en España, se ha convertido en una serie creada y dirigida por el propio Pol Rodríguez junto a su amigo Isaki Lacuesta. Una serie con la que, además, se cierra un círculo. Fue en esa casa de comidas donde conoció a Jordá, comenzó a trabajar de ayudante de dirección con él, y ahí se encontró con Isaki Lacuesta, con quien ahora firma la serie.
Ravalear, que así se llama la serie, se ha proyectado en el Festival de Berlín, donde ha desvelado sus dos primeros episodios. Dos capítulos que apuntan a que estamos ante una de las series del año. Una ficción donde la realidad se cuela, donde incluso parece que hay partes grabadas con cámara oculta en el Raval, y con un toque de guerrilla que se cuela en este ejercicio de estilo creado a golpe de montaje, banda sonora y unas interpretaciones excelentes de un cast comandado por tres de los mejores actores de su generación: Enric Auquer, María Rodríguez Soto y un Quim Ávila al que le deberían empezar a llover los papeles.
Auquer se convierte, de alguna forma, en un trampantojo del propio Rodríguez en la serie. Un joven que ve cómo el sueño de sus padres de comprar por fin el restaurante que durante décadas han alquilado y han regentado se desvanece por el engaño de un fondo buitre que les deja tirados, y vende el local (y todo el edificio al mejor postor). Ravalear muestra la realidad del mercado inmobiliario, las tretas de las empresas para echar a los inquilinos y las consecuencias en el tejido social y en los barrios de todo ello. Podría, de hecho, ser la secuela espiritual de aquella En construcción que citábamos.
Hasta Berlín ha venido la familia de la ficción y Pol Rodríguez, que se mostraba emocionado y nervioso por compartir una historia que, de alguna forma, es la suya. De hecho, también ha venido su familia real, sus padres, que confesaban que cuando vieron la serie terminada se emocionaron al ver tantos recuerdos allí plasmados. Rodríguez cree que en esta serie hay algo de “venganza”, pero también de “sanación”.
Lo que hay es una clara mirada a un problema que nos atañe a todos y que expulsa a la gente de las ciudades para ponerlas al servicio de fondos buitre y turistas. Aclara también que está “inspirado” en lo que pasó en su familia. “Tuvimos un restaurante en el barrio del Raval durante 90 años, y en el 2021 tuvimos que cerrar con un desahucio y tuvimos ese proceso de lucha contra un fondo de inversión que duró más o menos unos cinco años. Yo estaba ya escribiendo una historia sobre la falta habitacional en la ciudad. De repente me di cuenta de que la realidad estaba entrando ya en la ficción directamente. Entonces fue cuando decidí introducir toda la trama de la familia e, investigando sobre fondos de inversión, me di cuenta de la complejidad y de la profundidad del asunto”, explica desde Berlín.
La complejidad del asunto le hizo ver que no podía ser una película, sino una serie donde abordar todas las aristas y complejidades de un tema con el que le cuesta ser optimista. “A nivel político, es muy obvio que no hay un interés en regular una problemática que nos afecta a todos, pero también nosotros mismos, como clase media, nos hemos convertido todos en turistas. Al final ahora somos dos tipos de personas: o somos turistas o gente sin casa. Es así de claro. Los que tenemos una casa podemos viajar y viajamos. Entonces, ¿cuánto de culpabilidad tenemos nosotros mismos en todo ello?”, analiza, y espera que la serie abra el debate que haga “ponerse las pilas a los políticos”.
La serie muestra cómo esa lucha que se da en el barrio del Raval, entre mantener su esencia o rendirse a las nuevas modas, también se produce dentro del restaurante, donde uno de los hijos quiere apostar por un menú más caro y pijo mientras que el otro apuesta por mantener la esencia popular del local. En palabras de Rodríguez, “la serie va sobre cuánto necesitamos el progreso y a qué precio”. “Pasa en las ciudades y pasa en la cocina. Me interesa muchísimo esta contradicción de cómo el pasado a veces te ata y qué lastre tienes que dejar para poder avanzar, pero al mismo tiempo, muchas veces arrasas con cosas que no deberías arrasar por ese progreso”, opina.
Con Ravalear quiso que también hubiera una coherencia, que “el Raval entrara a cucharadas en la serie”. Eso se nota en la puesta en escena, con esas tomas lejanas y esos zooms que captan la esencia del barrio, pero también en cómo han trabajado introduciendo a las ONG y asociaciones que trabajan en sus calles. “En este caso, en el que hablábamos de una problemática social, yo quería conocerla de primera mano. No quería hablar desde mi pequeño despacho, mi pequeña oficina, sino trabajar con ellos. Nos abrieron sus puertas. Nos enseñaron sus dinámicas”, recuerda. Entre todos han construido una de las series que, sin duda, va a marcar el 2026 en el audiovisual español.
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