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La insoportable levedad de los principios de Feijóo

El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, y la presidenta de Extremadura, María Guardiola, al día siguiente de las elecciones autonómicas el pasado 22 de diciembre.
16 de febrero de 2026 21:02 h

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Que dice María Guardiola que su feminismo es el mismo de Vox. Una frase que pide a gritos ser esculpida en piedra. Un nivel de contorsionismo digno de los mejores gimnastas de élite. Ya había dado sus primeras muestras de atleta de alto rendimiento en 2023, cuando el fallecido Guillermo Fernández Vara ganó las elecciones, y entonces no se escuchó a ningún popular ni a ningún socialista clamar por que se dejase gobernar a la lista más votada. En aquellas fechas, un día arremetía contra la ultraderecha y anteponía sus convicciones para no someterse a las exigencias de los de Abascal y, al siguiente, previa llamada de Génova, 13, interpretaba con maestría el papel de Groucho en Los Hermanos Marx en el Oeste para traicionar sus principios

«Yo no puedo dejar entrar en el gobierno a aquellos que niegan la violencia machista», dijo solemne tras las autonómicas de hace casi tres años cuando hablaba de la homofobia de Vox en términos casi admirables. Parecía que se resistía con uñas y dientes a las presiones para que pactara con quienes niegan la violencia machista, se conducen por la vida pública con manifiesta homofobia y pisotean los Derechos Humanos de los inmigrantes cuando, de pronto, llegaron las críticas, la desautorización de Feijóo y Guardiola acabó genuflexa ante los de Abascal.

Y, claro, cuando uno pierde una vez las creencias o la vergüenza, siempre hay una segunda, una tercera, una cuarta y las que hagan falta. Porque la firmeza en los principios tiene mucho que ver con la dignidad, que es algo que ni se hereda, ni se compra ni se vende. Simplemente, se tiene o no se tiene. Va siempre junto al respeto por uno mismo y es una condición mínima para la vida pública, aunque Guardiola haya sido una de las primeras cosas que perdió cuando se sometió por primera vez a las órdenes de la dirección nacional y transigió con las exigencias de la ultraderecha para alcanzar el gobierno.

Hoy lo vuelve a hacer, pero esta vez con serias dudas de que su performance sirva para reeditar un gobierno de coalición, ya que Vox no parece por la labor, aun a riesgo de ir a una repetición electoral. La extremeña, que hace unos días rechazaba un ejercicio de travestismo para atraer a los de Abascal, hoy evita incluso hablar de ellos como extrema derecha, cuando se le pregunta al respecto. “El partido de extrema derecha que tenemos en nuestro país es el separatismo catalán que desprecia y odia a los españoles”, responde yéndose por las ramas mientras suplica un acuerdo con los ultras a costa de sumarse a lo que llama su feminismo y es negacionismo de la violencia machista. ¿Qué será lo próximo?

Todo, después de que la semana pasada pidiese la abstención del PSOE para ser investida y de que Feijóo haya justificado antes que ella la renuncia a los principios si de lo que se trata es de alcanzar el poder. “No me gusta cambiar de opiniones y mucho menos de principios, pero si los electores me mandan otro mensaje y he de matizar, pues tendré que hacerlo”, ha afirmado en declaraciones a El Mundo el mismo Feijóo que sostuvo que “a veces, es mejor perder el gobierno que ganarlo desde el populismo”.

Si el líder del PP hace semejante declaración, dónde está la sorpresa de que Guardiola se iguale en feminismo con Vox, después de haber pedido en su campaña electoral el voto de las mujeres feministas para combatir las políticas machistas de la extrema derecha. El compromiso le ha durado tanto como sus creencias. Y su ejercicio de contorsionismo no tiene más parangón que con Feijóo y su declarada disposición a defender una cosa antes de las elecciones y la contraria, una vez abiertas las urnas, si como todo indica necesita los votos de Abascal. Nunca hasta ahora había hecho una fotografía más nítida de la insoportable levedad de sus principios.

En política, como en automovilismo, lo de dar bandazos y recurrir a los giros bruscos de volante contribuye a sortear algunos baches, pero a la larga es garantía de derrapar en una curva, incluso de estrellarse.

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