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El síndrome de la fatiga ayusista

Díaz Ayuso en unas jornadas médicas en Madrid el 13 de febrero.
15 de febrero de 2026 22:11 h

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El escritor Guillermo Serrano me decía que alguien debería tipificar oficialmente como ‘Síndrome de la fatiga ayusista’ el efecto mental e incluso físico que provoca la amplificación sistemática por parte de los medios de comunicación de cualquier declaración, provocación, acción u omisión de Isabel Díaz Ayuso. No le falta razón, hay tertulias en las que su omnipresencia es tan abrumadora que produce cansancio. Pero Ayuso, que bebe del imaginario MAGA, ha perfeccionado de forma intencionada esa alquimia del agotamiento: no buscan convencerte, lo que buscan es agotarte. 

En realidad, persiguen un efecto triple con declaraciones incendiarias o provocadoras. Por una parte, levantar una cortina de humo tan densa que tape la gestión diaria (o la ausencia de ella); por otra, confrontar al Gobierno para habitar un marco de oposición perpetua (hay quien no niega el daño de Ayuso en determinados momentos, pero lo acepta como un costo tolerable para enfrentar el sanchismo). Y lo más importante, si cabe: crear un estribillo pegadizo que tarareas en la ducha, en la calle, en el bar o en el trabajo sin darte cuenta para que, finalmente, el discurso se sostenga solo, flotando en el aire sin necesidad de tocar tierra ni datos. 

Su última maniobra ha sido la de otorgar a los EEUU la Medalla Internacional de la Comunidad de Madrid. La excusa: ser el “faro del mundo libre”. Lo hace justo cuando la Administración Trump está dedicando todos sus esfuerzos en convertirse justo en lo opuesto a un faro de libertad, redoblando políticas en despreciar al otro, especialmente al inmigrante, acosando e incluso arrestando a periodistas o dinamitando los valores que sostienen la arquitectura de la Unión Europea. ¿El objetivo de la medalla en cuestión? Pues lo que escribía en el párrafo anterior: el ruido por oposición, un señuelo más lanzado al mar de la opinión pública.

Existe una regla no escrita en Internet llamada la Ley de Brandolini. Nace de un tuit que escribió un programador italiano llamado Brandolini que decía que la cantidad de energía necesaria para refutar una estupidez es un orden de magnitud superior a la necesaria para producirla”. Vamos, que si para refutar algo tienes que utilizar muchísimos empeños, ese algo se vuelve casi que irrefutable. Ahí está la clave de todo. El objetivo de Trump y sus satélites es el de convertir el debate político en algo tan desagradable y tóxico que la gente moderada se retire de la conversación pública. Algo similar ya está sucediendo en España con cómicos dejando de trabajar por las amenazas recibidas o con bastantes personas cerrando sus redes sociales o usándolas menos por preservar su salud mental. 

La verdadera victoria de este modelo no es el aplauso de los suyos —que ya lo tienen con o sin subvenciones—, sino la retirada de los otros por fatiga extrema. Por eso, precisamente, no deberíamos aceptar sus ocurrencias —váyanse a otro lado a abortar, la izquierda quiere ayudar a los terroristas de Hamás como hicieron con ETA, el lehendakari me mandó un recado un tanto preocupante, Ayuso, entzun: pim, pam, pum, como parte del paisaje fijo o la medalla de turno como parte de un punto más del anecdotario ayusista. Ese es el cálculo previsto: la conveniencia y aceptación.

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