Las amenazas como nueva normalidad
“Si algún familiar considera pasarse y darles un par de aplausos como se merecen, aquí tienen las fechas y sitios”. Esto escribía hace una semana el neonazi Alberto Pugilato en sus redes sociales, acompañando el texto con las fechas de la gira del show ‘Hora Treintaypico’. Al mensaje le seguían bastantes amenazas contra Quequé y su equipo —“Se asesina poco en España”, “Se les ajusticiará en el portal”—. El cómico comunicaba un parón necesario para su salud mental, tras sus programas sobre el trágico accidente ferroviario de Adamuz y las amenazas recibidas. También cancelaron la gira por seguridad.
¿Hubo bromas que ofendieron en los programas? Sí. ¿Alguna de mal gusto? Esto es completamente subjetivo, a mí hubo una en concreto que me lo pareció. Pero lo cierto es que la ofensa no puede usarse como instrumento para regular la comedia, especialmente nunca bajo el pretexto de amenazas directas contra la integridad física de nadie. No existen directrices universales contra las ofensas; lo que para una persona es un comentario intolerable en la calle o en el trabajo, en un contexto humorístico puede funcionar como una sátira válida. Vamos, la ofensa no es un objeto estable que pueda colocarse bajo una campana de cristal y definirse de una vez y para siempre. Construir un sistema normativo sobre algo tan variable como el humor es conceptualmente defectuoso porque los absolutos morales no encajan con una forma artística que vive del matiz y, sobre todo, del contexto. El contexto lo es todo aquí.
Pero que una broma de un humorista te ofenda —algo perfectamente legítimo y normal— no tiene por qué ser necesariamente un delito; amenazar por esa ofensa desde luego lo es. La consecuencia de todo esto es un clima en el que no se discute un chiste o un discurso, o se tacha a alguien de mal cómico o periodista, o de hijo de puta si así te lo parece, directamente se intenta silenciar a la persona que se expresa con amenazas de agresiones. Y eso ya no tiene que ver con sensibilidades subjetivas, sino con algo bastante más peligroso.
La cómica Laura Márquez describió a la perfección esta desproporción en el programa de la Cadena SER ‘Ni tan bien’: “A mí no me gusta tu ideología, porque está basada en el odio al diferente, hago un vídeo, y amenazas con darme una paliza... ”No tenéis respeto“, te dicen. ¿Y tú sí? ¿Qué te crees que tienes la potestad de darme una hostia? (...) Estamos normalizando que la gente deje de trabajar porque recibe amenazas (...). Cuando yo te ataco con un chiste y tú con una hostia, ya sabemos quién sale perdiendo”.
Hay amenazas que pueden decodificarse como abusos inofensivos, gente triste y aburrida que se siente empoderada o moralmente satisfecha por escribirle cuatro barbaridades a alguien desde su sofá, pero cuando las amenazas vienen de personas reconocidas por sus agresiones, algunas virales, todo deja de tener el tufillo de troll penoso para convertirse en algo mucho más grave. Si el precio de hablar es la amenaza y el precio de no ofender es el silencio lo que está en crisis no es solo la comedia o el periodismo.
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