Preocupación, desconcierto e impotencia
Hay preocupación, hay desconcierto y hay impotencia. Más allá de los lugares comunes y las palabras de madera con la que los partidos analizan el día después los resultados electorales en Aragón, hay una extraña sensación que recorre desde la noche del domingo todas las organizaciones políticas. Con la excepción de Vox, claro. La ultraderecha española cabalga a lomos de una ola global y una furiosa inercia nacional que no precisa de análisis profundos ni pinceles. Da igual lo que haga o diga porque sin candidatos reconocibles, con mentiras y una prolija oferta de soluciones fáciles para problemas complejos, su discurso tiene ya un grado de penetración social que hace imposible atisbar dónde se encuentra su techo electoral.
El resto de partidos se debaten entre la negación de la realidad y la incapacidad que, en ocasiones, suele ser la antesala de una crisis de credibilidad de consecuencias nefastas. De un lado el PSOE, se ha propuesto quedarse en que ahora lo que toca es exigir responsabilidades a la derecha por comportarse de modo irresponsable al legitimar a los de Abascal como partido de gobierno. Un análisis subjetivo e incompleto, tras el que subyace la negación de varias realidades. La primera, que su marca pasa por una crisis profunda, no porque el Gobierno tenga una hoja de servicios deficitaria, sino porque la calculada estrategia de polarización de la derecha se ha construido sobre todo en torno a la figura de Pedro Sánchez.
El “anti sanchismo” recorre ya España de norte a sur y de este a oeste y, sin embargo, el presidente creyó una buena idea descapitalizar su propio gobierno para convertir a varios ministros en candidatos. Pilar Alegría no era una desconocida en Aragón, pero no había pisado el territorio en los últimos tres años hasta que fue designada oficialmente aspirante. Más bien fue ministra y secretaria general del socialismo aragonés a media jornada durante muchos meses y su candidatura, además, era indisociable de la figura de Sánchez. Su fracaso del domingo sienta un mal precedente para Montero en Andalucía, López en Madrid o Morant en Valencia.
Los resultados en Castilla y León, cuyas elecciones están convocadas para dentro de un mes, no invitan tampoco al optimismo. Y, sin embargo, el PSOE sigue sin autocrítica, sin rearmar sus argumentos y sin saber cómo afrontar el auge de una ultraderecha a la que una gran parte de la sociedad ha perdido el miedo. ¿Hacia dónde vamos?, es una pregunta que recorre el partido, sin más respuesta que el convencimiento de Sánchez de que España ha entrado en ciclos electorales cortos en las autonomías y que con su estrategia cuenta ahora con candidatos cómplices con tiempo suficiente para madurar sus respectivos liderazgos.
El PP, por su parte, ha optado por recrearse en la derrota del PSOE e ignorar el análisis sobre los verdaderos motivos de una victoria pírrica y un serio retroceso en el número de escaños. Tampoco encuentra fórmulas con las que combatir a su competidor de bloque, ante el que arrastra los pies convocatoria tras convocatoria. Los de Feijóo han naturalizado sus alianzas con la ultraderecha sin profundizar en las consecuencias de hacia dónde llevará a su marca, y sobre todo al país, un hipotético gobierno de coalición con Abascal. Vox no sería un socio cualquiera, como antaño lo fueron PNV, CiU o lo pudo ser Ciudadanos, sino un partido con pretensiones antidemocráticas y una hoja de ruta que nada tiene que ver con los avances sociales o la conquista de nuevos derechos, sino todo lo contrario. ¿Compensa, por tanto, la decisión de Feijóo de sucumbir a un gobierno de coalición con Abascal? ¿A qué precio? En los sectores más moderados del partido hay preocupación, desconcierto y también impotencia.
Qué decir de Sumar y de su “invitada permanente” Yolanda Díaz, que dimitió de todos sus cargos para no tener ninguna responsabilidad pero sí pontificar. Pareciera que las elecciones en Aragón no hubieran ido con ella -pese a que la marca que representa concurrió con la de IU, única razón por la que la candidatura mantuvo su único escaño- y que una parte no menor del problema de la izquierda alternativa sea ella, como admiten todos los partidos que formaron parte de aquella coalición electoral que hoy es solo una ficción en la cabeza de la vicepresidenta.
Podemos, salvo reconocer su derrota tras quedarse sin representación en las Cortes, tampoco ha profundizado mucho en las causas de su desaparición salvo para achacarla a “condiciones muy complicadas” y a disputas internas del partido en el territorio. Solo el republicano Gabriel Rufián se ha propuesto agitar el debate parar superar estrategias fallidas contra el avance de las derechas, tras alimentar un posible frente de izquierdas.
“Quien no vea que hay que hacer algo o no ve bien o ya le va bien que no lo haya”, ha afirmado el portavoz de ERC en el Congreso, que no cuenta para su órdago con el apoyo de su partido y tampoco con el de Bildu y BNG. El empeño, sin estructura de partido, parece una quimera, pero al menos sacude un necesario debate y emite señales de que solo con el desconcierto, la ausencia de autocrítica o la impotencia no habrá manera de frenar la llegada de Vox a La Moncloa. Algo es algo.
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