Respuesta desde el más acá a Carlos Hernández
Días antes de que soltaras la cuerda y volaras lejos, un ejército de hombres —blancos, heterosexuales, de mediana edad, letraheridos pero frustrados, equidistantes y conservadores—, y acaso un par de mujeres entre la treintena de alfas, se dedicaron a acosarme, insultarme y humillarme, buscando en principio el derribo de mi oficio como escritor. Con mayor o menor efecto —en mi opinión, prácticamente nulo—, sí lograron agrietar el dique que había edificado a mi alrededor para protegerme del odio del que amigos, libreros y compañeros de trabajo me habían advertido tantas veces. No me importa hacerlo manifiesto, fueron días angustiosos.
No leí ninguno de los dardos, pero mis conocidos me iban dando cuenta de ellos. De hecho, me dolía más ver cómo les afectaba a ellos que el propio dolor. La tristeza se me fue acumulando durante tres semanas en el centro de una diana en la que nunca quise estar, de un juego macabro y sin escrúpulos. Y no conseguía soltar la sensación de impotencia y malestar. Me imaginaba el páncreas inflamado y mis ganglios húmedos y llenos de sal.
Siempre he podido llorar casi con la misma facilidad que un buen actor. Pero conforme voy cumpliendo años, me cuesta cada vez más. Parece como si me fuera habituando a convivir con el dolor y el cuerpo viera con escepticismo la función paliativa del llanto. Tenía la pena atragantada, hasta que dos días después de tu muerte, volviendo en un tren nocturno de Barcelona a Madrid, varios amigos me pasaron tu carta desde el más allá, publicada en este periódico. Tus palabras me provocaron sensaciones muy dispares: un desánimo de raíz, una mayor incomprensión hacia esta existencia carente de sentido, el ánimo para seguir intentando cambiar las cosas, alegría al saberme todavía vivo… Las lágrimas tampoco me brotaron entonces. El bloqueo era total.
No tenía Facebook instalado en el teléfono. Aproveché la parada en Zaragoza para descargármelo. Quería ver cuáles habían sido tus últimas publicaciones. Te busqué y sentí un estremecimiento en la nuca, la piel erizada en la espalda. Junto a tu nombre, Facebook me preguntaba si aceptaba la petición de amistad. Aparté el teléfono y hundí la vista en el suelo. Tenía el móvil lleno de mensajes de desconocidos y no había visto tu solicitud. Noté la inmensa necesidad de apretar el botón y que, de alguna forma, supieras que te había aceptado. Y deseaba volver atrás en el tiempo. No sin esfuerzo, volví los ojos a la pantalla y leí tu muro. En tus dos últimos posts, apenas dos días antes de irte, descubrí mi nombre. Me habías defendido y apoyado ante la jauría, y habías respaldado mi decisión de no acudir a las famosas jornadas de Sevilla.
Me subieron las pulsaciones y me empezó a faltar el aire ante la imposibilidad de darte las gracias. Abandoné el vagón. Me senté en el escalón de unas de las puertas del tren, me hice una bola, me bajé la boina hasta rozar la nariz, queriéndome ocultar del mundo de los vivos, y al fin lloré. Lloré como un niño chico. Y me quedé así buena parte del trayecto.
Todavía en el suelo, llamé a uno de los amigos que teníamos en común, al historiador memorialista Arcángel, y volví a leer tu carta de despedida. Esta vez lloré tanto que el tren fue dejando un reguero de barro.
Carlos… Llevo dos años defendiendo la objetividad frente a la neutralidad, y la empatía ante la libertad. Veo que son las dos máximas periodísticas principales que defendiste en tu vida. Ahora me siento más capaz y animado. Tu carta pasa a ser una especie de juramento hipocrático para mí, un faro cívico y humano. La colgaré en casa para tenerla presente y la compartiré como evangelio sensato; pensaré en ti cada vez que me flojeen las fuerzas.
Tu cuerpo murió, pero tu luz sigue llegándonos.
Gracias, amigo. Ahora ya nos conocemos los dos.
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