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Sokolov por él mismo

Grigory Sokolov durante el recital.

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Hace unos años, un profesional de la música me preguntó: “¿Te gusta el Mozart de Sokolov?”. En la entonación parecía implícita o esperada la respuesta negativa. Yo dije: “Me gusta cómo toca Sokolov. Es cierto que su Mozart es muy diferente del habitual, pero ocurre lo mismo con cualquier obra que interprete”. Este pianista ruso (Leningrado 1950), nacionalizado español, debutó en el Palau de la Música en 1994. En alguna ocasión, como en 1995 Y 2001, tocó con la Orquestra de València. Después ya solo en recital, visitas que son anuales desde 2013.

Sokolov ganó la medalla de oro del Concurso Chaikoski en 1966, cuando contaba 16 años. No obstante, pasaron décadas hasta que se convirtió en referente absoluto del piano. En los últimos tiempos solo toca instalado en la libertad que el recital le permite, Cada año prepara un programa y lo ofrece en las más importantes salas de concierto del mundo. Su pianismo revela un trabajo minucioso de las obras, con uso del rubato o las dinámicas de forma diferenciada incluso dentro de la misma frase. La precisión en los trinos o los pasajes de agilidad es incomparable. Su manera tan personal de interpretar hace que cualquier compositor suene muy diferente de cómo lo tocan otros pianistas.

El programa que ofreció el pasado día 15 incluía la Sonata número 4 de Beethoven y las Seis bagatelas op. 126 del mismo autor en la primera parte, y la monumental Sonata nº 21 de Franz Schubert en la segunda. Un programa de amplias duraciones, al que, como es habitual en él, Sokolov añadió una larga serie de bises: tres de Chopin, dos de Brahms y uno de Scriabin. Una parte del público que llenaba la sala no debía ser habitual de los conciertos, ya que hubo algún móvil, breve y tenuemente, toses inoportunas y lento y ruidoso pelado de caramelos. Incluso un conato de aplauso tras el Andante sostenuto de la sonata de Schubert, fulminantemente acallado por inmediatos siseos.

La primera obra del programa fue escrita por un Beethoven de 26 años en 1796. El sobrenombre de Gran sonata se debe en este caso al propio compositor, a diferencia de lo que ocurre en otras de sus obras. Es la más larga de la serie de 32, después de la Hammeklavier, con una duración en torno a la media hora. El andante con moto inicial fue atacado por Sokolov con aire majestuoso, de forma intensa, pero con un punto de reposada serenidad. En el Largo con gran espressione el pianista puso su estudiada minuciosidad interpretativa al servicio de una página que revela una profunda introspección, cargada de suave melancolía, en la que son decisivos los silencios, dosificados con esmero. El tercer movimiento, un Scherzo marcado Allegro y el bello Rondo que cierra la obra fueron tocados por Sokolov con virtuoso y alegre optimismo, no exento de un aire soñador en el último.

El público aplaudió al acabar la sonata. Sokolov correspondió con un apresurado saludo que parecía revelar su deseo de que la interpretación de las Seis bagatelas op. 126 se hubiese producido sin interrupción. Estas obras breves, correspondientes al último periodo compositivo de Beethoven y contemporáneas de la Novena sinfonía, encierran una gran riqueza musical, en contra de lo que su nombre puede sugerir. Sokolov las tocó con delicada entrega. Bellísima en sus manos la número 4 en si menor.

Después de esta intensa primera parte, por las obras mismas y por la forma de interpretarlas, vino una segunda que lo fue aún más. La Sonata nº 21 de Schubert había sido compuesta en septiembre de 1828 por un compositor de 31 años, que moriría dos meses más tarde a causa de la sífilis. En marzo del año anterior Schubert había formado parte del cortejo fúnebre de Beethoven.

La lectura intensa, precisa, detallista de que Sokolov hizo gala en la primera parte se profundizó en la segunda. En el Molto moderato que abre la sonata ya desde el principio el tema inicial respiraba en las manos del pianista una delicada melancolía, subrayada por el trino en los graves, que aparece de forma recurrente hasta el final como un oscuro nubarrón siniestro. De menor duración que el amplísimo primer tiempo, el segundo, Andante sostenuto, es, en palabras del pianista Alfred Brendel, “la más bella de todas las elegías pianísticas”. Fue este el verdadero corazón no solo de la obra, sino de todo el concierto. Las manos precisas de Sokolov transmitieron con extraordinaria perfección la profunda tristeza y el vuelo romántico que posee. Tras un muy bello Scherzo, alguna ligera imprecisión en el Allegro ma non troppo no empañó una lectura de la última sonata de Schubert verdaderamente antológica.

Después vino lo que en Sokolov es una habitual tercera parte de los recitales, con obras fuera de programa, en respuesta a los intensos aplausos. Hubo dos mazurkas y una balada de Chopin, una rapsodia y una balada de Brahms, y un preludio de Scriabin. Como es costumbre en el pianista, los bises fueron atacados sin decir una sola palabra para anunciar las obras.

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