Tormentas sinfónicas
El Palau de la Música presentaba un lleno completo, indicativo de la expectación levantada por el estreno absoluto de Storm of Strikes, concierto para timbales y orquesta escrito por Óscar Navarro (Novelda, 1981) para Javier Eguillor por encargo del Palau de la Música. Tormenta de ataques o Tormenta de golpes sería la traducción del título, que alude a la forma de tocar la percusión. Eguillor, nacido en Xixona, es timbal solista de la Orquesta de Valencia desde 2002 y ha estudiado, entre otros, con el que fue timbalero solista de la Filarmónica de Berlín Rainer Seegers. Trabaja habitualmente con directores como Esa-Pekka Salonen y Gustavo Dudamel. Pese a lo poco frecuente que es ver a un timbalero en el lugar del solista, junto al director de orquesta, Eguillor está habituado a ocuparlo. En 2025 tocó con la Orquesta Radiotelevisión Española, dirigida por Nuno Coelho, el Concierto para timbales y orquesta Raise the Roof de Michael Daugherty. También ha interpretado como solista obras de André Jolivet, Philip Glass y Pacho Flores.
La obra de Navarro está escrita para dos conjuntos de timbales, uno barroco de tres con membranas de piel, y otro sinfónico de cinco con parches artificiales. La orquesta presentaba una cuerda nutrida, maderas simples con flautín, cuatro trompas, tres trompetas, otros tantos trombones, tuba, variada percusión, piano y arpa. Con ser muy rica y virtuosa la escritura para el solista, la orquesta tiene un papel importante.
Se inicia la obra con un fragmento de inspiración barroca y protagonismo de los metales, antes de que el solista haga su entrada para situarse en los timbales barrocos, que toca con baquetas de madera. Posteriormente hay un cambio con ritmos que recuerdan a Gershwin y Bernstein. El solista se ha situado en el juego de cinco timbales modernos. Un pasaje arabesco de gran intensidad acaba desembocando en un mambo con el que se cierra la obra. El solista explota todas las posibilidades de sus instrumentos, con muy diversos tipos de ataque, como el glissando, golpear las membranas con las manos o con la parte inferior de las baquetas. La obra reúne variedad rítmica y tímbrica, y evita que decaiga el interés con un intenso diálogo entre timbalero y orquesta. Navarro demuestra con ella que la complejidad, la innovación y la calidad en la composición no tienen por qué estar reñidas con la amenidad y la comunicación con el público. Este premió el trabajo de Eguillor y la orquesta, dirigida con acierto por Alexander Liebreich, con una cerrada ovación. Acompañado de nuevo por la orquesta, el timbalero ofreció como bis Gua-Guan-Co de Daugherty, que también recibió calurosos aplausos.
Cuando se inició el descanso había transcurrido algo menos de media hora desde el inicio del concierto. Al inicio, una voz había comunicado por megafonía que el descanso se produciría después de la primera obra del programa, con las dos sinfonías de Mozart anunciadas en la segunda parte. En realidad, era la segunda vez que se cambiaba el programa, ya que en la programación general se había anunciado la Sinfonía 25 de Mozart abriendo el programa y la 40 después del concierto de timbales. El programa de mano situaba el concierto en primer lugar, pero con el descanso entre las dos sinfonías.
La segunda parte se inició con la interpretación de la Sinfonía número 25 en sol menor, seguida de la 40 en la misma tonalidad. Hay que agradecer al titular de la Orquestra de Valencia que incluya el interesante repertorio del clasicismo, contra la tendencia de muchos directores a evitarlo, en favor de obras más efectistas de gran orquesta.
Quince años separan la composición de estas dos obras, la primera de 1773, cuando Mozart contaba 17 años, y la segunda de 1788, como la 39 y la 41, las tres últimas sinfonías que escribió. El nexo de unión entre ambas es la tonalidad de sol menor, y la primera de las dos presenta innovaciones, como las cuatro trompas que incluye o las síncopas seguidas en las cuerdas en el primer movimiento. Está influida por el movimiento Sturm und Drang (Tormenta e impulso), como algunas de las sinfonías de Haydn. Una tormenta muy diferente de la escuchada en la primera parte. En cuanto a la segunda, con su carácter sombrío y melancólico, de tintes prerrománticos, es la más célebre de las sinfonías de Mozart. Un impertinente timbre de un móvil hizo que el director abandonase el podio cuando estaba a punto de iniciar el Molto allegro que abre la 40 y esperase antes de asegurarse que no había más llamadas.
Liebreich ofreció versiones enérgicas y animadas, quizás algo faltas de flexibilidad, especialmente en la primera de las dos obras, con su agitado primer movimiento y su soñador Andante. La orquesta las interpretó con ajuste y muy bello sonido, que fue premiado por las ovaciones del público que llenaba la sala.
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