András Schiff, el pianista libre
András Schiff (Budapest, 1953) es una de las más destacadas figuras del piano de todos los tiempos. También dirige música de Bach, Mozart y Beethoven. Desde la pandemia tiene por costumbre no anunciar los programas de sus recitales por escrito, sino decidirlos durante el ensayo previo en función de las características del piano y la sala. Mantiene una actitud pública activamente crítica contra las políticas de mandatarios ultras, como Víktor Orbán y Donald Trump, lo que lo ha llevado a cancelar sus actuaciones en Hungría y Estados Unidos.
El escenario del Palau de la Música estaba bien iluminado, a diferencia de lo que ocurre con otros pianistas, que prefieren la penumbra. Al centro, en ligera diagonal con respecto a la línea de la boca del escenario, el Steinway gran cola del Palau. Esa posición, en lugar la habitual, perpendicular a la platea, permite que un mayor número de espectadores vean el teclado desde sus localidades. Había una buena entrada, si bien la sala no estaba completamente llena.
Shiff no usa frac, prenda que está en decadencia entre los músicos. Salió al escenario con pantalón negro y chaqueta de terciopelo del mismo color, cerrada hasta el cuello, con las bocamangas vueltas en seda azul oscuro. Se sentó y, sin mediar palabra, tocó el Aria inicial de las Variaciones Goldberg, que sonó redonda en una interpretación sobria y serena. El pianismo de Schiff es de un virtuosismo nada ostentoso, de una perfección lograda con naturalidad. Toca extendiendo los dedos de unas manos que parecen acariciar el teclado, del que brotan las notas sin esfuerzo. Las dinámicas son portentosas y el uso del pedal, medido, casi ausente en Bach.
Pareció que iba a continuar con las Goldberg, pero no fue así. Tomó el micrófono y, tras disculparse por su español “casi inexistente”, fue anunciando, entre inglés y español, cada una de las obras antes de interpretarlas. Esta forma de programa añade un aliciente al concierto y contribuye a abrir el mundo de la música clásica, quizás demasiado encorsetado en hábitos estrictos y previsibles. Anunció una obra juvenil de Bach, el Capriccio sopra la lontanza del suo fratello dilettissimo, que tocó seguida de una poco conocida sonata de Haydn, la Hob: 44 en dos movimientos, que sonó deliciosa. El pianista ofreció entonces la Suite francesa n.º 5 de Bach, seguida de la Giga K. 574 y la Fantasía K. 475, ambas de Mozart. Esta obra transportó al auditorio a las sombras prerrománticas que anuncian el pianismo de Beethoven. Vuelta al Bach cristalino de Schiff para cerrar una larguísima primera parte que ya duraba una hora y cuarto.
Schiff volvió después del descanso agradeciendo amablemente a la audiencia que permaneciera en la sala, para anunciar la primera obra de la segunda parte: el Rondo K. 511 de Mozart. A continuación, una magna obra de Bach, la Fantasía cromática y fuga, BWV 903, devolvió a la sala el fraseo delicadamente analítico de Schiff. La Sonata n.º 17, La tempestad, de Beethoven fue anunciada como última pieza del programa, sin olvidar una mención a su relación con el drama homónimo de Shakespeare. El pianista húngaro interpretó con serena intensidad esa obra, plena de dramatismo, que está en la tonalidad de re menor, como la Novena sinfonía, pese a ser contemporánea de la optimista Segunda. Inolvidable la evocadora lectura del Allegretto final.
Los atronadores aplausos y los gritos de bravo hicieron que Schiff tocara el Vals en mi menor, op. posth. B. 56, de Chopin. Después vino el primer tiempo de la Sonata facile, K. 545 de Mozart y, finalmente el Impromptu en sol bemol mayor, D. 899 de Schubert. Interpretó los tres bises sin anunciar previamente sus títulos. Seguían los entusiasmados aplausos cuando Schiff hizo un gesto de despedida para dar por terminado el recital. Eran las 21.45. El concierto había durado dos horas y tres cuartos, contando los 20 minutos del descanso. El público estaba encantado con el recital que Schiff fue elaborando con libertad. La misma con la que no duda en enfrentarse a los tiranos.
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