La soga tras el caldero
Hay frases que, de puro acertadas, se convierten en refranes; o por lo menos, en alguno de sus muchos familiares y reflejos, que los amantes de la palabra buscaban antes —y algunos seguimos buscando— en tesoros como el Diccionario de sinónimos de María Moliner, el de García-Molins y el de Roque Barcia. A veces, ni siquiera tenían la intención que se les achaca; a veces la adquieren con el paso del tiempo, y tampoco es raro que pierdan sutilezas por el camino. Seguro que esta les suena: “Con la Iglesia hemos dado, Sancho”, donde el dado acabó en topado. Nació en el capítulo IX de la segunda parte del Quijote y, a base de utilizarse en el sentido que todos conocemos, se tiende a olvidar que es un asunto de chasco y sorna, nada más. A fin de cuentas, el caballero de la triste figura (definición procedente del libro III del Clarián de Landanis, de Jerónimo López) no andaba esa madrugada con ganas de filosofar sobre el clero, precisamente; sólo intentaba localizar el palacio de Dulcinea, creyendo que podía estar “despierta” a esas horas.
Si Cervantes hubiera querido decir algo diferente, lo habría dicho. Su obra es abiertamente crítica y, desde luego, sabía todo lo que había que saber de los poderes de la época, Iglesia incluida. A diferencia de nosotros, él no tenía que leer —por ejemplo— La economía en la España moderna (Alfredo Alvar Ezquerra), Las clases sociales en la España del Antiguo Régimen (Antonio Domínguez Ortiz) o Iglesia y Estado en la España del siglo XVII (Quintín Aldea) para entender lo que pasaba. Lo sabía y lo sufría y, en consecuencia, no le habría importado que su frase adquiriera el matiz actual. Pero, desde mi punto de vista, lo que Cervantes hizo fue más subversivo: por el sencillo procedimiento de enfrentar el “bulto grande y sombra” del edificio eclesiástico al bello “alcázar” de su mujer deseada (“de oídas”, por cierto), consigue que simpaticemos con cualquier cosa menos con la Iglesia en cuestión. Y como no le parece suficiente, enzarza a Quijote y Sancho en una discusión inmobiliaria, donde habría hasta inmatriculaciones si no fuera porque el tema sigue siendo ella.
Es una pena que el tema de estos días no sea una utopía como Dulcinea. De serlo, no habría que recordar que este mes se ha cumplido otro aniversario de la Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas de la II República (1933), tan avanzada que, en comparación, lo que tenemos ahora es un chiste de mal gusto. Tanto es así que, en su comunicado del pasado 2 junio —al hilo de la visita del Papa—, el catolicísimo Moceop (Movimiento por el celibato opcional) denunciaba los “más de 100.000 bienes inmatriculados” de la Iglesia en España y exigía que se rompan los acuerdos con el Estado, que proporcionan “muy importantes beneficios económicos y no pocos privilegios” a los representantes de lo que, de facto, es un país extranjero, el Vaticano. Vamos, que la protesta no viene únicamente de las más de sesenta organizaciones laicas que han convocado manifestaciones y concentraciones en sitios como Barcelona y Madrid mientras la plana mayor de los dirigentes del Reino corre a hacerse la foto con León XIV y bloquea los espacios públicos (transportes incluidos) para que los feligreses campen a sus anchas.
No sé si recuerdan lo que pasó en la capital hace tres lustros, en agosto del año 2011. Entonces, nos visitaba un Papa más reaccionario —en principio, porque la Iglesia maneja bien los juegos de máscaras— y, para sorpresa de bastantes, la Delegación del último Gobierno de Zapatero prohibió el recorrido original de la manifestación de los laicos con el argumento de que el turismo religioso era esencial para el país, a diferencia de las movilizaciones populares. Eran los días del 15M y, por supuesto, el desprecio no se recibió como ahora, de brazos cruzados: decenas de miles de personas salieron a la calle y se atrevieron a expresar lo que pensaban de Benedicto XVI y su Jornada Mundial de la Juventud, lo cual les valió unas cuantas caricias de las fuerzas de orden público. Pero se expresaron. No perdieron la jornada, que es lo que se hace cuando la gente calla por miedo, decepción o comodidad y acaba tirando “la soga tras el caldero” al fondo del pozo. Comprendieron, aunque fuera brevemente, que la hegemonía cultural se gana a través de la lucha, no de la palabrería.
El capítulo mencionado del Quijote tiene un subtítulo típico del genio de Alcalá de Henares: “Donde se cuenta lo que en él se verá”, una forma ciertamente irónica y elegante de decir que, si quieres saber lo que pasa, lo leas y te dejes de gaitas. Y si eso es válido para ese fantástico hito de la literatura universal que llaman “novela” (de algún modo hay que llamarlo), también lo es para la vida, para lo que conviene hacer con ella. Hasta buscar palacios imaginarios por El Toboso es menos irracional que esperar a que las cosas cambien sin mover un dedo, empezando por los excesos de cualquier religión. Además, sólo hay una forma segura de no encontrar a Dulcinea: renunciar a encontrarla, claro.
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