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NOTA AL PIE

No un abismo, sino un puente

El escritor mexicano Carlos Fuentes en una foto marzo de 2012 en Veracruz, México
20 de julio de 2026 21:40 h

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Ha pasado mucho tiempo desde el 19 de julio de 1991, cuando los jefes de Estado y de Gobierno de 21 países hermanos subscribieron la Declaración de Guadalajara (México), de la que se derivó la constitución de la Conferencia Iberoamericana y la creación del Día de Iberoamérica, que volveremos a celebrar este domingo. Las palabras de aquel texto eran lo que suelen ser en ese tipo de casos: una suma de inconcreciones, buenas intenciones y gestos para la galería, pero sentaron las bases de un proceso que sigue adelante, aunque sólo sea por los vínculos de nuestras sociedades, que son muy anteriores a él y se seguirán reforzando al margen del grado de interés de sus dirigentes y de las circunstancias de cada momento. Nos unen demasiadas cosas; tantas, como para que los desencuentros e indiferencias ocasionales no pongan en peligro lo sustancial.

Carlos Fuentes, ferviente defensor de la causa de Iberoamérica, escribió lo siguiente en uno de sus libros (En esto creo): “El Atlántico no es para mí abismo, sino puente. Las aguas del Mediterráneo fluyen del Bósforo y Andalucía a las Antillas y el Golfo de México” y, por supuesto, las del Caribe y el Pacífico hacen lo mismo en dirección contraria. No necesitan de ninguna estructura política común para seguir fluyendo; de hecho, son ellas las que podrían forzar lo demás si se considera oportuno algún día, y lo son porque –gusten o no, se quieran navegar o no– lo que llevan de un lado a otro es nuestra cultura, nuestros idiomas, nuestro arte. Nada que ver con la típica demagogia institucional. Nada que merezca las afiladas frases con las que respondemos en nuestros distintos países a las tonterías de unos cuantos, desde el leve “vete a freír espárragos” al “espacio lejano, vago e indeterminado” del “vete a la chingada”, que tan maravillosamente definió Octavio Paz en El laberinto de la soledad.

“Somos el Territorio de la Mancha”, añadía Fuentes en su libro. “Los escuderos de Don Quijote”, seres “manchados, impuros, mestizos, abiertos por fuerza a la comunicación, las migraciones, la confianza en nuestra aportación al mundo”. Y por mucho que esta última afirmación estuviera específicamente ligada al castellano –volvió a insistir en ello en el CILE de Cartagena de Indias–, es obvio que sobrepasa el ámbito de la lengua de Cervantes, de la literatura y de la propia palabra, del mismo modo en que la vieja y bella máxima de “la patria es el idioma” (aferrada al Unamuno de ‘La sangre de mi espíritu’) resulta igualmente válido para la música o la pintura, claro está. Hasta me atrevo a afirmar que parte de la crisis general, la asociada a lo que Paz llamó en 1988 el “crepúsculo de la idea de futuro”, sería más fácil de superar si se empezara a afrontar desde lo que somos culturalmente, la tierra que pisamos, la tierra que nos hace; empezando, por ejemplo, por cada rincón del plural espacio del que trata este artículo.

Volviendo a la Declaración de Guadalajara, seguro que habrán notado que los países firmantes eran veintiuno, no veintidós. Faltaba Andorra, por la simple y pura razón de que aún no era independiente. Pues bien, junto a ese detalle anecdótico hay uno bastante grave, que se podría resumir a partir del famosísimo microrrelato de Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. En realidad, los países deberían ser veintidós y pico, por así decirlo; pero ni lo son ni lo pueden ser porque el dinosaurio en cuestión, los EE.UU., se hizo y se hace a partir de la exclusión de su alma latina, que va más allá de los territorios robados a México en 1848, en virtud del Tratado de Guadalupe Hidalgo. Y escondido detrás, aunque a la vista de todos, se esconde un modelo descaradamente supremacista –deudor de un concepto muy determinado de lo anglosajón– que nunca ha abandonado el objetivo de debilitar, subalternizar y disgregar al otro, que aquí somos nosotros, desde luego.

Téngalo presente cuando intenten recordar por qué es tan importante que reforcemos lo que nos une. Sí, en efecto, las cumbres iberoamericanas dejan bastante que desear. Sí, es indiscutible que, si nuestra cultura hubiera dependido de semejantes cosas, hoy no hablaríamos ni portugués ni guaraní ni castellano ni quechua. Sin embargo, seguimos siendo lo que quería decir Fuentes con su metáfora atlántica y, mientras lo seamos, hasta tendremos la posibilidad de llegar a ser todo lo que podríamos, algo que siempre depende de asumir nuestra herencia en su totalidad.

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