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NOTA AL PIE

Contra la indiferencia

La gallina ciega, de Goya.
22 de agosto de 2026 21:56 h

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El 23 de agosto de 1969, Max Aub vino a España. Lo de vino es relevante, porque acota exactamente el terreno de sus intenciones: “Vengo –digo–, no vuelvo. Es decir, vengo a dar una vuelta, a ver, a darme cuenta, y me voy”. En teoría, necesitaba recopilar información para Luis Buñuel, novela; en la práctica, y como bien afirma Manuel Aznar Soler en su prólogo a La gallina ciega, quería “cerciorarse de que era imposible volver”. No se engañaba a sí mismo. Sabía que su patria ya no existía, y que lo único que quedaba de ella eran las paredes, los árboles de sitios que ni “varían ni cambiarán” (la Casa de Campo, el Pardo, etcétera) y, desde luego, la que los exiliados se fabrican “en el aire”, como le escribió María Teresa León en una de sus cartas: La amistad, patria de los sin patria, frase y título a la vez de uno de los epistolarios de la impresionante ‘Biblioteca del exilio’, una de las mejores colecciones que se hayan hecho nunca en nuestro país.

Quien lea hoy el resultado literario de aquel viaje de Max Aub se puede llevar una sorpresa con muchas de las afirmaciones que contiene. Descontados unos cuantos nombres del mundo de la cultura y la política, las páginas de La gallina ciega nos hablan tanto de aquella España como de la actual y, para empeorar el asunto, también hablan de lo que está por venir. Cuesta no reírse con ese personaje desconcertante y lamentablemente actual –en medio mundo– que, ante la pregunta de “cómo murió San Juan de la Cruz”, responde sin titubear: “lo fusilaron los rojos”. Hay que hacer esfuerzos para no reconocer el resultado de demasiados años de indiferencia general, de gente que no quiere “saber nada de nada”, de situaciones donde solo viven “como Dios” los “sinvergüenzas” y otras especies parecidas “y, claro está, los turistas que encuentran lo que buscan, al precio deseado”. Pero, aciertos intemporales al margen, soy de la opinión de que la mejor lección del libro es la actitud de Aub, que lo escribe aunque “no sirva para maldita la cosa” sin “buscar acuerdos” ni preocuparse en absoluto por “las consecuencias”.

Esa actitud no era ni mucho menos exclusiva de él. Está en Antonio Machado, en Vicente Blasco Ibáñez, en Miguel de Unamuno (si no han leído esa joya de la invectiva poética que es De Fuerteventura a París, corran a leerlo); está en bastantes periodistas de la época y, desde luego, en un sector de la prensa, que visto desde ahora resulta envidiable por atrevimiento y seriedad intelectual, incluso en cuestiones alejadas de cualquier tipo de beligerancia, como el simple hecho de dar verdadera importancia a la cultura. ¿Cuántos periódicos actuales publicarían hoy, como hizo el Heraldo de Madrid en agosto de 1926, los textos de Rivas Cherif sobre el escenario teatral? Se diría que no dan dinero, que el lector quiere ruido: y sería cierto, pero ¿quién lo ha acostumbrado al ruido, sino los medios, para empezar? Y por la misma razón, no se encontraría junto a uno de esos textos ni a un Valle–Inclán entrevistado por un José Luis Salado (Tiros al blanco. Periodismo bajo las bombas) ni a un Carlos Arniches entrevistado por un Federico Navas (Las esfinges de Talía. Encuesta sobre la crisis del teatro).

Para cambiar la realidad, hay que atreverse a cambiar la realidad, cosa difícil –por no decir imposible– cuando se respetan los márgenes de lo preestablecido. Por supuesto, no es estrictamente necesario que se llegue a extremos como los del compañero de Unamuno en su exilio de Fuerteventura: el casi mítico Rodrigo Soriano (busquen su biografía de Darío de Regoyos, Historia de una rebeldía), quien se atrevió a batirse en duelo con personajes como el general Valeriano Weyler, el propio Primo de Rivera y un ministro de Gobernación de Antonio Maura. Se trata de reconstruir los puentes con la destruida cultura política republicana y de recuperar la actitud subversiva de Max Aub y de la mayoría de los autores que han aparecido en estas líneas, quienes compartían sin duda otra de sus confesiones de La gallina ciega: “No soy indiferente a nada que tenga que ver con la justicia o la inteligencia”.

Obviamente, la obra de Aub está muy lejos de ser un manual sobre lo que somos o debemos ser. Se limitó a ejercer de testigo y a pasear su dolor con menos ironía de la que a él mismo le habría gustado y con algún olvido que le desconcertó, como el hecho de estar en Madrid y no pensar en la guerra o en entrar “en el Teatro de la Zarzuela para recordar la Numancia de Rafael y María Teresa”. ¿Será –se preguntaba– que “a la vejez lo que le resube a uno de los adentros es la vida, sus principios” y “no lo más cercano”? Será. Y convendría que le escuchemos, aunque solo sea para no tener que decir al final, como él: “España está mal. Ya se le pasará. No hay razón en contra ni en pro; pero si basta para la Historia, para mí, no”.

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