Lo que está en nuestra mano
En el Acto V de La tempestad, Shakespeare hace decir a Miranda: “¡Oh, bravo nuevo mundo, que alberga tales gentes!” y, en contestación, Próspero afirma con sarcasmo que sólo es nuevo para ella. Nada que no sepa cualquier amante de la literatura clásica; nada que no sepa cualquier amante de la ciencia ficción, porque la frase de la joven es el título de la novela más conocida de Aldous Huxley, Brave New World (traducido a nuestro idioma como Un mundo feliz) y, si me apuran, hasta nada que no sepa cualquier aficionado a la historia de los nombres propios, teniendo en cuenta que fue William Shakespeare quien introdujo ese castellanísimo Miranda en la tradición inglesa. Cuando se tira del hilo, se encuentran cosas. De hecho, hay montones de cosas que no se entienden del todo –si es que se entienden algo– si no se tira del hilo.
No estoy entre los que creen que la costumbre de indagar se está perdiendo ahora; en mi opinión, es un defecto más viejo que Matusalén, en el que se ahogan casi todas las grandes palabras, como libertad, justicia o democracia. Quien no busca, se queda naturalmente con la primera impresión y, si encima le llega a través de los intermediarios de masas –medios, plataformas digitales, etcétera–, cuyo objetivo está más cerca de imponer una visión del mundo que de mostrar, informar o animar a la gente a desarrollar criterio propio, es fácil que dé por buenas sus interpretaciones y se las crea. En Un mundo feliz, ese problema ha quedado atrás: ya se ha arrastrado a la sociedad a donde se pretendía; ya se ha logrado que pase de ser consumidora de productos a ser ella misma el producto. El autor nos da un resultado posible de un proceso con el que deberíamos estar familiarizados (al fin y al cabo, estamos en él) y, al dárnoslo, cumple una de las funciones de cierta literatura: inmunizar, impedir en el caso propuesto que ese mundo de alfas y epsilones llegue a ser realidad. Pero no lo hace únicamente por la narración de unos hechos.
Lo que más libera en última instancia de la palabra escrita está en el simple acto de leer o escribir, de prestar atención y desarrollarla al prestarla, de añadir recursos lingüísticos, estilísticos y filosóficos a nuestro bagaje. Que seamos conscientes de ello o nos pase desapercibido es harina de otro costal. Nos mejora tanto más cuanto más contribuya a ensanchar nuestros registros y estructuras mentales, y tanto menos –si no nos envenena– cuanto más nos acostumbre a las simplezas, entre las que destacan las formas hiperestandarizadas de expresarse. Lo grave del último informe Pisa no es que los alumnos empiecen a tener dificultades “con textos de más de 400 palabras”; lo grave es que, al igual que sucede con sus mayores, su capacidad de concentración es cada vez más escasa. Total, ¿de qué cuatrocientas palabras estamos hablando? Por triste que sea, hace tiempo que el lector medio se atraganta, se aburre y deja la lectura ante cualquier fórmula relativamente compleja o da la espalda a géneros enteros (poesía, teatro) por desconocimiento de sus claves básicas, que ni les enseñaron ni se molestaron en afrontar.
Han pasado un par de años desde que los firmantes del Manifiesto off afirmaran que “estamos asistiendo a un desaprendizaje” de “funciones consustanciales al ser humano” como “la memoria, la orientación, el razonamiento y la capacidad crítica”. Comparto su análisis general, aunque no creo en absoluto que se pueda corregir sin ir al fondo de la cuestión. El modelo productivo produce lo que necesita y lo produce a propósito, es decir, no es casualidad; y para empeorar el asunto, ha metido un zorro nuevo en el gallinero: la Inteligencia Artificial, el intermediario por excelencia, el brujo o comisario político definitivo. Pero ni estamos todavía en Un mundo feliz ni llegaremos a estar en algo parecido si nos negamos a formar parte del problema, que en lo tocante a este artículo consiste en algo tan sencillo como esforzarse en seguir leyendo cuando la vagancia intelectual nos pide lo contrario. En circunstancias normales, somos nosotros quienes nos concedemos la posibilidad de aprender o la rechazamos, negándonos descubrimientos y revelaciones que no llegarán por otras vías.
De momento, algunos nos contentaríamos con alejar la situación actual del argumento de una obra de J. G. Ballard, El rascacielos, donde unos miles de personas que se podrían definir como culturalmente pequeñoburguesas dan el paso siguiente al desprecio del bien común y se lanzan a la lucha por la supervivencia sin complejo alguno. Ahora bien, se equivoca quien piense que la realidad de Huxley es imposible porque calculó mal al escribir a Anita Loos (carta del 13 de octubre de 1945) que ese “bravo nuevo mundo” con el que ironiza el Próspero de Shakespeare estaba a “sólo un par de generaciones de distancia”. Sí, sin duda, sacó más conclusiones de la cercanía del nazismo que de la lucha contra él, que devolvió el espectro a su cripta durante unas cuantas décadas. Lástima que el aplazamiento de una pena no sea su suspensión.
0