El genocida nazi que escondió el franquismo en Carcaixent con identidad falsa desfiló en las fiestas de Moros y Cristianos y las Fallas
Las recientes películas sobre el cerebro del Holocausto, Adolf Eichmann, y el médico nazi Josef Mengele describen la vida de los dos genocidas huidos de Alemania tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial como fugitivos, solitarios y con una psicosis extrema por la persecución de los aliados. Ambos utilizaron una identidad falsa y se escondieron en lugares remotos de Argentina y Brasil para no ser descubiertos.
En el caso de Maks Luburic, conocido como el carnicero por su actuación como dirigente del campo de concentración de Jasenovac, que estuvo en funcionamiento entre 1941 y 1945 y en el que se aplicaron políticas genocidas, llegando a ser asesinadas entre 56.000 y 97.000 personas (serbios, judíos, romaníes y comunistas, entre otros), su vida en Carcaixent (València), bajo el paraguas del franquismo, fue mucho más relajada. Y pública.
Luburic asumió en España la identidad falsa de Vicente Pérez García, regentó una imprenta, editó una revista y hasta se permitió el lujo de participar públicamente en algunas de las fiestas valencianas más simbólicas y arraigadas. Las Fallas y los Moros y Cristianos, donde además participó activamente y se dejó fotografiar para los libros festeros. Fue nombrado fallero de honor en Carcaixent y desfiló en dos comparsas de Bocairent.
El periodista valenciano Francesc Bayarri contó en su magistral obra Cita a Sarajevo (reeditada con nuevos datos por Austrohongaresa de Vapors en 2019) la vida del personaje y de su asesino, el ciudadano yugoslavo Ilija Stanić, a quien entrevistó. Stanić trabajaba en la imprenta de Vicente Pérez y, pese a que siempre se ha afirmado que fue un agente enviado por Tito, Bayarri tiene sus dudas y considera que la muerte del genocida en 1969 podría haber tenido otro móvil o que el asesino fuera captado por los yugoslavos después de entrar a trabajar con Luburic.
Lo que sí ha quedado claro, por la abundante documentación existente, es que el carnicero tuvo en España una vida de héroe de guerra. “En un principio estuvo muy escondido, pero con el tiempo se fue soltando. Estaba protegido por la Guardia Civil de los pueblos que visitaba y recibía honores en los mismos”, explica Bayarri. En el caso de Carcaixent, la falla José Antonio lo nombró fallero de honor y le permitió desfilar con las autoridades tras la fallera mayor, como se puede observar en la foto que se publicó en el llibret fallero.
“Luburic acudía a València a la conocida tertulia Monterrey o iba a otros municipios invitado. A veces le entraba la psicosis porque salía en la prensa que habían atrapado a un nazi y tomaba más precauciones, pero llegó a firmar algunas veces con su nombre real y fotografía”, explica el periodista, quien recuerda que el régimen también le financió y le dio la identidad falsa para que se pudiera mover sin problemas.
Antoni Soler, un vecino de Bocairent aficionado a la historia, ha seguido los pasos de Luburic por su municipio. “Luburic conoció a un carnicero de Benigànim, que era festero en Bocairent y lo invitó a las fiestas de Moros y Cristianos de 1960”, explica. El antiguo general nazi fue invitado a desfilar en la comparsa de los Españoletos y quedó tan impresionado por la fiesta que escribió en el libro de fiestas del año 1961 y se apuntó a la comparsa de Suavos. En sus días en el municipio de la Vall d'Albaida estuvo acompañado por los vecinos más afectos al régimen y fue paseado como una estrella por el municipio.
El texto que escribió para el libro de fiestas no tiene desperdicio y desprende cierta ironía sobre el futuro que le esperaba si lo cazaban los aliados. “Y al final vence Santiago Apóstol, vencen los buenos como en las películas del Oeste, se apoderan los cristianos del castillo, y al enemigo lo llevan a la casa del capitán y no al campo de concentración ni a juicio de ‘criminales de guerra’. Única consecuencia es que, alguna vez, al prisionero le llenan de licor moro, que ni a los tres días se entera de que es él quien ha perdido la guerra”, relata Vicente Pérez, que firma como “General Drinjanin”, en honor al río Drina, que separa Bosnia y Herzegovina de Serbia y que, a su vez, marca la separación entre católicos (croatas), musulmanes (bosnios) y ortodoxos (serbios).
El militar nazi, además, añade a su firma en el libro festero la frase en croata “Zapovjednik Hrvatskog Narodnog Odpora”, que significa comandante de la Resistencia Nacional Croata, una organización política y nacionalista croata vinculada al movimiento ustasha y a sectores de extrema derecha de la diáspora croata, activa especialmente después de la Segunda Guerra Mundial. Mucha discreción no mantenía, a poco que alguien hubiera querido encontrarlo.
Los restos de Luburic siguen enterrados en Carcaixent, en un panteón situado prácticamente a la entrada del cementerio y que su familia adquirió por 99 años. La Ley de Memoria Histórica obligó a retirar de la tumba los símbolos ustashas, entre ellos un escudo que amparó el genocidio de los nazis en Croacia entre 1941 y 1945.
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