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OPINIÓN

¿Quién es lameculos?

El presidente de la Diputación de Valencia, Vicent Mompó, en una imagen de archivo.

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Nadie debería hacerse esa pregunta, pero Vicent Mompó nos ha llamado a reflexión, sin pretenderlo ni saberlo. Ha acabado de quitarse la careta con la que llegó a la política, aquella máscara de político de pueblo, próximo, valencianoparlante, aparentemente alejado de las estridencias y de ese estilo de matón de patio de colegio que tanto éxito parece tener últimamente en determinadas filas de la derecha. Pero ahora, enterrado aunque con sueldo el estilo Mazón, alguien puede pensar que elevar el tono da réditos. En el mes de la designación de Pérez Llorca como candidato popular a la Generalitat, a Mompó le ha delatado la boca o el dedo. Ha sacado el repertorio de cuñadismo y de “aguantameelcubata” para insultar su imagen y su cargo mucho más que a quien trataba de ofender. Calificar a Diana Morant como “lameculos de Sánchez” y rematar la faena con un “no vales para nada” habla tanto del señoro que lo escribe que requiere poca respuesta más allá de las risas de los amigotes. Lástima que entre las carcajadas estén las de Natàlia Enguix. No. Que a ella la hayan insultado no justifica el todo vale en la corporación provincial. Y sí. Está en medio. Justo donde dice que no quiere estar. En medio de la derecha del PP y la ultraderecha de Vox, que hacen posible el gobierno de la Diputación.

El insulto es intolerable. Y sí, también es machista. Porque Mompó no se limitó a cuestionar las decisiones de una ministra o de la secretaria general del PSPV. Podía haber desmontado sus acusaciones una por una, aportar datos, defender su actuación durante la dana o denunciar las contradicciones que considerase oportunas. Eso es política. Pero eligió otra cosa. “Siempre serás la hija de Zapatero, la lameculos de Sánchez. No vales para nada”. Primero, la hija de un hombre. Después, la servidora de otro. Finalmente, una mujer que no vale nada. La construcción completa tiene un aroma machista tan antiguo que sorprende que todavía haya que explicarlo en 2026. No se le conocen a Mompó insultos similares hacia ninguno de sus rivales políticos hombres, por mucho que busque excusas como que “llepaculs” es una expresión valenciana. Solo le ha faltado asegurar que estaba defendiendo nuestra lengua, que como todas tiene términos preciosos y otros que no debe utilizar quien no pretende ofender y que no usa quien está educado en la igualdad y en el respeto, haya sido en la línea en castellano o en valenciano.

En cualquier caso, resulta curiosa la relación del tuitero con su lengua materna. Esa que no sirve para los mítines en plazas de toros llenas de banderas de España. El defensor del “bilingüismo cordial”, de sus propias normas y variantes dialectales, vuelve a darnos lecciones de filología y nos ayuda a descubrir súbitamente toda la riqueza expresiva de nuestro idioma para insultar. Aquellos que en el mitin le hicieron cambiar de lengua deben estar contentos, aunque quizás el término elegido para atacar a Morant les parezca poco, acostumbrados a normalizar el insulto a la madre del presidente del gobierno.

Ahora que los patios de los coles se vuelven a llenar, ya se van posicionando los chulitos y los malhablados. Comienzan a distribuirse los roles y el machito que nunca pide perdón, y menos a una chica, sigue siendo codiciado. Y, desgraciadamente, cada vez hay más candidatos porque es lo que ven en la calle. Y pocos se plantean buscar en el diccionario cómo definir a sus adversarios. Porque si vamos a introducir en el debate político valenciano categorías como las que apunta Mompó, quizá deberíamos establecer primero los criterios. Determinar si es más propio de un lameculos que una ministra defienda al presidente del Gobierno del que forma parte o se aproxima más al concepto defender una y otra vez al Gobierno valenciano y a Carlos Mazón después de todo lo ocurrido alrededor de la gestión de la dana. En la definición del término, habría que aclarar dónde situamos cambiar o matizar ante una jueza lo que antes se había contado ante las cámaras, como hizo el presidente de Diputación. Los matices, falta de recuerdos y explicaciones a favor del partido y su líder, pese a las víctimas, seguro que en algún bar han inspirado insultos, mientras él reparte carnés de dignidad política. Resulta muy fácil llamar servil a quien defiende a su jefe cuando el jefe es Pedro Sánchez. La prueba interesante consiste en observar qué hace cada uno cuando el jefe es el suyo. Y Mompó ha tenido oportunidades. Muchas.

Pese a lo demostrado con la dana, la capacidad de rectificación del dirigente provincial es limitada. Los arranques y los momentos de euforia es mejor tenerlos sin el móvil en la mano y con los perfiles de redes cerrados, pero cualquiera puede equivocarse, calentarse y escribir una barbaridad. También un presidente de Diputación, aunque no se lo debería permitir. En cualquier caso, lo que distingue a un adulto es lo que hace después. Mompó pidió disculpas “a la sociedad en general”; seguro que no encontró la ventanilla donde se hace eso. Pero a Morant le dijo que dejara de hacerse la víctima y añadió que “a política se viene llorado”. La disculpa viene acompañada de una nueva bofetada verbal con hinchada de pecho incluida. Lágrimas y mujeres, tiene el repertorio completo. Es muy de macho desfasado considerar que pedir perdón te hace débil. Y muy de crío pedir disculpas mientras explicas que, en realidad, la culpa de que hayas insultado es de la víctima.

Tampoco sale especialmente bien parada Natàlia Enguix. La vicepresidenta de la Diputació y responsable del área de Igualdad ha intentado mantener a Ens Uneix al margen de la pelea entre PP y PSPV. Es comprensible que no quiera convertirse en instrumento de una batalla partidista. Pero precisamente porque está en medio tiene que opinar. No sobre Pedro Sánchez, ni Diana Morant, ni el PSPV. Sobre el insulto. Si la responsable política de Igualdad de una institución no es capaz de decir con claridad que llamar “lameculos” a una adversaria y espetarle “no vales para nada” es inadmisible, le está dando la razón a quienes consideran que su área no debe existir. Se alinea, otra vez, con la ultraderecha. La igualdad resulta bastante sencilla cuando quien se comporta mal pertenece al partido contrario. Su valor aparece cuando hay que incomodar a alguien de quien depende tu mayoría.

Mompó no tenía ninguna necesidad de ofender sin argumentos

Al PSPV le iría mucho mejor con menos seguidismo de Pedro Sánchez y Diana Morant puede y debe ser criticada. Por su gestión, por sus decisiones, por sus contradicciones y por cualquier responsabilidad política que tenga. Ser mujer no la blinda frente a una sola crítica. Pero precisamente por eso no hace ninguna falta insultarla. Mompó tenía todo el derecho a responder. Incluso con enorme dureza. Lo que no tenía ninguna necesidad era de ofender sin argumentos, solo humillar al de enfrente. Durante un tiempo, algunos pensaron que Vicent Mompó representaba otra manera de hacer política dentro del PP valenciano. Más cercana, más nuestra, menos crispada. Incluso alguien capaz de escapar de la plantilla de dirigente político fabricado por los partidos. Pero uno demuestra que es diferente precisamente cuando tiene motivos para enfadarse. Cuando todo va bien, es facilísimo parecer moderado. Y lo peor de esta situación es que ya no le gusta ese papel. Ahora, se suma a los que creen que levantar más peso en la barra les hace mejores y superiores. Otro.

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