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CV Opinión cintillo

¿En qué monte se perdió el PP moderado y de centro?

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Triunfan quienes consiguen que los demás hablen de lo que ellos quieren. No hace falta ganar todas las elecciones. A veces basta con imponer el marco. Que sean otros quienes repitan palabras, asuman prioridades y acaben defendiendo como inevitables propuestas que hace apenas unos años habrían rechazado por ultramontanas.

Quedaban pocos y ya no queda ninguno. Vivimos el año 0 después de Moreno Bonilla, el supuesto moderado. El andaluz más centrista se ha lanzado de cabeza por la pendiente que inauguró Mazón con la prisa y la soberbia que le han caracterizado siempre. Lo ha hecho con la misma media sonrisa que sugirió con expresión prepotente su otrora amigo valenciano. Como entonces, ahora han contado que incluyen en su programa de gobierno las demandas de la extrema derecha solo en la teoría. Que no pasará del papel porque muchas son ilegales o irrealizables. En València, se contaba al principio de la legislatura, como ahora en Sevilla, que era un peaje por la gobernabilidad, pero la experiencia valenciana demuestra exactamente lo contrario. No estamos ante una negociación presupuestaria. Estamos ante la aceptación plena de un marco ideológico. Mucho más allá del pacto en la cuartilla del primer gobierno de Mazón, ahora en Andalucía hay decenas de folios para explicar cómo gestionará un gobierno que no pudo tomar posesión porque estaba muriendo gente en un incendio agrandado por los efectos del cambio climático. Eso que niegan los miembros del nuevo ejecutivo. Ese simbólico choque de realidades tiene un nuevo corolario en el punto cero de la simbiosis. Lo estamos viviendo en los presupuestos de la Generalitat. Se está demostrando que el problema no era Mazón.

Moreno, como Pérez Llorca, se presenta como dialogante. Pero los dos tragan con la cacareada “prioridad nacional” para acceder a vivienda pública o a prestaciones sociales. El PP acepta endurecer las políticas de inmigración y sustituir programas de integración por otros de retorno voluntario. Traga con convertir las políticas de igualdad en políticas de conciliación y eliminar la protección expresa del colectivo LGTBI de los objetivos de la Dirección General de Diversidad. Y más. En plena pausa de las movilizaciones del profesorado, quien se decía partidario de mejorar la situación de los docentes y los centros educativos públicos, se pliega a crear una especie de policía educativa que vele por la supuesta neutralidad ideológica de las aulas, que supervise materiales didácticos, actividades complementarias e incluso las charlas impartidas por asociaciones externas para evitar el fantasma permanente del “adoctrinamiento”. Eso no lo va a incluir en sus presupuestos Carlos Mazón. Lo va a hacer el President que salía a hablar con los manifestantes para que le grabaran videos, en el papel estelar de prohombre dialogante. El mismo que, fuera del tiro de la cámara institucional, va a aplicar recortes a la Acadèmia Valenciana de la Llengua, aunque llegó al cargo prometiendo que él sí iba a defender la lengua. Señaló entonces a su predecesor, pero, a la postre, como en otras cosas, lo ha empeorado.

En el perfil de IG también se ve a Pérez Llorca, partidario del diálogo social, pero ahora ejecuta una reducción de ayudas a los sindicatos para, por ejemplo, elaborar planes de igualdad. Dispuesto a superar a Mazón en casi todo, impulsará la revisión de los currículos para eliminar referencias a la igualdad, la sexualidad o el multiculturalismo. Prefiere incorporar la protección del “no nacido” a la legislación valenciana de infancia o la prohibición del burka como gran bandera política.

Hace apenas unos años, el PP discutía sobre impuestos, financiación autonómica, infraestructuras o crecimiento económico. Hoy dedica buena parte de su acción política a hablar de prioridad nacional, adoctrinamiento escolar, inmigración, multiculturalismo, identidad o guerras culturales. Exactamente los asuntos que Vox necesita colocar en el centro del debate público. La mayor victoria de la extrema derecha nunca consiste únicamente en obtener escaños. Radica en conseguir que los demás jueguen su partido. Y que lo comente M. Rajoy. No estamos ante sarcasmo ni ironía; diga lo que diga el Borja Sémper, el penúltimo de los moderados en caer. Con camiseta de una selección de fútbol o como texto de unos presupuestos, los que hablan de colores de piel y de discriminaciones varias marcan nuestro modelo de sociedad. Mucho más diversa de lo que a algunos les gustaría y que, cesión tras cesión, se deteriora más. Tanto que, en las inmediaciones del Roig Arena, durante la celebración de la clasificación para la final del Mundial de la selección española más diversa de la historia, se escuchó a todo volumen el Cara al Sol. Quizás los dueños del altavoz veían extranjeros en Francia a los que aplicar la prioridad nacional mientras celebraban el triunfo de Lamine y los demás españoles. Quizás Sémper le encuentre una explicación banal. Qué pena perder a tanta gente en esta travesía de montaña.

Los partidos no cambian únicamente cuando modifican sus programas. Mutan cuando mueven las líneas de lo aceptable, normalizan discursos que antes combatían y dejan de discutir las propuestas de la extrema derecha para empezar a administrarlas. Quizá el PP no se radicalizó de un día para otro. Solo fue traspasando límites, convencido de que ninguno sería decisivo. Hasta descubrir que ya no discutía las respuestas de Vox, sino que había empezado a compartir sus preguntas. No sé exactamente en qué monte se perdió el PP moderado y de centro. Lo que sí parece evidente es que hace tiempo que dejó de buscar el camino de vuelta. Y, visto lo visto, si Vox ya marca los presupuestos, las prioridades políticas, el lenguaje, las guerras culturales y buena parte de la agenda del Consell, ¿también le acabarán dejando elegir al próximo candidato del PP a la Generalitat o les vale cualquiera?

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