Sorolla vuelve a la playa
“Aunque ellos sean cien y yo solo uno no significa que tengan razón”, Albert Einstein
Alguien sugirió que si regresas a un lugar y no lo reconoces porque lo han destrozado, cierra los ojos y piensa cómo era antes. Eso es lo que ha hecho don Joaquín Sorolla en la playa de València, y ha vuelto a encontrar niños jugando con barquitos, bueyes tirando de las barcas de pesca, mujeres con sus sombreros protegiéndose del sol… y la luz. Y así ha recreado de nuevo el paisaje de nuestras infancias en esas telas maravillosas.
Nosotros vemos otro paisaje, plagado de grúas y de oportunidades para un puñado de especuladores, pero dejemos de hablar de los intereses empresariales porque a fin de cuentas van a lo suyo. Vayamos a los responsables de haber consentido los desvaríos promovidos por un puerto sin control, sin control democrático, en teoría obligación del ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible que es como le llaman ahora al departamento de las obras públicas.
El descontrol no solo afecta a las obras, como hemos visto últimamente, también a una gestión absolutamente opaca propia de un organismo que no tiene que rendir cuentas a la ciudadanía ni a la institución en la que está enclavado. Sí, ya sabemos que la alcaldesa de la capital tiene un sillón en el consejo de administración.
Nada parecen haber aprendido de las obras desmesuradas e injustificadas que han acumulado una deuda social y ambiental enorme que no se va a liquidar confundiendo crecimiento con desarrollo. No estábamos hablando de previsiones sino de evidencias bien documentadas sobre los altos costes ocasionados a la ciudad y a sus playas por casos análogos. Ya dijimos que habría bastado la declaración en 1986 del paraje Devesa-Albufera como Parque Natural para impedir cualquier ampliación del recinto portuario.
El 6 de septiembre de 2019 el Pleno del Consell aprobó la Declaración de Emergencia Climática en nuestro territorio, comprometiendo a la administración a adoptar medidas concretas contra el Cambio Climático mientras, al mismo tiempo, se circulaba en sentido contrario a dicha proclama.
No aprendimos de los dispendios de los eventos en tiempos de gobiernos conservadores como la ruinosa competición de las velas o el vergonzoso circuito urbano de la F1. Ha sido un ministro de un gobierno progresista, el mediático señor Puente, y los máximos responsables locales durante los ocho años de gobiernos de izquierdas quienes pudieron detener esta destructiva operación y no lo hicieron. El ministro incluso se permitió, tras ocho años de debate local, recordemos, denunciar al poco de tomar posesión, compartiendo copa de cava con la cuestionada presidenta de la APV y los beneficiarios del despilfarro público, que los ecologistas estaban ‘sobreactuando ambientalmente’.
Han dominado la partida fáctica pero el debate lo han ganado los opositores. Las obras y sus impactos quedarán instalados en la costa para vergüenza de sus promotores, como un ejemplo más de cómo se derrochan recursos públicos al servicio de intereses privados. Pero también quedarán el entusiasmo y el conocimiento que mostraron y siguen mostrando colectivos ciudadanos, en especial la Comissió Ciutat-Port. Recientemente ha presentado un nuevo recurso al considerar que los dragados para extraer material de relleno en los puertos de Sagunt y València carecen de evaluación ambiental.
Una pena, las obras en ejecución solo se ven ‘desde arriba’ (poco les habría costado instalar una plataforma elevada en la playa para distracción de jubilados) y ya apuntan a otras graves alteraciones por la turbiedad de las aguas que incluso alcanzan al Parque Natural. Recordemos que se trata de rellenar una gran plataforma sobre la que se construirá un muelle privado con millones de toneladas de materiales extraídos de otros parajes también protegidos.
En conjunto, un macroproyecto que ya presentaba en su momento dudas razonables en su contra siguiendo el principio de precaución, ante las sospechas fundadas de que supondrían un riesgo grave añadido para la salud pública y el medio ambiente con costes de todo tipo: por el deterioro físico y paisajístico de las playas, en la salud por la contaminación y el ruido, más congestión del sistema viario, fragmentación de ecosistemas. Barcos y camiones aquí concurren como dos explosivos vectores de emisiones. No lo olvidemos.
Y todo ello cuando se produce la detracción de recursos para inversiones públicas tan imprescindibles como las que exige el estado del bienestar: vivienda y transporte colectivo por citar dos casos.
Afortunadamente, ajeno a estos desajustes, Sorolla sigue pintando en la playa.
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