Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.

CV Opinión cintillo

De mensajes y relecturas

0

Como a todo el mundo, o a casi todo, tampoco se trata de parecer un radical, hay películas que no me canso de revisar. Puedo visionarlas una y otra vez y otra más, y nunca pierden -al contrario, ganan- un ápice de interés. No todas las personas, y conozco muchas, están dispuestas a regresar sobre filmes o en torno a libros o revisitar sitios, quizá porque interiorizan su tiempo vital en términos de producción, de mercantilización, y la película vista ya está vista, el libro ya leído no admite relectura, está leído, y volver a París no merece la pena si ya se ha estado en dos ocasiones (¡en dos ocasiones!), habiendo por descubrir o depredar tanto filme, libro y ciudad en esta Tierra que flota y flota perdida entre los 400 mil millones de sistemas planetarios, con sus agujeros negros y estrellas novas y pasillos intergalácticos, que se supone existen.

Julio Cortázar es un escritor para releer. Yo, al menos, lo releo. Me ocurre por voluntad propia o porque me llegan mensajes vía internet que me ayudan, digamos que me empujan, a que vuelva a él. Me acuerdo de un invitante correo electrónico que recibí meses atrás desde la Argentina firmado por Alberto J. Bonati Salduna. De nada nos conocíamos ni conocemos. Mi interlocutor había leído allá en su lejana provincia un libro mío (perdón por la referencia) sobre Cortázar y se prestaba amablemente a facilitarme datos de cuando el escritor anduvo por San Carlos de Bolívar como docente. Cortázar ejerció la docencia en colegios de Bolívar y de Chivilcoy y, en grado universitario, en la UNC de Mendoza. Luego regresó a Buenos Aires y desde este, en 1951, saltó a Europa hasta su muerte. Cortázar tuvo un nacimiento europeo, ya que nació en Bélgica, y una muerte igualmente europea, dado que falleció en Francia tras vivir en esta treinta y tres años, si bien, es obvio, es un escritor argentino, alguien que siempre se sintió argentino. Por cierto, ¿dónde cabe aquí la porquería esa del lugar de origen y la nacionalidad cruzada, el chip genuino de lo nacional, que ventea el reaccionarismo más cavernícola? Siempre es grato recibir este tipo de mensajes de alguien, como el que señalo de Alberto J., alguien del que hasta su recepción no sabes que existe y ha lanzado ese mensaje como si fuese una botella prendida por el gollete, le ha dado el impulso hacia el ciberespacio, y la misiva ha alcanzado su destino, inicialmente dudoso, mi modesto buzón.

Con bastante anárquica periodicidad en los últimos veinticinco años me ha llegado uno de esos mensajes, otro y luego dos más seguidos, después pasan algunos meses de silencio, y ninguno, hasta que el tema remonta y el propio ciclo se recicla y el azar (ese azar cortazariano) logra concentrar de nuevo dos o tres, de Santiago de Chile, de Bilbao, de Ushuaia, de Murcia, en mi cajón virtual. Este de Alberto J. es conmovedor por su anécdota menor pero sugestiva. Me habla de sus padres, Blanca y Alberto A. Ambos, recién casados (años treinta del siglo pasado), coincidieron con Cortázar en la pensión La Vizcaína, en aquel lugar en el centro norte de la provincia bonaerense y a nueve horas en tren desde la capital federal. Me cuenta, además de adjuntarme fotografías, cómo los tres, sus padres y Cortázar, idearon un sistema para conseguir el planchado diario de los trajes del escritor, quien carecía de plancha. Pactaron que, cuando sus padres se iban al trabajo a primera hora de la mañana, en la victrola harían sonar un determinado tango (las habitaciones eran contiguas), con lo que Cortázar podía pasar y tomar la citada plancha. Hasta entonces, hasta ese acuerdo, Cortázar antes de acostarse introducía cada día su traje y camisas entre el somier y el colchón.

Estos mensajes con la Argentina de fondo siempre me revuelven por dentro, es una sensación agridulce recordar esa Argentina y a ese Cortázar y ese tiempo ya superado, me producen una mezcla de tristeza y afecto difícil de describir. Porque yo experimento tristeza y afecto, auténtica melancolía, por la Argentina, por ese país hoy maltratado por Javier Milei con sus privatizaciones, un Milei que anda destejiéndolo fibra a fibra. Se me ocurre que lo que practica Milei es una relectura, en este caso de Carlos Menem y su Ley de Reforma del Estado, esa estrategia por la que el país perdió en los años 90 el dominio en áreas esenciales como la de los ferrocarriles, el sector petrolero y gasístico, las aerolíneas, la energía eléctrica, el Correo nacional, qué sé. ¿Por qué Milei no lee (no escribo relee, ojo) a Julio Cortázar y aprende un poco a amar a su país y no a esquilmarlo? Ojalá en diciembre del 27, fin del mandato institucional, Milei y su tropa sean no un mal sueño, en todo caso kafkiano, sino una pesadilla superada.

Etiquetas
stats