Ruidos en la ciudad
La cosa pretende centrarse en el ruido, y me he informado al respecto. No solo hay ruidos estructurales o aleatorios y aéreos, los hay también asignados a determinados colores: blanco, rosa, marrón e incluso violeta y gris. Mi preferido es el gris, me suena poéticamente a invierno, que es mi estación favorita. Sean domésticos o ajenos, no importa, todos se inscriben en esa escala de densidades espectrales. Son esos ruidos que nos envuelven y de los que no podemos protegernos por mucho que lo deseemos porque los ruidos nacen con vocación genocida, como Hernán Cortés, y nos colonizan. Pero intuyo, y voy a ser fuerte en el intento por evitarlo, que el asunto este de los ruidos se va torciendo conforme la columna crece, cristaliza, debido a la cantidad de noticiables que nos rodean por hora, qué digo, por minuto, tantas noticias como agujeros presenta una porción de queso emmental: ya aprendí hace tiempo lo del gruyère. Huelga de docentes, Trump y su narcisismo destructivo, Netanyahu y sus crímenes, los miles de iraníes ejecutados por el régimen de los ayatolás, Shakira y la devolución de sesenta millones, los falsos periodistas ya sin credenciales en el Congreso, el brote de ébola y la OMS, la detención de Jonathan Andic por la muerte de su padre, los 500.000 euros de multa impuesta a los futbolistas peleones, el calor que ya asoma. Y me paro.
Hay ruidos políticos, vecinales, judiciales, artísticos, amatorios, deportivos y escatológicos. Seguro que hay más, no quiero ser exhaustivo. En ocasiones esos ruidos se entrecruzan y se complementan, como ocurre a veces con el ruido judicial y el escatológico. Esta combinación es insoportable.
Voy a ser concreto. ¿No habíamos superado años atrás la tralla del escape abierto a cien decibelios de las motocicletas en nuestras calles? Volvemos a escucharlos. ¿No se prohibió prender pirotecnia en esta ciudad, fundaba precisamente, ay, en el ruido, a la puerta de una iglesia tras una boda? Ha reaparecido. Escuchamos, no oímos, la musiquilla hortera o no hortera, pero que no tenemos por qué tragárnosla, que nos lanzan los coches con las ventanillas bajadas. Camino por Colón y escucho, asaltándome, veinte conversaciones que no van conmigo; la de dos mujeres que andan a diez pasos de mí, unos siete metros, una le relata a la otra sobre su yerno que es un antipático y un roñoso porque nunca lleva pastelillos a casa los domingos. Me llega también el taladro del tipo que habla a gritos con alguien por su móvil y me entero de que le ha salido un forúnculo en el cuello, a la altura de la glotis. Lo miro (al tipo) por el rabillo del ojo en el paso de peatones, ambos codo con codo, y continúa dale que dale con cómo se unta el ungüento y que ya cree que cicatriza, que le sale corteza a la pústula. Aun hallándose a un palmo de mi cara, no se digna bajar el tono, por lo que hasta que cambia el semáforo a verde todavía me entero qué película pusieron el último sábado en el programa de televisión, la pública, Cine de Barrio. Vuelvo a mirar con disimulo (no puedo evitarlo y le busco el forúnculo, ahora sí) y pienso unos segundos en lo que acaba de decirle al otro.
¿Cine de Barrio? Sé que con esto se me tuerce definitivamente la columna. ¿Hasta cuándo Cine de Barrio? ¿Pero cuándo se va a enterar este progresista Ministerio de Cultura de que esa emisión semanal afianza el machismo y la reacción, heredados del franquismo, de la mano reiterada (todas las semanas están ahí, repitiéndose los títulos de los filmes, uno tras otro) de Martínez Soria o Manolo Escobar o Lina Morgan? Debe reconsiderarse esa opción por muy (y mucho) cine español que sea. Bien está que haya un ciclo para saber qué perfil de discurso cinematográfico nos gastábamos en los años sesenta y setenta, pero ya vale, ¿no? Y ya puestos a pedir, apoyo que se suprima, que se modifique, de las pastelerías de una vez por todas, por favor, la expresión brazo de gitano por otro término. Quizá por la palabra bizcocho, o como quieran nominalizar ese postre los profesionales de la repostería. Ahí no entro. Mantener entre nosotros eso que suena a residuo antropofágico y supremacista también hace un ruido ensordecedor, un ruido difícil de clasificar en esa paleta de colores que diseña la ingeniería acústica.
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