Enredados y sin red
Hemos entrado en una era post-redes sociales. Un síntoma es el dato que ofreció Meta -dueña de Facebook, Instagram, Messenger, Threads y Whatsapp- en 2025. Cuando tuvo que defenderse del juicio que la Comisión Federal de Comercio le interpuso en EE.UU. por prácticas monopolísticas, la empresa argumentó que no podía representar de ningún modo un monopolio en el negocio de las redes sociales sencillamente porque las redes sociales no eran lo suyo. El dato aportado fue el siguiente: los usuarios de Facebook solo dedicaban el 17% de su tiempo en la plataforma a consumir contenido procedente de amigos o de cuentas a las que seguían, y en Instagram esa cifra bajaba hasta el 7%.
En conclusión, Meta fue absuelto en noviembre de 2025 y una de las pruebas de peso en su defensa fue que hay muy poco de “social” en su modelo de negocio actual. El cual está basado, como siempre, en vender a los anunciantes la atención que prestan los usuarios a sus plataformas. Salvo que antes eran contenidos de contactos relevantes (amigos, parientes, grupos de interés, compañeros de colegio o instituto cuya pista habíamos perdido...). Ahora en cambio son recomendaciones algorítmicas a partir del historial de navegación del usuario, que no suponen ningún vínculo ni lo construyen para el futuro, sino que capturan el instante y lo monetizan: un contenido unidireccional, intransitivo, que se agota cuando ha soltado su mensaje y el anuncio adjunto (¿no era eso la tele?).
La Coca-Cola de la comunicación
Pensemos en la “misión social” que Facebook se atribuyó a sí misma. Podría resumirse así: 1) la red es social por defecto; 2) esa «socialidad» consiste en compartir las historias de vida de la gente para hacer del mundo un lugar más abierto, transparente y empático, y 3) la privacidad y la intimidad son convenciones revisables (y Facebook contribuye a que se revisen en el sentido expuesto en 2).
Estos tres mandamientos están implícitos en la carta abierta de Mark Zuckerberg a los usuarios de su plataforma cuando la compañía salió a bolsa en 2012. La idea de Zuckerberg por entonces, en modo geek visionario enrollado, era que la sinceridad y la apertura eran valores que las personas podrían enseñar a las corporaciones, a los políticos, a las instituciones, y que estas harían bien en asumirlos. Lo único que hacía Facebook era proporcionarnos la infraestructura tecnológica para compartir quiénes somos y a quién queremos, y un nuevo mensaje de paz y amor se extendería al mundo entero. Facebook era chispeante, divertida, ecuménica: la Coca-Cola de la comunicación.
El futuro es privado (pero tú sigue compartiendo)
En 2018, después de ese asunto tan feo de Cambridge Analytica, Zuckerberg cambió de estrategia y entonces, en un giro copernicano, fue la privacidad la que había que garantizar. Pero aun así nos aseguraba todavía que los algoritmos que seleccionan las entradas que refrescan nuestra página antepondrían las “interacciones sociales significativas” de personas cercanas sobre el contenido orgánico (sea de medios de comunicación, instituciones o marcas), y asumía que «el consumo pasivo de redes sociales puede ser perjudicial para la salud mental de los usuarios». Esa medida respondía a las críticas que recibió la plataforma: que el tiempo pasado en ella nos ponía anteojeras de burro ante la pluralidad del mundo (“burbujas de filtros” es la metáfora piadosa), que bombardeaba con noticias falsas y mala baba (disinformation y malinformation, en términos técnicos) y que facilitaba la actuación de agentes externos para alterar resultados electorales con propaganda computacional extremadamente personalizada.
Pues bien, la madre de todas las redes sociales ahora afirma que ya ha dejado de serlo. Y, con ello, imaginamos que también ha dejado de comprometerse, aunque fuera de boquilla, con esas nobles causas de responsabilidad social que pretendía abanderar: contra el aislamiento y contra la vigilancia, contra la desinformación y contra las patologías vinculadas al tiempo “no social” invertido en redes: parasocialidad, bulos, estafas, ludopatías, pornografía infantil, etc.
En efecto: no solo no hay vínculo social efectivo, ni menos afectivo, en los contenidos que nos llegan ahora, porque no conocemos ni remotamente a los autores, ni ellos a nosotros. También y sobre todo porque la mayor parte del tiempo no hay compartición activa que valga: nos hemos convertido en meros espectadores compulsivos de un scrolling y swiping, ese deslizar el dedito de abajo arriba o de izquierda a derecha sobre contenidos ajenos y lejanos pero extraordinariamente sintonizados con nuestras querencias.
Contenidos, por otra parte, en su mayoría producidos por IA generativas, es decir, por modelos que infieren lo que va a capturar nuestra atención y nos lo ofrecen sin que tengamos siquiera que formularlo. Así que tanto hablar de inteligencia colectiva, contenido generado por el usuario, cultura participativa, comunidades de sentimiento, públicos afectivos, y resulta que, paseantes cabizbajos que vamos por la calle mirando la pantalla (The Walking Scrollers podemos calificarnos), privilegiamos contenidos fabricados sintéticamente que no sabemos de dónde vienen ni nos importa. ¿Podemos seguir hablando de redes sociales en estas circunstancias?
Lo social de las redes sociales
Pero en este punto conviene hacerse una pregunta previa más peliaguda: ¿qué ha habido realmente de “social” en las redes sociales, incluso cuando podíamos encontrarle un sentido a ese adjetivo? ¿No es verdad que “social”, en el Evangelio de San Marcos (Zuckerberg), se ha hecho equivaler a horizontal, interactivo, afectivo, sincero, empático, comunitario, altruista, desinteresado? No hay ninguna evidencia de que eso equivalga a lo social más que otros adjetivos (incluso sus antónimos). Así que el problema no es que Facebook haya dejado de ser social (qué pena), sino que esa socialidad estaba de origen infectada a partes iguales de un profundo desprecio por el bien público y de una mezcla de voyeurismo y exhibicionismo orientados a la vigilancia y la emulación de los otros, todo muy funcional a la lógica del mercado.
Lo social es un terreno pantanoso entre lo público y lo privado, un umbral móvil. Las redes son propiedades privadas de los dueños de las plataformas. Allí nos ceden aparentemente gratis parcelas a cada uno, desde las que hay vistas a todas las demás, y donde cada uno construye su imagen pública y observa crecer los edificios de las otras en una competición tasada (las “métricas de la vanidad”). También hay parcelas públicas, sean políticas o económicas, que están allí por el interés y despliegan sus anuncios luminosos en cuanto asomamos la cabeza por la ventana.
La operación FB fue convertir un imperativo cívico de la era de la red mundial de información (que la información de interés público estuviera disponible y accesible al mayor número posible de ciudadanos) en una exposición pública de asuntos privados que, convenientemente procesada, determinara qué contenidos públicos (políticos, comerciales) se nos ofrecían.
Ahora bien, lo privado (¿lo social?) que hay en lo doméstico, lo familiar, las relaciones de pareja o de amigos, lo personal, la introspección, no se desembarazan de lo narcisista, lo particular, lo banal, lo cotidiano, o de la conciencia de clan, de círculo, por hacerse públicos: más bien desalojan nuestra dimensión pública, cívica, política, que pasa a estar ocupada por ese borbotear de sucesos y pasiones pequeñas, circunscritas. Es terrible, pero el cotilleo en las redes sociales, que parecería cosa trivial e intranscendente, acaba por reducir la «socialidad» solo al puro cotilleo. No era la esfera pública la que crecía al absorber los asuntos privados, sino al revés: era la marea, o el tsunami, de las cuestiones privadas lo que arramblaba con el espacio público.
Ahora ya da igual. Llegados a este punto, ya saben tanto de nosotros que no hace falta que les contemos más. Y además, para qué contar abiertamente lo que nos da por contar (lo “social” en código zuckerberguiano), cuando lo que callamos es más significativo, y nuestra interpasividad en redes lo expresa mucho mejor. Así que la sensación es que no necesitábamos alforjas para este viaje de vuelta a la tele. Tanto, que las hemos ido regalando por el camino.
0