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Opinión - 'Líderes y modos del nuevo Régimen', por Rosa María Artal

Feijóo contra el derecho a enfermar

El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, durante su visita la sede de Petronor este martes en Bilbao.
7 de julio de 2026 22:07 h

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Ante el Círculo de Empresarios Vascos, Alberto Núñez Feijóo ha afirmado que el absentismo laboral es “un cáncer” que cuesta 30.000 millones de euros, y ha prometido que, gobierne con o sin acuerdo con los sindicatos, tomará una decisión. La decisión, traducida, consiste en recortar sueldo y prestaciones a quien no acude a trabajar, sea por una baja médica, un permiso o cualquier otra ausencia que ni se molesta en desagregar. Feijóo no innova, ya que es la enésima expresión de un ideario que recorre toda Europa y que persigue deshacer, una a una, las conquistas del Estado social.

Empecemos por lo que Feijóo prefiere no mirar. Las bajas laborales se concentran de forma abrumadora en los trabajos manuales, esos que castigan el cuerpo: cargar cajas, limpiar, repartir, aguantar jornadas físicamente extenuantes. Es en esas condiciones duras donde florece mayoritariamente el “absentismo” —aunque en los trabajos no manuales hay otro tipo de consecuencias sanitarias—. Eso ya lo dice casi todo: las bajas son el reflejo directo de esas condiciones físicas y psicológicas. Si mejorasen, el número de bajas caería de manera considerable. Cualquiera que hable con profesionales de la sanidad se encuentra el mismo cuadro una y otra vez: bajas producto de la presión, de la precariedad y, en el fondo, de la dificultad del cuerpo humano para adaptarse sin romperse al criterio de la rentabilidad económica que exigen los empresarios.

Hay, además, un factor que Feijóo tiene todavía menos interés en nombrar, porque señala directamente a los gobiernos de su propio partido. Si muchas bajas se prolongan más de lo necesario es, en buena medida, por los recortes en la sanidad pública por parte de las comunidades autónomas. Cuando se estrangula la atención primaria y se disparan las listas de espera, un trabajador que necesita una prueba, una consulta con el especialista o una intervención quirúrgica puede pasar semanas o meses en el limbo, sin poder reincorporarse porque el sistema que debería curarlo lo hace esperar. La derecha deteriora primero la sanidad pública y después se escandaliza por las consecuencias de ese deterioro. Primero provoca la enfermedad del sistema y luego la presenta como prueba de que sobran derechos.

Y aquí está el núcleo del asunto, como he señalado otras veces. Para los empresarios a los que hablaba Feijóo, esto es un problema de “recursos humanos” que no “rinden” lo suficiente. No por casualidad “recursos humanos” es como se llama en las facultades de economía y los departamentos empresariales a la técnica de “gestionar” a las personas en el seno de la maquinaria extractora de plusvalía. La expresión lo dice todo: el trabajador situado al mismo nivel que un martillo o un tornillo, una herramienta que, cuando se desgasta y deja de rendir beneficio, se descarta. Frente a esa lógica hay que recordar algo elemental, a saber, que las personas somos seres humanos, no engranajes, y no estamos hechas para consumirnos subordinadas al ciclo del capital, a las horas extenuantes y a la disponibilidad permanente.

Nada de esto significa negar que existan casos de abuso, de trabajadores que estiran una baja más de lo debido. Existen, claro. Pero conviene recordar dos cosas. La primera, que los profesionales sanitarios ya cuentan con mecanismos de control para detectarlos y revisarlos, especialmente a partir de los 365 días, cuando la gestión pasa al Instituto Nacional de la Seguridad Social; mecanismos que sin duda pueden mejorarse, pero que existen. La segunda, y más importante, que esos casos son marginales. La derecha los agita como si fueran la norma porque le sirven de coartada: convierte la excepción en argumento para su verdadero objetivo, que es recortar el derecho de todos.

Hay, además, un dato histórico que quisiera destacar. Las bajas laborales de las que se queja Feijóo no existían en el siglo XIX, que parece ser el verdadero modelo de referencia del PP y de las derechas europeas. Aquel era un mundo sin conquistas del trabajo, en el que se encadenaban jornadas de doce, trece o catorce horas sin prestación ni indemnización, sin responsabilidad alguna del empresario, que tenía a su completa merced la vida del trabajador y la de su familia. Frente a esas condiciones se levantó el movimiento obrero, que trajo no solo la democracia como procedimiento formal de votar cada cuatro años, sino precisamente todas estas conquistas sociales que ahora las derechas europeas quieren desarmar. Quejarse de las bajas es, en el fondo, añorar un tiempo en que el cuerpo del trabajador no tenía derecho a enfermar y en el que los abusos de los empresarios no enfrentaban límites.

Alguien podrá objetar que exagero, que la derecha no aspira a tanto, que solo propone ajustes graduales. Pero conviene no engañarse: ese gradualismo es el método. La derecha no privatiza de golpe los servicios públicos ni deroga de un plumazo los derechos sociales; los deteriora poco a poco, estrangulando su financiación y debilitando su capacidad de protección, y espera a que la degradación resultante justifique el desmantelamiento definitivo. En toda Europa la excusa es lo de menos, como hemos visto al canciller alemán apelar a la crisis energética o a la competencia de China para recortar un Estado del bienestar con el que estas derechas nunca se sintieron cómodas. No olvidemos que el cuerpo humano tiene límites pero que el mercado, por sí solo, no los reconoce: precisamente por eso existen los derechos laborales. Pero tenemos dirigentes conservadores que no están ya comprometidos con el pacto social de posguerra que dio lugar a la construcción de instituciones como el Estado social; en su lugar piensan que todo esto es un obstáculo para el crecimiento económico de las empresas (y de los bolsillos de sus propietarios).

En definitiva, cuando Feijóo llama “cáncer” al hecho de que un trabajador enfermo cobre su salario está anunciando qué mundo tiene en la cabeza. Es un aviso a navegantes en España, ante la hipotética llegada de un gobierno de la derecha y la extrema derecha. Ojalá estemos a tiempo de que no llegue a construirlo. La ventaja de este tipo de discursos es que ponen muchas cartas sobre la mesa.

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