Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
PP y Vox callaron durante los 15 meses de tramitación de la ley de nietos
Se investiga un centro de desintoxicación en Catalunya con denuncias por maltrato
Opinión - 'Feijóo saca el pucherazo de su fondo de armario', por Raquel Ejerique

Cuando el PP habla el idioma de Vox

El líder de Vox, Santiago Abascal. EFE/J.J.Guillén
1 de julio de 2026 21:54 h

1

‘La comunidad de descendientes de españoles mantendrá el derecho de opción a la nacionalidad española, garantizado por una ley de Acceso a la Nacionalidad de los Nietos reformada’. Así de favorable hablaba el PP sobre una Ley de Nietos en su programa electoral para las elecciones generales de 2023; una redacción alineada con el espíritu de la norma actual, que se estima podría garantizar la nacionalidad a unos 2 millones de personas. La hemeroteca está llena de declaraciones en el mismo sentido por parte de los actuales líderes conservadores, todos ellos defendiendo una política que, de repente, ahora cuestionan y critican. 

En realidad, es peor que eso. En política siempre es legítimo cambiar de posición, pero es sospechoso cuando esos giros se producen de una manera tan radicalizada y sobreactuada. Porque no es solamente que Feijóo y los suyos ahora no vean bien lo que durante décadas han defendido sin problemas; es que ahora han llegado a hablar de “ingeniería electoral” y de una “modificación sustancial del censo”. El líder de Vox ha ido más lejos y ha hablado directamente de “pucherazo”. Sembrando estas sospechas sobre la limpieza de las elecciones, el PP se suma al coro de partidos y movimientos de extrema derecha que a lo largo de todo el mundo han convertido la erosión de la legitimidad democrática en punta de lanza de su programa reaccionario. 

La ofensiva reaccionaria es meridiana y no puede llevar a equívoco. Primero deslegitiman al Gobierno. Ya no basta con criticar su programa económico o social: lo presentan como un poder ilegítimo, dispuesto a instaurar una dictadura, traicionar a los ciudadanos o destruir deliberadamente la nación. Es en ese marco, cultivado durante muchos años, donde se enmarca la acusación de fraude electoral. Al fin y al cabo, si te has creído que es un gobierno dispuesto a hacer todo para mantenerse en el poder, ¿por qué iba a resultar extraño que se manipularan deliberadamente las elecciones? Esta estrategia no es sólo española, sino que se repite una y otra vez, desde Trump negando su derrota en 2020 a Bolsonaro preparando el terreno para el asalto de sus seguidores en Brasil. El repertorio es común: como el adversario aparece como una amenaza existencial, cualquier resultado adverso puede presentarse como robado.

El PP no puede alegar ignorancia al respecto, y debemos presuponer que conoce perfectamente las consecuencias de estimular ese tipo de discurso. Lo que ocurre es que tiene miedo a ser desbordado social y electoralmente por la extrema derecha, pero en vez de ir con mangueras a apagar el fuego ha decidido acercarse al problema con unos cuantos bidones de gasolina. Y lo hace por dos razones. La primera, porque una parte de su electorado está ya capturado por la ola reaccionaria y comparte los postulados ultraderechistas, de manera que se siente cómodo en la narrativa reaccionaria acerca de los peligros de la inmigración e incluso de teorías conspiranoicas como la ‘tesis del gran reemplazo’. Esa corriente —de la que Isabel Díaz Ayuso es el síntoma más visible— es hegemónica en Madrid y creciente en el resto del país. Basta ver cómo se ha normalizado hablar de inmigración en términos que hace cinco años habrían sido marginales. La segunda, porque el PP se sabe incapaz de vencer en una guerra cultural alimentada por la extrema derecha a nivel mundial, especialmente en redes, y ha decidido no dar ninguna batalla: se ha rendido directamente.

Me consta que entre las filas conservadoras hay quien resta importancia a este movimiento y considera todo esto un giro táctico —electoral, incluso— más que estratégico. Es decir, creen que asumir discursos reaccionarios no necesariamente implica desarrollar posteriormente un programa consecuente; que si llegan al gobierno, la gente se olvidará. A mi juicio, es un claro error de diagnóstico. Porque cuando conviertes ciertos discursos en habituales, tus propios votantes asumen una nueva normalidad ideológica: se desplaza todo el eje de “sentido común” hacia la derecha. Reconducir eso no es tarea sencilla, y es más fácil que los líderes se vean rehenes de una base social radicalizada y que ellos mismos han contribuido a crear.

La consecuencia práctica la conocemos todos, desgraciadamente. La historia reciente demuestra que la extrema derecha nunca se fortalece únicamente por sus propios méritos a la hora de interpretar la sociedad. También crece cuando los partidos conservadores e incluso progresistas deciden asumir su lenguaje, legitimar sus marcos mentales y competir en su terreno. El resultado nunca ha sido una derecha democrática más fuerte, sino una extrema derecha más influyente. Y por el camino se está erosionando no solo la democracia, sino también la cohesión social: no olvidemos que el principio de todo esto es que el PP ahora niega derechos políticos que antes reconocía. Una pendiente muy resbaladiza.

Etiquetas
stats