El hotel de Pereira que concentró las últimas esperanzas de vida bajo los escombros del terremoto: “Ya solo quedan cuerpos y maletas”
Los últimos coletazos de esperanza en Pereira estaban en un solo punto de la ciudad: el Hotel Dibeni. Los equipos profesionales concentraban esfuerzos en sus ruinas, donde rescatistas y autoridades aseguraron detectar varias “señales de vida”. Los voluntarios que retiraban escombros en cadena humana se animaban unos a otros, aferrándose a cada sonido, a cada posible contacto, a cada mínima posibilidad de encontrar supervivientes mientras el olor a descomposición empezaba a sentirse cada vez más fuerte en los restos del temblor que azotó el eje cafetero de Colombia. “Hay vida”, se decían quienes hablaban de posibles “milagros”.
No solo eran suposiciones de los voluntarios. La directora de los Bomberos de Pereira afirmó que una mujer atrapada bajo los escombros mientras abrazaba a su hija había respondido a los contactos, pero el día acabó y no hubo vida. De las tripas del edificio solo pudieron sacar ya cuerpos de quienes pasaban la noche en uno de los hoteles más grandes de la ciudad.
Tampoco hubo milagro en el rescate de Daniela Largo, una mujer que había permanecido 36 horas entre los escombros y cuyo rescate había supuesto un momento de esperanza de las labores de búsqueda en Pereira. Finalmente falleció tras once días en cuidados intensivos. El terremoto ha dejado hasta este sábado 294 fallecidos, 3.935 heridos y 320 desaparecidos, según el último balance de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD).
Cuando muchos aún hablaban de vida en las entrañas del hotel, un rescatista caminaba sobre los cascotes con una maleta negra. Era la bolsa de viaje de Juan Felipe Giraldo, de 24 años, un comerciante de Bogotá que había llegado a Pereira unas horas antes del seísmo. Su padre, Hernán Giraldo, lo buscaba desde el pasado lunes y, casi siempre presente durante las labores de búsqueda, presenciaba cada intento de contacto de los equipos de rescate con posibles supervivientes con la esperanza de recibir una nueva “señal de vida” a la que aferrarse. Este viernes, como también el jueves y el miércoles, las hubo. Los sonidistas y los escáneres habían localizado posibles signos de personas supervivientes: un sonido, calor en determinadas zonas, la identificación del lugar por parte de los perros militares... Pero la jornada de rescate del quinto día tras el terremoto ha demostrado que el protocolo utilizado para la detección de supervivientes no era concluyente y carecía de la fiabilidad suficiente. Después de días de trabajos, en los que muchos rescatistas —profesionales y voluntarios— apenas han dormido, muchos se aferraban a cualquier atisbo de supervivencia y celebraban signos de vida que acabaron por no ser.
El padre de Juan Felipe recorría los alrededores del hotel, mostraba la foto de su hijo, contaba su historia y respondía a las preguntas de quien se le acercase. No sé movía de allá y siempre esperó ese milagro que no llegó. “Hay vida, hay pequeñas señales de vida. Y si hay vida, hay esperanza”, insistió el hombre en conversación con varios medios de comunicación. “Estoy seguro de que está vivo”, decía. “Es un verraco”.
Este viernes, tras horas de trabajos en la zona, los rescatistas lograron acceder a la que era la habitación de Juan Felipe, la 105. Primero localizaron su maleta. Su padre se acercó a la zona acordonada para recoger y confirmar que eran las pertenencias de su hijo. El joven iba a casarse este domingo. Tenía un niño de dos años.
Horas después localizaron el cuerpo y el miedo contenido durante días se transformó en llanto. Hernán Giraldo, acompañado ya de otros familiares, se abrazaron en el suelo mientras los equipos de rescate ultimaban la extracción del cuerpo de su hijo. El cadáver descendió desde los escombros y fue enviado a la morgue. Tras el furgón de la Fiscalía, su padre, cabizbajo, arrastraba la maleta de su hijo.
“Ya están saliendo escombros con restos en descomposición, pónganse los tapabocas”, se advertían los voluntarios entre sí. También pedían Vicks VapoRub, el ungüento mentolado que ponían bajo su nariz para tratar de paliar el olor que procedía del piso más bajo del hotel.
Pasadas las horas, las evidencias de posibles supervivientes se debilitaron. “Cualquier movimiento de las placas del edificio puede confundirse con supuestos golpes, con respuesta de una persona atrapada”, matiza el capitán de los Bomberos de Pereira, quien entrada la tarde descartó que se encontrasen entre los escombros una madre y su hija.
El capitán saca de su bolsillo un papelillo doblado y redoblado. En él aparece un listado de nombres, la mayoría tachados: unos, la minoría, por haber sido rescatados con vida. Otros porque lograron salir antes del colapso del edificio. La mayoría, porque han sido localizados sus restos mortales. Su teléfono acumula mensajes con alguna de esas personas y sus familiares. Es la forma que tiene de averiguar las personas desaparecidas entre los restos del edificio y enfrentar la desinformación que surge en cada pequeño atisbo de vida percibido por los operarios.
De todos los nombres apuntados, solo quedan dos: Mario Zapata y Brenda Flores: “Según nuestras informaciones, solo quedan ellos por sacar”.
Mario Zapata y Brenda Flores habían viajado desde México a Colombia de vacaciones. Su familia aún no ha podido viajar a Pereira, pero un voluntario colombiano está en contacto con una de sus hijas para trasladar toda la información de la que disponga.
Las labores se centraron entonces en la zona donde tenían más evidencias de encontrar entre las placas derrumbadas del hotel una pareja de mexicanos. “No se sabe si están vivos, pero tras más de 96 horas bajo los escombros es muy complicado encontrarles con vida”, explica el capitán de los bomberos.
En lo alto de las placas del edificio era habitual encontrar a Edwin Jiménez señalando un lugar a otro de los entresijos del mamotreto derribado. Es el propietario del edificio y, horas después de la catástrofe, solicitó a la gestora del hotel los listados de huéspedes y asumió la coordinación de parte de la búsqueda de desaparecidos. En su bolsillo siempre lleva un mapa del hotel realizad por el mismo. También un listado de los colores de las sábanas que cubrían las camas de cada planta para localizar en qué piso se encontraban para tratar de alcanzar a los clientes desaparecidos con la guía de los cuartos donde descansaban en el momento del sismo. “Creemos que ya solo nos quedan dos”, reitera Jiménez, en contacto directo con los bomberos.
Del Hotel Dibeni, también salieron personas con vida segundos antes de derrumbe. Ronaldo (nombre ficticio) juega con sus hijas en uno de los albergues improvisados en un parque de Pereira, mientras su esposa dobla la ropa que lograron rescatar de los escombros del que fue su hotel. La familia procede de Curaçao y estaba de vacaciones en Colombia. Sobre los colchones extendidos bajo una carpa de emergencia, una de sus niñas canta mientras su padre explica cómo salieron a la carrera del hotel donde hacían base para explorar el turístico eje cafetero colombiano. “Estábamos desayunando, en la última planta, y empezó a temblar. Corrimos por las escaleras, todo se movía. En cuanto salimos, el edificio se cayó”, explica el hombre. Con las carreteras bloqueadas, la familia tuvo que pasar unos días en el albergue hasta lograr regresar a Bogotá para tomar su vuelo de regreso a casa.
El sexto día tras el terremoto apenas nadie habla ya de vida, aunque los rescatistas escarban entre los escombros como si fuera posible. Las máquinas han pasado a hacer la mayor parte del trabajo, al entender las bajas posibilidades de localizar supervivientes. Tras esta fase de emergencia y rescate, empieza el duelo y la reconstrucción. “Estamos muy cansados. La adrenalina nos ha mantenido ayudando, casi sin dormir y sin pensar. Ahora toca empezar de nuevo”, resume Camilo, uno de los voluntarios que salió a la calle a ayudar desde las primeras horas después de la tragedia. “Que no nos olviden. Queda mucho trabajo”.
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