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Opinión - 'La batalla por explicar los incendios', por Alberto Garzón

La batalla por explicar los incendios

Imagen de uno de los incendios que han afectado a diversos territorios de ESpaña.
29 de julio de 2026 21:52 h

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Otro año más, España se quema en verano. Esta vez con especial gravedad: la superficie quemada multiplica por seis la registrada por estas fechas el año pasado y, en el conjunto de la Unión Europea, el número de incendios duplica ampliamente la media de años anteriores. Por si fuera poco, el consenso científico subraya que nos dirigimos hacia un escenario mucho peor para el futuro. Todo esto justificaría un pacto de Estado en el que participen todos los partidos, pero es precisamente ante esa posibilidad que ha elevado su voz Díaz Ayuso, al descalificar el marco completo asegurando que señalar la emergencia climática como causa de los incendios es una solución de “brocha gorda”.

Esta posición de Ayuso, que ha sido reproducida posteriormente por el resto del PP, ha recibido una contundente respuesta por parte de la izquierda. El mensaje general ha sido el de acusarla de cómplice del negacionismo climático y de difusora de bulos, ya que también sugirió que uno de los problemas era una inexistente dificultad legal para limpiar los montes. Sin embargo, cuando examinamos con más detalle el discurso de Díaz Ayuso y de otros dirigentes del PP no encontramos un negacionismo climático descarnado, sino algo mucho más sutil y efectivo. En este sentido, hay que comenzar aceptando que ella tiene razón al señalar que las causas de estos incendios van más allá del cambio climático. De hecho, la cuestión política decisiva es cómo se ordenan las diferentes causas que conviven a la vez, es decir, qué factor se presenta como principal y cuáles quedan relegados a un papel secundario. En política rara vez se discute únicamente sobre los hechos; también se discute sobre cuáles de esos hechos deben considerarse decisivos. Es en esa jerarquización donde están las verdaderas diferencias entre el discurso de las derechas y de las izquierdas respecto a los incendios.

En realidad, hoy existe un consenso científico muy sólido sobre la influencia del cambio climático en los grandes incendios forestales. El calentamiento no es el actor que enciende la cerilla, pero sí el que decide cómo se comporta el fuego una vez prendido: un aire más cálido extrae más humedad del suelo y de la vegetación, de modo que el combustible forestal llega al verano más seco y lo está durante más semanas al año. De ahí que los grandes incendios recientes se comporten de un modo distinto y mucho más destructivo que los tradicionales: liberan tanta energía que desbordan cualquier capacidad de extinción. Esa es la frase tan impresionante que hemos escuchado a los bomberos estos días: «fuera de capacidad de extinción».

En septiembre de 2025, la organización World Weather Attribution estimó que las condiciones de calor, sequedad y viento que propagaron los incendios de aquel verano en la península ibérica son hoy unas cuarenta veces más frecuentes y un 30 % más intensas que en un clima sin calentamiento. La literatura científica apunta de manera recurrente en la misma dirección. Ahora bien, ese clima actúa sobre un territorio concreto y hay otras razones que contribuyen a los incendios modernos. Los propios autores de este estudio subrayan que el abandono rural de las últimas décadas ha provocado la acumulación de combustible fino hasta niveles peligrosos, sin las discontinuidades que antes generaban el pastoreo y el mosaico agrario (que operaban como cortafuegos). Ese doble origen de los megaincendios —el cambio climático y la transformación del mundo rural— explica la estrategia política que está desplegando la derecha española, basada no tanto en negar los hechos (el cambio climático, por ejemplo) como en disputar cuál de esas causas debe considerarse determinante.

Esta estrategia de la derecha española es clara, aunque se mueve en el alambre. Para empezar, la relación de la derecha sociológica con el cambio climático hace de este un tema muy incómodo para sus líderes políticos. Por un lado, son conscientes de que la mayoría de los españoles piensa que el cambio climático es un fenómeno causado por la actividad económica del ser humano. Según los datos del CIS, poco más del 10% de la población española considera que el cambio climático actual es un fenómeno natural o que directamente no existe. Pero, por otro lado, los ciudadanos más negacionistas se encuentran precisamente entre sus votantes: la cifra asciende hasta el 18,6% y el 27,4% de los votantes del PP y Vox respectivamente. Gestionar un electorado dividido obliga a caminar por una línea muy estrecha: negar frontalmente el cambio climático supondría alejarse de la opinión mayoritaria, pero asumir plenamente sus implicaciones podría provocar tensiones con una parte relevante de sus propias bases. La ambigüedad y la incoherencia de los discursos del PP sobre este punto expresan precisamente esa dificultad para jerarquizar las causas de un modo que resulte aceptable para todos los sectores de su espacio político.

Este mecanismo se ve con claridad en sus medios afines. Antonio Naranjo, presentador de Telemadrid y columnista en El Debate, lleva días sosteniendo que la “emergencia climática” es una excusa. Su tesis consiste en desplazar el foco desde el cambio climático hacia la política forestal, el abandono del mundo rural, el conservacionismo o determinadas políticas ambientales. Algunos de esos factores son reales y relevantes, pero aparecen presentados como explicación suficiente del problema, relegando el papel determinante que la evidencia científica atribuye al calentamiento global. El esquema recuerda al utilizado por el trumpismo, ya que no niega necesariamente los hechos (Naranjo afirma explícitamente que el cambio climático es real), sino que reorganiza su importancia para acomodarlos a un determinado proyecto político.

De nuevo, es importante insistir en que las derechas generalmente no niegan el cambio climático, sino que construyen una narrativa donde este fenómeno es de menor importancia. Por supuesto minimizan sus efectos, pero no llegan tan lejos como para negar que las temperaturas medias estén subiendo. Así, a la derecha le basta con presentar al cambio climático como un factor secundario frente al abandono rural, la política forestal o el ecologismo. De ese modo puede construir un relato que interpela a sectores sociales próximos a su electorado mientras desplaza la responsabilidad hacia los actores que identifica con la izquierda, resumidos bajo la etiqueta de lo «woke». Si lo analizamos con atención nos daremos cuenta de que el objetivo de la derecha no es refutar el consenso científico, sino más bien en desplazar el centro de gravedad de la explicación hacia causas que resultan mucho más compatibles con el imaginario político conservador.

Obsérvese que, en las últimas elecciones de Castilla y León, el PP ganó en 16 de los 23 municipios en los que se originaron los graves incendios de verano de 2025. No sería correcto concluir que todos esos votantes simplemente rechazan la ciencia. Es mucho más sencillo, y mucho más probable, concluir que, para una gran parte de la población, los incendios y el cambio climático son sencillamente conceptos independientes. El discurso dominante allí es que el mundo urbano, y en particular la izquierda y los ecologistas, al que se percibe como muy influyente en las decisiones que afectan al campo, ha despreciado al mundo rural y a su forma de vivir; y que los incendios son otro agravio más, producto de los errores de las políticas aplicadas contra el mundo rural.

Se trata de una batalla política no contra el negacionismo climático per se sino contra una cosmovisión que es falsa. La transformación del mundo rural no ha sido producto de las mentes de los ecologistas, sino de un sistema económico impulsado por la lógica de la rentabilidad. Allí donde había ganadería extensiva dirigida por familias, ahora hay macrogranjas propiedad de fondos de inversión y que contaminan los suelos, el agua, la atmósfera y además no prestan los servicios ecosistémicos que antes realizaba el ganado libre. Allí donde existía un modelo en el que la producción y el consumo eran de cercanía, ahora la globalización y los tratados de libre comercio impulsados por los combustibles fósiles han conducido a la multiplicación del consumo de productos procedentes de sitios a miles de kilómetros de distancia y que distorsionan radicalmente el mundo rural y sus lazos comunitarios. Y es, paradójicamente, una de las expresiones biofísicas de ese sistema, la emisión de gases de efecto invernadero, la que crea las condiciones para los megaincendios que ahora arrasan nuestros bosques.

En mi opinión, esta disputa es central y requiere que la izquierda se tome mucho más en serio su presencia en el mundo rural. Eso exige no caricaturizar todos los discursos de la derecha como “anticientíficos”, sino comprender por qué esos resultan persuasivos para una parte del mundo rural, identificar qué problemas reales consiguen canalizar y ofrecer respuestas más convincentes que las de la derecha. Debemos articular una propuesta que, a nivel de discurso, haga imposible que la derecha pueda esquivar la responsabilidad del cambio climático en todo lo que está sucediendo. Por supuesto, este es un asunto que va mucho más allá del fenómeno de los incendios, y que atraviesa todas las dimensiones sociales y económicas: despoblación, turistificación, modelos de desarrollo, desigualdad económica, concentración empresarial, desempleo, etc.

Sabemos que los incendios del futuro dependerán cada vez más de la física del clima, pero, también, que la respuesta colectiva seguirá dependiendo de la política. La batalla decisiva consistirá en decidir por qué arde el territorio, y quien consiga imponer esa explicación también condicionará las soluciones que la sociedad considere legítimas en el presente y en el futuro. Por eso la izquierda no puede limitarse a denunciar el negacionismo, como si bastara con señalar la supuesta ignorancia de sus adversarios. De manera más ambiciosa, necesita construir un proyecto para el mundo rural capaz de integrar la gestión del territorio, la revitalización económica y la lucha contra el cambio climático. Si no consigue disputar ese marco interpretativo, también dejará en manos de la derecha la definición de las soluciones que la sociedad considere posibles frente a los incendios del siglo XXI.

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