¿Y si las reformas educativas han funcionado?
Siempre me ha parecido excesiva la importancia que los medios y los analistas de políticas públicas le conceden al informe PISA. Para quienes a principios de siglo nos movilizamos contra las reformas universitarias del llamado Proceso de Bolonia, resulta evidente que PISA es un instrumento más de un paradigma que concibe a la educación principalmente en términos mercantilizados. La genealogía no deja lugar a dudas: a finales de los años ochenta y principios de los noventa, la teoría del crecimiento incorporó el capital humano (la capacidad de acumular conocimientos que elevan la productividad y la renta) como elemento fundamental para explicar las diferencias de productividad y crecimiento entre países. En los años siguientes esta visión se incorporó a las narrativas oficiales de la OCDE y la UE, entre otras, y a las reformas educativas.
En este sentido, PISA privilegia una determinada concepción de qué significa estar educado: la capacidad de utilizar conocimientos y competencias para resolver problemas en contextos prácticos. Así, PISA comparte con buena parte de las reformas educativas de las últimas décadas una concepción instrumental del conocimiento, en la que adquieren especial importancia aquellas capacidades que pueden medirse, compararse y relacionarse con la productividad y la empleabilidad. El propio ranking permite además comparar los resultados entre países y regiones, introduciendo una lógica de competencia y de evaluación cuantitativa de los sistemas educativos. En definitiva, PISA forma parte del paradigma de la llamada «sociedad del conocimiento» que ha moldeado buena parte de las reformas educativas desde hace treinta años y que puede resumirse en una idea: frente al conocimiento sustantivo y a la formación general —la filosofía, las ciencias sociales y las humanidades, pero también aquellas ramas de cualquier disciplina que no tengan una utilidad inmediata—, lo importante sería adquirir competencias adaptativas, es decir, la capacidad para desenvolverse en un mercado flexible y cambiante.
Los defensores de este paradigma de la “sociedad del conocimiento” insistieron en que el mundo había cambiado, y que ya no vivíamos en una sociedad fordista donde un trabajador accedía a un puesto de trabajo de por vida y con un horario estandarizado. Ahora vivíamos, se nos decía, en una sociedad posfordista donde el mercado es mucho más caprichoso y exige de los trabajadores habilidades que van más allá de ese conocimiento sustantivo que ofrecía la educación clásica. Ahora había que promover habilidades prácticas a fin de que la nueva demanda de trabajo (los jóvenes) pudieran adaptarse a la oferta de trabajo (flexible y cambiante, y también precaria). De qué te iba a servir eso que llamamos “cultura general” cuando accedieras a tu puesto de trabajo como cajero de un banco, administrativo en una empresa o en cualquier posición en la hostelería. Tocaba ser prácticos y reducir el tiempo de formación para sacar cuanto antes a trabajadores bien preparados para el mercado realmente existente. Esta es la filosofía de toda las reformadas nacidas al amparo de esta “sociedad del conocimiento”.
Los cambios educativos han sido brutales. La competitividad entre alumnos se ha disparado desde edades muy tempranas, lo que unido a los enormes recortes en la financiación pública ha provocado que los estudiantes más jóvenes desplieguen estrategias racionales donde lo único importante son los resultados cuantitativos, es decir, el examen de acceso a la universidad (la antigua selectividad, ahora PAU). Esas estrategias se elaboran a conciencia, concentrando todo el esfuerzo educativo en sacar la mejor nota en esos exámenes, sin que importe ni el proceso ni lo que esos exámenes dejan de medir. Entre las carreras universitarias, la sangría no ha sido menor: se recortó la duración de las licenciaturas con una poda significativa de las asignaturas más generales y menos “rentables para el mercado”, y con la opción de hiperespecializarte aún más en un máster cada vez más caro e inaccesible para la clase trabajadora.
Una de las críticas que hace veinte años lanzábamos era que este modelo educativo, derivado de este paradigma de “la sociedad del conocimiento”, tendería a producir analfabetos funcionales. Es decir, multiplicaría los casos de personas con títulos de todo tipo —bachillerato, graduados, posgraduados…— pero con una severa incapacidad de comprender los elementos más básicos de la vida fuera de su campo profesional. Por ejemplo, gente que careciera de cultura general, de preocupación por cómo se organiza la sociedad o, incluso —decíamos pensando que era incluso exagerado— que no fuesen capaces de entender textos básicos. Hoy, cuando el informe PISA señala el desplome en la comprensión lectora de los jóvenes en todos los países analizados, y especialmente en España, me vienen a la cabeza esos recuerdos.
Quisiera en todo caso evitar malentendidos. No creo que haya una única causa detrás de las variaciones, desastrosas, de estos indicadores que mide el informe PISA. Por ejemplo, estoy de acuerdo con la hipótesis de que el desplome tan agudo de la comprensión lectora tiene que ver en gran medida con el mal uso de la inteligencia artificial en educación (que ahorra esfuerzos necesarios para la formación) y con la pérdida de atención provocada por la irrupción de teléfonos inteligentes, redes sociales y mecanismos de extracción de atención sobre los jóvenes. Creo que es evidente que todo ello merma la capacidad de los estudiantes para concentrarse y para aprender, por lo que cabe una inferencia provisional sobre este punto.
Pero mi argumento va más allá y es más estructural. Lo que digo es que tras décadas diseñando programas educativos pensados para crear trabajadores adaptativos y hábiles en sus campos profesionales, en realidad se ha conseguido lo que se buscaba. Seamos honestos: la mayoría de trabajos realmente existentes en el mercado no exigen al trabajador la capacidad de comprender adecuadamente textos de más de 400 palabras. Y hemos diseñado la educación para que los jóvenes entren en esos mercados y en esas posiciones.
La educación no ha sido ese contrapeso frente a las dinámicas de un capitalismo individualista, consumista e hipermoderno que tiende a convertir a los humanos en un sujeto que trabaja y consume acríticamente; en un elemento del que extraer la plusvalía y que cuanto más silencioso sea, mejor. Al contrario, la educación ha viajado en paralelo a esas pulsiones, empujando en convertir al ser humano en parte del engranaje bien lubricado de la maximización de ganancia y el culto a la rentabilidad. En ese sentido, los sacrificios realizados son la cultura general, las artes, la filosofía y los conocimientos y habilidades que aspiraban en crear ciudadanos virtuosos. Por eso digo que, en realidad, las reformas educativas han sido un éxito. Y quizás eso es lo que precisamente lo que desvela el informe PISA.
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