Réquiem por la atención voluntaria
El 26 de agosto pasado, la jueza federal del Distrito Norte de California Yvonne González Rogers autorizó el acuerdo firmado por Meta y los querellantes del caso 4:22-md-03047 (52 fiscales generales) que fijaba una indemnización de 17.000 millones de dólares por los daños causados por la empresa tecnológica con su utilización de técnicas adictivas. No acaba aquí el pleito, porque otros demandantes -Distritos escolares y particulares- no aceptaron el pacto y el proceso continúa abierto. Vale la pena estudiar este caso, que tendrá una repercusión imprevisible en nuestra sociedad. Me interesa sobre todo la primera acusación de los fiscales: “Meta ”monetiza“ la atención de sus usuarios”. (Meta monetizes young users’ attention). ¿Qué quiere decir esto? Pues que la llamada “economía de la atención” que practican las grandes plataformas tecnológicas comercia con la atención de los usuarios, que vende para publicidad. Es su negocio. Para tener éxito necesitan captar la atención el mayor tiempo posible y hacerla receptiva a las informaciones transmitidas por las pantallas. Teniendo en cuenta que el gasto global en publicidad digital se acerca a los ochocientos mil millones de dólares, la lucha por hacerse con el pastel es implacable.
La conversión de la atención humana en una commodity, en un bien económico primario, ha sido muy estudiada (Abeyratne, R. (2025). The Attention Economy and Commodifying the Human Mind). Incluso se ha acuñado la expresión “attentional fracking”, copiada de la explotación extremada de los recursos naturales, para designar las técnicas de captación /extracción de nuestra atención . Libros como The Attention Merchants: The Epic Scramble to Get Inside Our Heads, de Tim Wu, o La era del capitalismo de la vigilancia, de Shoshana Zuboff, han popularizado el tema.
¿Por qué es tan importante este asunto?. Johan Hari, en su libro El valor de la atención, nos advierte en tonos apocalípticos de que estamos sufriendo una epidemia de pérdida de la atención y que eso no es solo un problema de productividad individual, sino una “amenaza existencial profunda para el ser humano y la sociedad”. Parecen palabras excesivas, pero no podemos asegurarlo hasta que no aclaremos de qué estamos hablando. La atención es la capacidad de un sistema nervioso para seleccionar los estímulos a los que ha de responder. Un animal está continuamente analizando los sonidos que percibe y cuando capta alguno amenazador activa su reacción de “alarma” (arousal) y lo analiza con más precisión. Eso es lo que se denomina “atención automática o involuntaria”. Es el estímulo el que capta la atención. La inteligencia humana se caracteriza por poder dirigir las funciones mentales que compartimos con otros animales. Al hacerlo, las transfigura. Un ejemplo especialmente relevante es la atención. Tenemos sistemas de atención automática, que nos hacen atender forzosamente a determinados estímulos - fuertes, nuevos, amenazadores- pero, además, podemos elegir el objeto que deseamos que ocupe el centro de nuestra conciencia. Puedo elegir qué mirar, qué pensar, qué recordar. En eso consiste la atención voluntaria. EL lenguaje marca muy bien la diferencia. En un caso, el estímulo capta, atrae, nuestra atención; en el otro, nosotros ponemos, fijamos la atención en un objeto. Esta capacidad, aparentemente tan humilde, es el fundamento de nuestro comportamiento libre. La persona obsesionada por algo, es decir, que no puede dejar de prestarle atención, no es libre. El problema del drogadicto es que no puede dejar de pensar en que la droga es su única razón de existir. El pensamiento oriental puso en la capacidad de concentración la esencia de la inteligencia humana, pero el occidental no supo que hacer con ella. Al estudiar la “atención voluntaria”, se fijó en la voluntad y se olvidó de la atención.
Aquí tropezamos con una de esas disfunciones de nuestro cerebro que he denominado “chapuzas evolutivas”. La atención voluntaria es un triunfo porque nos libera, pero consume mucha energía y nos cansa. Eso no sucede con la atención involuntaria. Asistir a algo divertido nos descansa, porque el trabajo lo hace el estímulo. Nosotros nos dejamos llevar. En cambio, cuando tengo que concentrarme en un trabajo puedo agotarme. Los psicólogos, a partir de la obra de Roy Baumeister, emplean un término -deplección del yo- para designar esa pérdida de energía.
Lo que hacen las plataformas digitales, lo que ahora han identificado los acusadores de Meta, es que están comercializando una vulnerabilidad humana. Por eso son peligrosas. (Por cierto, algo semejante hace la industria del juego, de la droga o del porno). Una de las técnicas adictivas que han identificado es el “scroll infinito”, es decir, la carga automática de contenidos que presentan nuevos estímulos al espectador. Basta mover el dedo para pasar al siguiente, Es una técnica muy elemental que usan desde hace mucho tiempo las granjas avícolas. Para que las gallinas sigan comiendo, una cinta transportadora mueve el pienso, lo que las incita a comer de nuevo. Esta referencia a las aves me sirve para recordar a Skinner, el psicólogo que está en la trastienda de todas las técnicas adictivas. Hasta tal punto que Mozorov le ha nombrado “patrono de Internet”. No creía en la existencia de la atención voluntaria y pensaba que quien maneje los premios y las sanciones (los reforzadores positivos y negativos) puede dirigir el comportamiento de los individuos. Eso me recuerda que los fiscales que han denunciado a Meta, la culpan también del uso de “dopamine-manipulating recommendation algorithms” (algoritmos de recomendación que manipulan la dopamina). Las nuevas tecnologías han supuesto el triunfo de Skinner, el debilitamiento de nuestra capacidad de ser libres, la aceptación por nuestra parte de comportarnos como aves de corral o como las palomas que entrenaba en su laboratorio. Tomas de Aquino, en un momento de gran perspicacia, nos previno sobre la tentación de “dejarnos llevar por la facilidad animal”. Pues bien, entregarnos a la atención automática, involuntaria, significa, precisamente eso. Conviene recordar que una de las tareas de la educación es, precisamente, fortalecer la atención voluntaria. Ahora la incluimos dentro de la educación de las “funciones ejecutivas”, encargadas de dirigir la potentísima máquina que es nuestro cerebro. Una parte importante de los déficits de atención que estamos detectando no son trastornos neurológicos, sino educativos. Se nos está olvidando educar la atención voluntaria, y el entorno colabora a esta amnesia.
La prodigiosa eficiencia de las nuevas tecnologías nos invita a una maravillosa utopía: la felicidad fácil. Elon Musk anuncia para 2036 una sociedad donde no hará falta trabajar porque todos tendremos una renta mínima alta gracias a la colosal productividad de la Inteligencia artificial. Pero la “felicidad fácil” es una gigantesca trampa porque supondría abdicar de todo lo esencialmente humano. Las funciones mentales específicamente humanas son difíciles. La racionalidad es más costosa que la emocionalidad, la autonomía lo es más que la servidumbre, la veracidad y el pensamiento crítico son más difíciles que la mentira y la credulidad. La democracia y la justicia son extremadamente exigentes. Harari ha pensado que la felicidad química completaría el sueño. EL sociologo francés Jean-Claude Kaufmann lo ha resumido en el título de un libro que les recomiendo: Cèst fatigant la liberté. La libertad es pesada. Hasta tal punto que al nostálgico Rousseau le sugirió una paradoja: Habría que obligar a la gente a ser libre. Uno de los efectos de esta llamada a la felicidad fácil es la aceptación de los sistemas autoritarios que los ingenuos piensan que nos solucionaran los problemas sin necesidad de que nos impliquemos.
El réquiem por la atención voluntaria, es, en realidad el réquiem por nuestra libertad. Hari tenía razón. Como soy optimista espero que la atención, como el Ave Fénix resurja de sus cenizas. Otro día les explicaré cómo la educación puede y debe asumir esta tarea.
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