Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
Los informes no aclaran la participación de Marruecos en la entrada a Ceuta
La edad del descalabro: qué hacer para que los niños no dejen de leer a los nueve
Opinión - '¿Y si las reformas educativas han funcionado?', por Alberto Garzón

El trastorno por juego multiplica por más de 30 el riesgo de conductas suicidas en los hogares

Rosa Aísa, Gemma Larramona y Patricia Gascón, autoras de la investigación.

Naiare Rodríguez Pérez

9 de septiembre de 2026 22:45 h

0

Hay problemas que empiezan con una apuesta, pero que terminan ocupando mucho más espacio que el de una pantalla o una casa de apuestas. Se meten en la economía familiar, alteran las relaciones, generan desconfianza, culpa, discusiones y silencios y, poco a poco, pueden convertir el hogar en un lugar de tensión permanente. De hecho, cuando el juego se convierte en una adicción, la partida ya no la juega solo quien apuesta sino toda la familia.

Esta es una de las principales conclusiones de un estudio de la Universidad de Zaragoza que pone el foco en su impacto sobre el conjunto del hogar y su relación con las conductas suicidas. Los datos analizados muestran que, mientras alrededor del 1% de los hogares sin problemas de adicción al juego reportan conductas suicidas, el porcentaje asciende hasta el 34% cuando algún miembro de la familia presenta un trastorno por juego.

La investigación, realizada por Rosa Aísa, Patricia Gascón y Gemma Larramona, profesoras del Departamento de Análisis Económico de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Zaragoza, analiza datos representativos de la Encuesta nacional FOESSA, que recoge información de más de 18.000 hogares españoles.

El trabajo, titulado 'Trastorno por juego, contexto familiar y riesgo de suicidio: evidencia a partir de una encuesta de hogares españoles' (Gambling Disorder, Family Context, and Suicide Risk: Evidence from a Spanish Household Survey), intenta no estudiar únicamente a la persona que juega o a la persona que presenta una conducta suicida, sino observar qué ocurre dentro del hogar en el que ambas realidades pueden convivir.

“La investigación plantea que el juego problemático puede afectar a toda la familia y que las características de ese hogar importan. De hecho, incluso en hogares que no tienen dificultades económicas para llegar a fin de mes, la convivencia con una persona con adicción al juego se asocia con una mayor probabilidad de que se produzcan conductas suicidas en el seno de la familia”, explican las autoras.

La presentación de este trabajo coincide con el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, que se conmemora este jueves 10 de septiembre, con una tasa de mortalidad por suicidio en España de ocho de cada 100.000 personas y un total de 3.808 suicidios en 2025. Sin embargo, detrás de las cifras individuales, hay también hogares que conviven con intentos de suicidio, sufrimiento psicológico y situaciones de vulnerabilidad. Es más, en torno al 1% de los hogares de la muestra había experimentado alguna tentativa de suicidio en su entorno familiar.

Cuando el problema deja de ser solo dinero

La relación entre el trastorno por juego y dificultades económicas parece evidente, ya que las deudas o la pérdida de ingresos pueden convertirse en una fuente constante de angustia. No obstante, el estudio señala que reducir el problema del juego a sus consecuencias económicas sería quedarse en la superficie.

“Las adicciones al juego en la familia ocasionan un deterioro y estrés financiero, pero también afectan al bienestar psicológico y a las relaciones interpersonales que se producen dentro de la familia”, explica Gemma Larramona, una de sus autoras. Es decir, la deuda es solo una parte del problema y la otra, quizá menos visible, se instala en la convivencia.

En este sentido, la investigadora añade que esta situación puede generar “algunas dinámicas, tensiones y vulnerabilidades dentro de la propia convivencia familiar”, lo que puede ocasionar heridas irreparables en algunos casos.

De hecho, uno de los resultados que más cuestiona la idea de que el trastorno por juego es sobre todo un problema económico aparece al observar los hogares que, pese a no tener dificultades para llegar a fin de mes, también presentan una mayor asociación entre trastorno por juego y conductas suicidas.

“En nuestro trabajo hemos encontrado que el principal efecto de la adicción al juego sobre las conductas suicidas no se explica únicamente por el deterioro económico”, apunta Larramona, quien reconoce que una parte sí está relacionada con el estrés financiero, pero que “la mayoría procede del propio estrés que provoca dentro de la familia”. De esta forma, la casa se convierte en el escenario donde confluyen no solo factores económicos, sino también psicológicos y relacionales.

La deuda como una correa de transmisión

Las dificultades económicas sí desempeñan un papel importante. Las familias que manifiestan dificultades para llegar a fin de mes presentan aproximadamente tres veces más probabilidad de reportar conductas suicidas que aquellas que se encuentran en una situación neutra o positiva.

Sin embargo, la presión económica no aparece aislada, ya que puede actuar como una especie de cadena que conecta otras situaciones de vulnerabilidad con el sufrimiento psicológico.

“Esa presión funciona un poco, en realidad, como un canal, una correa de transmisión”, explica Larramona, al mismo tiempo que indica que “lo que hace es transmitir distintas condiciones de vulnerabilidad, como pueden ser bajos niveles educativos o precariedad laboral, pues se transmiten a través de ese estrés financiero que terminan transformándose en un aumento real del riesgo de conductas suicidas”.

Una deuda, por tanto, puede ser mucho más que una cifra pendiente de pago y condicionar decisiones, relaciones y expectativas, convirtiendo la incertidumbre económica en una fuente de estrés para toda la familia.

Asimismo, la inseguridad residencial constituye otro ejemplo. “Casi el 20% de los hogares que habían tenido una tentativa de suicidio había tenido algún miembro durmiendo en el albergue o en la calle, en un albergue, en un hostal”, señala la profesora.

Los datos del estudio dibujan así un mapa de vulnerabilidades en el que aparecen también los trastornos del estado de ánimo, los problemas de alcohol y drogas, los abusos psicológicos, la discriminación, los antecedentes penales o determinadas estructuras familiares.

“Por tanto, el mensaje no debería ser 'juego = suicidio', sino que el juego problemático se inserta en un conjunto de vulnerabilidades familiares, psicológicas, sociales y económicas”, recalcan las investigadoras, quien comparten que un 40% de los hogares con tentativas de suicidio han sufrido abusos psicológicos, discriminación o tienen algún miembro con problemas de salud mental.

El sufrimiento de quienes están alrededor

La psicología ayuda a explicar qué ocurre cuando una adicción empieza a afectar a todos los que rodean a quien juega. Para Jesús Padilla, psicólogo especializado en niños, adolescentes y adultos y orientado desde el enfoque cognitivo-conductual, la adicción deja una huella que no desaparece en la puerta de casa.

“Básicamente porque al final lo que es una adicción, indudablemente sea un trastorno por juego o incluso una adicción a sustancias, siempre genera lo que es una huella a nivel familiar”, explica, por lo que “toda esa huella a nivel familiar son emociones, son problemas, son situaciones conflictivas en el propio entorno del paciente”.

Ese desgaste puede terminar afectando a la salud mental de quienes conviven con la persona adicta. “Esto es lo que nos arrastraría quizás a veces a sintomatologías depresivas o ansioso-depresivas que desencadenarían, en el peor de los casos, en lo que es una conducta suicida”, apunta.

Es un sufrimiento que, además, puede permanecer oculto durante mucho tiempo y, bajo el punto de vista de Padilla, “las familias del paciente pueden llegar a tener ese sufrimiento en silencio”. En este sentido, afirma que la gestión emocional de lo que ocurre en el día a día, la resistencia al cambio, el endeudamiento o las dificultades para recuperar la confianza generan un desgaste progresivo.

“Hay un desgaste emocional en el entorno familiar. Ese desgaste emocional nos podría llevar a unos cuadros depresivos y esa depresión nos podría llevar a una conducta suicida”, reconoce.

La familia puede convertirse de esta forma, paradójicamente, en una de las principales afectadas y al mismo tiempo en uno de los espacios fundamentales para detectar que algo está ocurriendo.

Además, sostiene que “no hace falta ser especialista en salud mental para detectar que algo ha cambiado”, por lo que Padilla señala que el entorno cercano puede prestar atención a transformaciones en la gestión del dinero, las rutinas, los hábitos o las actividades de ocio.

“Simplemente es un plano observacional de observar si ha habido algún cambio significativo en las últimas semanas o meses”, explica.

En el caso de una posible conducta suicida, también pueden aparecer señales relacionadas con los hábitos nocturnos, el sueño, la alimentación, la higiene o el estado emocional. Por todo ello, subraya que, “ante cualquier cambio significativo, habría que ir a manos de un especialista de la salud mental, un psiquiatra, un médico o, en su caso, un psicólogo o una psicóloga”.

Sin embargo, la detección no siempre es fácil, sobre todo en el caso del juego porque la persona que presenta la adicción puede tardar en reconocer que existe un problema.

“La conciencia del problema es la parte del punto de salida. La persona tiene que saber que está habiendo un problema, lo tiene que identificar y tiene que dar voluntad de cambio”, añade.

Por eso, el papel de la familia no debería ser solo el de vigilar, sino también el de acompañar: “El primer punto es que la familia arrope por completo a la persona y que la acompañe en ese cambio de conducta, en ese cambio de pensamiento, y que intente hacer ver de la existencia de un problema y de la necesidad de un cambio”.

No todo es deuda, también se pierde confianza

El deterioro económico suele ser uno de los primeros impactos visibles, pero a medida que la adicción avanza aparecen otras consecuencias como la pérdida de confianza, los problemas de autoestima, los conflictos y las dificultades para gestionar las relaciones.

“Al final, todas las consecuencias que vemos tocan varias áreas a nivel socio-familiar, más allá del aspecto económico, personal o laboral”, admite Padilla.

La dinámica puede convertirse en una “bola de nieve” porque la necesidad de conseguir dinero, el endeudamiento y las estrategias utilizadas para continuar jugando pueden agravar progresivamente la situación.

“Las personas con ciertas adicciones al juego tienden a manipular para conseguir dinero, porque entran en una rueda que es bastante negativa, un ciclo en el cual al final engrosan. En efecto bola de nieve van engrosando todo lo que es la parte de gastos y de dinero”, agrega el profesional, quien remarca que, con cada vuelta de esa rueda, la familia también queda “atrapada”.

Por otro lado, una de las cuestiones más complejas para las familias es decidir hasta dónde ayudar, ya que pagar deudas, controlar el dinero o intentar evitar que la persona vuelva a jugar puede parecer la respuesta más inmediata, pero el acompañamiento también necesita límites.

De hecho, tal y como explica Padilla, al principio es “normal” que se les intente hacer una gestión supervisada del dinero, pero “no podemos estar 10 años así para evitar que juegue”. El objetivo, en última instancia, es que la persona pueda recuperar progresivamente su autonomía y asumir el control de su comportamiento dentro de un proceso terapéutico.

La familia también necesita terapia

Si el problema afecta a todo el hogar, la respuesta tampoco puede centrarse solo en quien juega. El estudio de la Universidad de Zaragoza plantea también la necesidad de pasar de una mirada individual a otra familiar y sistémica. Mientras, desde la psicología, Padilla coincide en que quienes rodean al paciente deben formar parte de la intervención.

“No solo en la parte nuclear del paciente, sino también en la parte periférica del entorno familiar. Hay que hacer parte de esa terapia, tanto en consulta como fuera de consulta”, reconoce.

La razón tiene que ver, sobre todo, con la gestión emocional. Los familiares necesitan herramientas para afrontar los conflictos y también un espacio donde expresar lo que están viviendo. “Es necesario que tengan una acogida, una validación emocional. Que la gente, los familiares, se sientan comprendidos que cualquier emoción que surja se valide”, señala.

Tristeza, enfado, ira, hastío o incluso la sensación de no poder aguantar más forman parte de una realidad que, según el psicólogo, también necesita ser atendida. “Todas esas emociones se tienen que dar por válidas”, suma.

Asimismo, el estudio identifica factores que pueden actuar como escudo. El acceso a pensiones, prestaciones sociales y el reconocimiento oficial de situaciones de dependencia aparecen asociados a una menor probabilidad de conductas suicidas.

La protección social, por tanto, no es solo una herramienta para aliviar una situación económica, sino que puede convertirse en “una herramienta de prevención”. “Creo que hay veces que no se asocian todos los problemas económicos con el riesgo a que se presenten estas conductas en un hogar”, apunta Larramona. Por eso, considera necesario “coordinar las políticas, tratarlo como un problema de salud pública, como lo que es”.

La respuesta debería conectar los servicios de salud mental con la atención a las adicciones y con los recursos destinados a afrontar la exclusión, la inseguridad habitacional y los problemas económicos. Además, según cuenta, una familia que está atravesando una adicción al juego puede necesitar ayuda psicológica, pero también puede necesitar apoyo social, económico o habitacional.

Una prevención que llegue antes

La investigación reflexiona también sobre qué ocurre si se interviene cuando el problema ya ha provocado deudas, conflictos familiares o sufrimiento psicológico. Ante esto, sus investigadoras apuntan hacia la prevención y, sobre todo, hacia una mayor coordinación entre los recursos.

“El artículo propone tratar el juego como un problema de salud pública y coordinar los servicios de salud mental, atención a los problemas de juego y apoyo frente a la exclusión o la inseguridad habitacional”, señalan.

A juicio de Larramona, uno de los posibles puntos débiles se encuentra precisamente en la conexión entre los distintos organismos: “Quizá el apoyo psicológico está dentro de unos centros y el apoyo más desde trabajo social está en otros centros, por lo que no sé bien en qué medida puede fluir la comunicación”.

A su vez, añade que hay que prestar atención a cómo se puede detectar la adicción antes de que se convierta en un problema mayor. “El juego es un tema que últimamente se están presentando muchísimas formas de juego, muy alternativas a través de las redes, físicamente y es un tema en el que no hay una conciencia de en qué momento pasa de ser un juego que no hay adicción y que no presenta problemas, a ser un juego con adicción”, advierte.

Padilla reclama también una mayor intervención institucional, sobre todo ante la facilidad de acceso al juego y su presencia en distintos espacios y dispositivos. Al respecto, defiende que “se debería hacer mucho más por parte de las instituciones públicas, por parte de la administración” porque, bajo su punto de vista, deberían existir mayores restricciones tanto para menores como para adultos, eliminar las máquinas tragaperras y reforzarse las campañas de prevención.

Mirar la casa para entender el problema

El estudio de la Universidad de Zaragoza no establece una relación automática entre trastorno por juego y suicidio, sino que recuerda cómo las conductas suicidas no aparecen en el vacío.

Hay hogares donde coinciden problemas económicos, precariedad laboral, inseguridad residencial, problemas de salud mental, discriminación, abusos, adicciones y conflictos familiares. Y dentro de ese entramado, el trastorno por juego aparece como uno de los factores con una asociación más intensa con las conductas suicidas.

Por eso, las investigadoras defienden que la prevención debe mirar también a quienes están alrededor: “Queríamos poner de relieve que no nos hemos centrado en las conductas suicidas del individuo, sino en la familia porque se ve imbuida de muchísimos factores”.

La conclusión, en definitiva, no es que una apuesta conduzca inevitablemente al suicidio, sino que una adicción puede abrir una grieta que termine afectando a todo el hogar si no se detecta y se aborda a tiempo.

La prevención, por tanto, no pasa solo por decirle a una persona que deje de jugar, sino por detectar las señales, evitar que la deuda se convierta en una condena, proteger a quienes conviven con el problema y conseguir que los recursos de salud mental, adicciones y servicios sociales dejen de funcionar como compartimentos separados. Porque cuando el problema entra en casa, la respuesta también tiene que entrar en casa.

Si detecta alguna situación de este tipo, recordarle que los servicios sanitarios y de urgencias están disponibles las 24 horas del día para ayudar a las personas a fortalecer su salud mental. Para prevenir situaciones de riesgo o para solicitar ayuda, llama al 112 o 024, líneas gratuitas y confidenciales.

Etiquetas
stats