Ojalá
Hay una lengua que España trata como extranjera y que millones de españoles hablamos todos los días sin saberlo. La pronunciamos al levantarnos de la almohada, al abrir la alacena, al echar azúcar al café y aceite a la tostada. Nos acompaña cuando comemos arroz, aceitunas, naranjas, limones, berenjenas o alcachofas. Salimos después al barrio, pagamos un alquiler, cumplimos una tarea, consultamos una tarifa y dejamos que algún algoritmo decida qué noticia vamos a leer. Esa lengua es el árabe.
Quizá haya llegado el momento de decirlo con claridad: resulta difícil justificar que una lengua tan profundamente vinculada a España siga ocupando un lugar casi marginal en nuestro sistema educativo.
Estudiamos, con toda razón, inglés, francés, alemán, italiano o chino. Debemos seguir haciéndolo. Pero una lengua hablada a catorce kilómetros de nuestras costas, utilizada por cientos de millones de personas y profundamente incrustada en nuestra historia, nuestro territorio y nuestro propio idioma continúa pareciéndonos remota. Hay aquí una anomalía cultural que merece, al menos, una reflexión.
Empecemos por nuestra propia casa. Atravesemos el zaguán. Encontraremos azulejos, alguna alfombra, una alcoba, una almohada, una alacena y quizá una azotea. En la cocina aparecerán el aceite, las aceitunas, el azúcar, el arroz, el azafrán, la albahaca, la alcachofa, la berenjena, la naranja y el limón. Podemos beber en una taza o una jarra, tomar un jarabe y perfumar la casa con azahar.
Salgamos ahora al paisaje. Allí nos esperan las acequias, los aljibes, las albercas y las norias. Encontraremos aldeas, alquerías, almazaras, arrabales y atalayas. Durante siglos medimos cosechas en fanegas, pesamos mercancías en arrobas y quintales, distribuimos el agua por acequias por adores y la almacenamos en albercas y aljibes.
No estamos hojeando un diccionario de curiosidades etimológicas. Estamos leyendo la historia de España escrita sobre el territorio.
Esto se percibe con especial intensidad en los paisajes mediterráneos y en los grandes valles regados. Allí las palabras no son fósiles lingüísticos. Muchas siguen nombrando infraestructuras, lugares y prácticas que organizan el espacio. Una acequia continúa llevando agua. Una almazara sigue produciendo aceite. Un aljibe continúa siendo reconocible. El lenguaje ha sobrevivido porque también sobrevivieron, transformadas y adaptadas, muchas de las realidades que esas palabras nombraban.
Pero salgamos también de la huerta. Entremos en la ciudad y encontraremos un alcalde. Hablemos de comercio y aparecerán la aduana, la tarifa y el almacén. Hagamos matemáticas y utilizaremos cifras, ceros, álgebra y algoritmos. Miremos al cielo y hablaremos de cenit, nadir y azimut. Juguemos al ajedrez y moveremos el alfil hasta dar jaque.
La evidencia está delante de nosotros: la lengua árabe forma parte de nuestra manera de cocinar, cultivar, construir, comerciar, calcular, administrar el agua y nombrar el cielo.
También está escrita sobre el mapa: Alcalá, Alcañiz, Alagón, Albacete, Almería, Algeciras, Calatayud, Guadalajara, Guadalquivir. Podríamos atravesar España siguiendo solamente topónimos de origen árabe y obtendríamos una extraordinaria geografía histórica. Las generaciones desaparecen; los nombres permanecen. Cada topónimo es una pequeña cápsula de memoria.
Reconocerlo no significa idealizar al-Ándalus. No necesitamos fabricar una Arcadia multicultural para defender el estudio del árabe. Ocho siglos de presencia musulmana en la Península no fueron una interminable fiesta de tolerancia, pero tampoco ocho siglos de guerra permanente. Hubo conquistas, conflictos, violencia, discriminaciones y expulsiones. Y hubo también intercambios, alianzas, comercio, traducciones, circulación de conocimientos y largos periodos de coexistencia. Toledo y Zaragoza, entre otras ciudades, fueron lugares de contacto entre tradiciones cristianas, judías y musulmanas. A través del mundo islámico llegaron además a la Europa medieval obras, conocimientos y desarrollos científicos procedentes de la tradición griega, persa, india y árabe.
Conocer esa historia no nos obliga a admirarla. Nos obliga simplemente a conocerla. Y eso, precisamente, es lo que debería hacer la educación: sustituir prejuicios por conocimiento y mitologías, sean del signo que sean, por historia.
Pero hay una razón todavía más poderosa para estudiar árabe: el árabe no pertenece solamente a nuestro pasado. Pertenece también a nuestro presente y a nuestro futuro.
España está a catorce kilómetros de África. Forma parte de un Mediterráneo compartido con sociedades en las que el árabe constituye una lengua fundamental. Marruecos, Argelia, Túnez, Egipto y otros países árabes forman parte de nuestro entorno geográfico, económico y estratégico. Mantenemos con ellos relaciones comerciales, energéticas, culturales, diplomáticas, científicas y humanas de enorme importancia. Y en nuestras propias ciudades viven españoles y residentes cuya lengua familiar es el árabe.
¿Cómo puede considerarse extravagante estudiar una de las principales lenguas de nuestro entorno inmediato?
Para un médico, un profesor, un trabajador social, un periodista, un diplomático, un geógrafo, un empresario, un investigador, un cooperante, un policía o un profesional del turismo, conocer árabe puede ser una competencia extraordinariamente útil. Para España, disponer de miles de ciudadanos capaces de comprender directamente las sociedades de la otra orilla del Mediterráneo constituye además un activo cultural, económico y estratégico.
Y, sin embargo, seguimos formando generaciones capaces de estudiar durante años lenguas de países situados a miles de kilómetros mientras apenas les ofrecemos la posibilidad de aprender la lengua hablada al otro lado del Estrecho.
Algo no encaja. No se trata de sustituir el inglés. Ni de imponer el árabe. Ni de convertir una lengua en bandera política. Se trata exactamente de lo contrario: sacarla de la batalla ideológica y llevarla a las aulas. Que pueda estudiarse con normalidad en institutos, escuelas oficiales de idiomas y universidades. Que existan itinerarios, profesores y materiales. Que aprender árabe deje de ser una rareza y se convierta en una opción educativa tan legítima como aprender alemán, italiano o chino.
Y hay todavía una razón más hermosa. Imaginemos a un muchacho entrando por primera vez en una clase de árabe. Cree que va a encontrarse con un mundo completamente extraño. Aprende sus primeras palabras y descubre que zayt está detrás de aceite; que una acequia conserva la memoria de al-sāqiya; que detrás de nuestro ojalá resuena todavía una expresión árabe. Entonces ocurre algo extraordinario: lo extranjero deja de ser completamente extranjero.
Las lenguas enseñan una lección que las fronteras olvidan con demasiada facilidad. Ninguna cultura se construye sola. Las palabras viajan, se mezclan, cambian de pronunciación y significado, atraviesan guerras, religiones y fronteras. Pasan de padres a hijos durante siglos hasta que un día alguien llama «nuestra» a una palabra que llegó de otra lengua.
El español es precisamente eso: una formidable historia de encuentros. Podemos discutir sobre identidades. Podemos levantar fronteras culturales imaginarias. Podemos decidir qué parte del pasado nos gusta y cuál preferimos olvidar. Podemos incluso continuar considerando el árabe una lengua lejana. Pero mañana, al despertarnos, apoyaremos la cabeza en una almohada, beberemos de una taza, tomaremos azúcar, comeremos aceite, saldremos al barrio, consultaremos alguna tarifa, obedeceremos algún algoritmo y quizá desearemos que algo salga bien.
Entonces diremos ojalá.
Llevamos siglos pronunciando palabras árabes sin saber árabe. Quizá haya llegado la hora de dejar de darle la espalda a una lengua que forma parte de nuestra historia, de nuestro paisaje y de nuestro presente. No se trata de obligar a nadie a estudiarla. Se trata de que España se atreva, por fin, a enseñarla.
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