La Expo de Zaragoza necesita vecinos
Elena tiene 34 años, es investigadora, y en un futuro no muy lejano empezará a trabajar en la Agencia Estatal de Salud Pública, que el Gobierno de España ha concedido a Aragón y que se situará en el recinto Expo, en el Pabellón de Aragón. Si nada cambia, cuando se ponga a buscar piso se llevará una sorpresa: en el recinto de la Expo no hay ni un solo piso en alquiler, porque no hay ni un solo piso. Podría acabar en Arcosur, o en Parque Venecia, a veinte o treinta minutos en coche. Todos los días de su vida laboral van a empezar y acabar con un trayecto que no tendría que existir.
La instalación de la Agencia Española de Salud Pública (AESAP) es una buena noticia para el recinto de la Expo. Después de años a medio gas, una institución con tantos trabajadores debería insuflar una nueva vitalidad al lugar. Pero conviene pensarlo bien. Si el modelo consiste simplemente en llenar oficinas durante ocho horas y vaciarlas después, habremos mejorado la ocupación de los edificios, pero no habremos construido ciudad. La Expo seguirá siendo un sitio al que se va a trabajar o a hacer gestiones y del que se vuelve a casa.
La Expo necesita trabajadores, pero, sobre todo, necesita vecinos. Necesita vivienda de diferentes tamaños y precios, en alquiler y en propiedad, para jóvenes, familias, personas solas y mayores, a construir donde sea urbanística y ambientalmente razonable.
Pero quizá debamos ampliar todavía más la mirada. Los vecinos que necesita la Expo no tienen por qué residir todos dentro de sus límites. Actur y la Almozara están al lado y constituyen una formidable reserva de vida urbana capaz de relacionarse con el recinto. Miles de personas viven a una distancia que permitiría llegar andando o en bicicleta, siempre y cuando la proximidad física se traduzca en continuidad urbana.
No es movilidad sostenible
Por eso sorprende que una de las razones que se han esgrimido para ubicar la Agencia en la Expo es la buena conexión del recinto con Arcosur. Merece la pena pararse ahí un segundo e imaginar a cientos de personas cruzando la ciudad cada mañana para trabajar en un sitio y cada tarde para dormir en otro. Por muchos autobuses eléctricos que se pongan, no podemos llamar a eso movilidad sostenible.
La mejor política de movilidad es la que no hace falta aplicar. Si Elena pudiera vivir en el propio recinto, o a 10 minutos andando, ese trayecto de veinte o treinta minutos en coche desaparecería del todo. Eso es lo que persigue la llamada “ciudad de los 15 minutos”: que la vida cotidiana (trabajo, compra, ocio) quepa cerca de casa, para que los desplazamientos más largos no sean una condena diaria.
La cuestión, por tanto, no consiste únicamente en construir viviendas en la Expo —que también—, sino en coser la Expo a los barrios que ya existen. Hay que aprovechar las conexiones cómodas, evidentes y atractivas con Actur y la Almozara; prolongar calles, recorridos peatonales y ciclistas; eliminar barreras físicas y perceptivas; y conseguir que atravesar la Expo deje de significar entrar en un recinto especial para convertirse simplemente en continuar caminando por Zaragoza.
Y esto obliga también a repensar el espacio público. Un espacio público de calidad no es solamente una superficie bien pavimentada, limpia y bien iluminada. Es un lugar al que apetece ir y, sobre todo, en el que apetece quedarse. Necesita árboles, sombra, agua, bancos cómodos, terrazas, juegos infantiles, pequeños comercios, actividad cultural y lugares para encontrarse.
Debe ser verde, confortable, accesible y diverso. Y también culturalmente integrador. La ciudad funciona cuando personas de edades, procedencias y condiciones distintas comparten los mismos lugares sin que nadie sienta que está ocupando un espacio que pertenece a otros. En este sentido, uno de los recursos más desaprovechados del recinto es precisamente su frente fluvial.
A lo largo del Ebro existen espacios y locales cuya posición podría permitir una oferta extraordinariamente atractiva de servicios vinculados al ocio y a la vida cotidiana: cafeterías y restaurantes, pequeños comercios, gimnasios, alquiler de bicicletas, actividades deportivas, espacios de trabajo compartido, talleres, servicios culturales o establecimientos relacionados con el río y el Parque del Agua. Son usos que necesitan vistas, paseo, vegetación y gente. Y la Expo dispone de todo ello, con el Ebro como su fachada principal.
Un efecto circular
Imaginemos entonces otro escenario. Los trabajadores de la Agencia salen al mediodía y encuentran restaurantes y terrazas. Vecinos del Actur atraviesan el recinto para llegar andando al Parque del Agua. Una familia de la Almozara cruza el Ebro para pasar la tarde. Jóvenes utilizan instalaciones deportivas junto al río. Personas mayores encuentran sombra, bancos y lugares tranquilos. Hay bicicletas, niños, estudiantes, corredores, turistas, funcionarios y vecinos. Eso es ciudad.
Y produciría, además, un efecto circular. Más vecinos generan más comercio; más comercio hace atractivo vivir allí; más actividad aumenta la percepción de seguridad; más seguridad y mejores servicios atraen nuevos residentes y visitantes. Lo contrario también es cierto: los espacios monofuncionales tienden a vaciarse, y los espacios vacíos resultan cada vez menos atractivos.
La llegada de la Agencia Estatal de Salud Pública ofrece una ocasión excepcional para preparar ese futuro distinto. El detonante de una transformación mucho más ambiciosa: vivienda donde sea posible, conexión intensa con Actur y la Almozara, espacio público acogedor, actividad permanente en el frente fluvial y mezcla de funciones, edades y culturas.
Una ciudad, ahora sí, que piensa y actúa como las ciudades más punteras. Porque si sigue sumando instituciones y empresas relacionadas con la salud, la tecnología y la investigación, la Expo se estará pareciendo cada vez más a lo que en otras ciudades se llama un distrito de innovación: un lugar donde universidades, empresas y centros de investigación se concentran y se retroalimentan. El caso más citado en el mundo es Kendall Square, en Cambridge (Massachusetts), donde está el MIT. Ahí no se conformaron con levantar laboratorios: llevan veinte años obligando a que cada promoción incluya vivienda. Y con vivienda, el vecino de Elena también podría ser su colega de trabajo.
Nada de esto es una crítica a que la AESAP se instale en Zaragoza, que es una magnífica noticia para la ciudad. Es una llamada de atención sobre el modelo que se está construyendo alrededor. Cada institución nueva que llega al recinto Expo es una oportunidad para preguntarse si tiene sentido seguir dejando fuera la vivienda. Con ella, el recinto tendría bares abiertos los domingos, científicos que se cruzan por la calle y veinte minutos menos de coche cada mañana. Sin ella, seguirá siendo un sitio agradable en las horas diurnas al que, sencillamente, nadie llama barrio.
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