San Juan de la Peña: menos épica y más responsabilidad
Las películas de Hollywood nos han acostumbrado a los discursos épicos. Nos gusta tanto ver triunfar a Bruce Willis en La Jungla de Cristal -heroico, descalzo, ensangrentado y pistola en mano- que no reparamos en las demenciales lagunas de seguridad del Nakatomi Plaza, o en la temeridad con la que el protagonista pone en peligro la vida de otros. Sólo vemos al héroe intrépido que, al final, salva a la chica y al mundo.
Cuando un museo presta a otro una obra de arte o un objeto de valor, la cesión y el traslado se planifican con mimo y con tiempo. Se contrata a una empresa especializada de transportes, manos expertas manipulan la pieza con guantes blancos, se introduce en cajas especiales acolchadas, se sujetan con primor en la caja del vehículo que las llevará para que no sufran el más mínimo desperfecto... En definitiva, se hace todo lo humanamente posible para proteger ese patrimonio que nos pertenece a todos, y que forma parte de nuestra cultura, nuestra memoria y nuestra identidad. Da igual si es un Picasso, una espada visigoda, una talla religiosa de Salzillo o un códice medieval.
El 13 de agosto de 2026, el espíritu de Bruce Willis estuvo en el Monasterio Viejo de San Juan de la Peña. Rodeada por el humo, “in extremis”, una operación de rescate “tremendamente urgente” salvó del fuego el patrimonio que allí se guardaba: los restos de los primeros reyes de Aragón, lienzos, joyas, indumentaria... hasta la réplica del Santo Grial. Los militares de la UME que trabajaban en la extinción del incendio que asola la zona, a partir de “indicaciones someras”, entraron precipitadamente al monasterio y, “a toda prisa”, impidieron que todo aquello acabara ardiendo. Los trabajos se hicieron en dos tandas: hubo que parar por el riesgo para las personas que conformaban el operativo. En la segunda, una vez el peligro más agudo había remitido, accedió junto a la UME personal especializado en patrimonio del Gobierno de Aragón, que terminó de poner a buen recaudo esos bienes de valor incalculable.
La épica del rescate es evidente. Las imágenes no dejan lugar a dudas: hay que dar las gracias a quienes sacaron de allí no sólo unos cuantos objetos, sino una parte indispensable de lo que fuimos y lo que somos. De nuestra historia. Esos militares y esos técnicos nos libraron, con su arrojo, de ser hoy un poco más pobres. Pero, ¿era necesario esperar hasta ese último minuto? ¿Era imprescindible tener que recurrir a las estrategias de Bruce Willis? Si todo lo rescatado llegó a Huesca intacto habrá sido por puro azar, y por el buen hacer de quienes participaron en la operación. Pero lo heroico no debería impedirnos ver la negligencia que se oculta detrás: la inoperancia y la falta de previsión por parte de la Dirección de Cultura y Patrimonio del Gobierno de Aragón, con Pedro Olloqui como responsable directo y con el presidente de Aragón, Jorge Azcón, como responsable principal, es el detonante que puso en peligro el patrimonio y dio lugar a las prisas y al esperpento de imágenes que hemos visto. Baste con recordar la de un lienzo que se encaja en un vehículo de bomberos no ya sin un embalaje adecuado, sino sin un mísero cacho de cartón o de tela que lo proteja un poco de cualquier desperfecto.
Ojo: que nadie señale a la persona que lo manipulaba. Bastante hicieron, dadas las circunstancias. Un rescate es lo que es: una operación desesperada de última hora en la que tratar de salvar, como sea, lo que no se ha sabido evitar antes. La cuestión aquí es que en los días previos ya era evidente que todo ese patrimonio estaba en riesgo; veinticuatro horas antes, muchas voces conocedoras del terreno alertaban de que difícilmente se podría evitar que el incendio alcanzara el monasterio. ¿Por qué no se actuó antes? Según varias de las noticias de prensa que dieron cobertura al rescate, fuentes del Gobierno aragonés indicaron que hubo una “amenaza real” para el patrimonio. ¿Quién debe asumir la responsabilidad de que se llegara a esa amenaza real? Es obvio que actuar uno o dos días antes no habría permitido gestionar el traslado de los bienes con el escrúpulo de las operaciones de préstamo entre museos. Pero, sin duda, habría servido para realizar un traslado menos temerario, arriesgado e improvisado, y para no dar lugar a que ese trozo de nuestra historia estuviera a instantes de desaparecer para siempre.
Dejemos a un lado la épica flipada, los aplausos y las palomitas y vayamos al fondo de la cuestión. Atendamos a las causas, y aprendamos de los errores. Si las cosas se hubieran hecho bien con antelación en el Nakatomi Plaza, los rehenes a los que mataban los malos en la película no habrían muerto. De hecho, no habría habido película. En San Juan de la Peña, tres cuartos de lo mismo: si los responsables del Gobierno de Aragón no hubieran estado a por uvas, no habríamos tenido que asistir al estrambote que ahora nos venden como heroico.
Tenemos un serio problema que pone en peligro vidas, medios de subsistencia, naturaleza y patrimonio. No es el fuego: es la desidia de quienes, ante una emergencia climática que ya solo puede negar un imbécil, optan por no poner los medios públicos necesarios para evitar el desastre.
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