De estilo neogótico, este santuario con vidrieras trenzadas y un prestigioso reloj británico es una de las joyas de este pequeño pueblo canario

Se hizo un minucioso cuidado de los detalles en sus cuatro fachadas, delimitadas por esbeltas torres de base poligonal y majestuosos arcos apuntados

Alberto Gómez

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La parroquia de San Juan Bautista, popularmente conocida como la catedral de Arucas, es el principal símbolo de este encantador municipio situado en el norte de Gran Canaria. Su imponente presencia de estilo neogótico corona el cielo de la villa y se divisa con majestuosidad desde varios kilómetros de distancia, contrastando con las coloridas casas del casco histórico. Aunque no ostenta el título oficial de catedral, los lugareños y visitantes la denominan así debido a su colosal tamaño y su asombrosa belleza arquitectónica. Este singular santuario, catalogado como Bien de Interés Cultural, destaca no solo por su imponente fachada de piedra negra labrada a mano, sino por ser uno de los pocos y más hermosos ejemplos de arquitectura neogótica de todo el archipiélago canario.

Los orígenes del solar religioso donde se asienta este magnífico templo se remontan a finales del siglo XV, coincidiendo con la conquista de los Reyes Católicos y la fundación del caserío original de Arucas. En 1503 ya existía una modesta ermita dedicada a San Juan Bautista, alrededor de la cual fue creciendo la población local. Esta pequeña capilla fue elevada al rango de parroquia, sufriendo diversas remodelaciones que la transformaron en una iglesia renacentista de tres naves. El constante aumento de la población y el progresivo deterioro de la antigua estructura impulsaron la decisión de demoler el viejo edificio a principios del siglo XX para levantar una obra monumental que reflejara el fervor, la solidaridad y el gran desarrollo de la sociedad de la época.

Las labores de construcción del nuevo templo neogótico comenzaron en 1909 bajo el impulso de Francisco Gourié y el párroco Francisco Cárdenes. El ambicioso proyecto fue diseñado por el arquitecto catalán Manuel Vega y March, mientras que la dirección técnica estuvo a cargo de Fernando Navarro y sus sucesores. La edificación de esta joya de la arquitectura requirió el esfuerzo mancomunado de todo el pueblo canario, que colaboró de manera solidaria en la monumental tarea. Aunque las puertas se abrieron al culto en 1917, las complejas obras arquitectónicas se prolongaron durante casi setenta años de continuo trabajo artesanal, hasta ser concluidas oficialmente el 24 de junio de 1977.

Un elemento de innegable protagonismo en el templo son sus impresionantes vidrieras trenzadas, magníficos vitrales de estilo neogótico

La singularidad estética de la iglesia se debe en gran medida a la utilización de la piedra azul y negra extraída directamente de las prestigiosas canteras locales de Arucas, consideradas entre las mejores de toda Gran Canaria. El trabajo fue ejecutado con un esmero extraordinario por centenares de experimentados labrantes y canteros de la zona, quienes esculpieron a mano cada detalle del exterior e interior de la parroquia. Entre los maestros de obra más destacados que hicieron posible este milagro pétreo se encuentran Sebastián Quesada, Miguel Santana, Pedro Morales y Francisco Santana. En la cantera local trabajaban más de mil canteros en el momento de iniciarse el templo, lo que demuestra la profunda vinculación histórica entre el gremio artesanal de los canteros y el monumento más representativo de su pueblo.

El exterior del santuario se caracteriza por un minucioso cuidado de los detalles constructivos en sus cuatro magníficas fachadas, delimitadas por esbeltas torres de base poligonal y majestuosos arcos apuntados que se suceden de forma concéntrica. La fachada sur se distingue especialmente por albergar la gran torre-campanario de 60 metros de altura, coronada por un esbelto florón en su vértice superior, cuya construcción se extendió por etapas. El templo queda así custodiado por dos esbeltas torres, denominadas del Reloj y del Baptisterio, que completan la majestuosidad de este edificio. En la torre sur resalta un prestigioso reloj británico, que evoca la gran tradición de este templo, convirtiéndose en una de las joyas de este pequeño pueblo canario que domina con elegancia todo el paisaje circundante.

Varias tallas

El interior de la parroquia alberga un legado artístico de incalculable valor y belleza, que testimonia la estrecha relación cultural y el floreciente comercio de la época con importantes centros artísticos de Italia y la región de Flandes. Un elemento de innegable belleza y protagonismo en el templo neogótico son sus impresionantes vidrieras trenzadas, magníficos vitrales de estilo neogótico que fueron fabricados por la reputada firma francesa Maumejean. La luz, al atravesar sus coloridos cristales con sutiles formas, inunda el espacio con reflejos irisados, creando una atmósfera de misticismo y sagrada devoción en las naves del templo.

Entre las numerosas obras de arte que custodia este magnífico santuario sobresale la imponente imagen del Cristo Crucificado que preside el Altar Mayor, una notable pieza caracterizada por su gran serenidad clásica y su clara procedencia italiana. Otra de las grandes joyas del templo es la conmovedora escultura de madera del Cristo Yacente, tallada por el reconocido artista local Manuel Ramos González, que destaca por el minucioso estudio anatómico del cuerpo humano. El deambulatorio, que rodea el altar mayor, alberga otras valiosas capillas y pinturas barrocas que completan la inmensa riqueza que atesora esta joya neogótica.

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