Vive ladino
La humanidad progresa a base de retrocesos mientras que las personas avanzamos hacia el futuro escalando peldaños de recuerdos. Será por eso por lo que las contradicciones nos llenan de coherencia, siempre que la perspectiva tenga la suficiente amplitud. Nos medimos cada día con kilómetros de deseos, mientras que utilizamos la regla del colegio para diseñar nuestra vida. Vivimos emboscados en la sociedad como austeros astutos, pero en realidad nos escondemos porque somos unos disolutos. La historia no tiene un metrónomo constante, pero como nos recuerda a menudo el historiador aragonés Julián Casanova, sí rima frecuentemente con sonidos que rememoran el temor a un pasado oscuro que creíamos superado. Si entendemos la subsistencia en la naturaleza comunitaria, y la de nuestra prole, como una lucha contra los derechos de los demás, y no como una convivencia compartida, convertimos el medio que nos rodea en una selva salvaje. Se suma así un egoísmo social, al personal, para dibujar un contexto irrespirable. Al fin y al cabo, el egoísmo es la perversión del instinto natural de supervivencia. Llegado ese momento, el sálvese quien pueda se transforma en ataquemos a quien sea que creamos nos puede quitar lo que no es nuestro. Las noticias que nos afectan son desalentadoras porque desgastan. De eso vive el 'pobulismo'. Esa tendencia que genera y convierte los bulos en un populismo que asfixia las certezas.
Nos cuesta diferenciar si tenemos miedo porque nos lo provocan, o ese pavor ya forma parte de nuestra respuesta ante cualquier estímulo que no controlamos. El fascismo atemoriza. Aprendió a ejercer la coacción que conlleva el poder y ahora impone por la fuerza el autoritarismo de sus ideas. Cuando asumimos la resistencia como estrategia de defensa, ya comenzamos perdiendo a batalla. La izquierda sólo podrá avanzar desde la iniciativa. Todo lo demás está condenado a la mera adaptación, para esquivar temporalmente una lluvia de meteoritos que provocan los propios dinosaurios de las derechas. Tememos por el futuro de Europa. La Unión se tambalea con una Alemania que avisa con las campanas que tocan los sajones, una Italia entregada, una Francia que tiembla y una Gran Bretaña que sigue pagando las monedas de plata que recibió por salir del espacio común europeo. Los ajustados retrocesos en Perú y Colombia se suman a la Chile 'Kastiza' que tiene de vecino a un Milei tan histriónico como peligroso. El riesgo no está en las formas, aunque los indicios apunten maneras, sino en los contenidos que comparte esta internacional negra de los derechos. En cambio, en el imperio anaranjado del autócrata Trump se otean cambios que nacen de la iniciativa progresista. Sería curioso que, en un par de años, Norteamérica pueda tener un gobierno socialista mientras que, en el Viejo Continente y buena parte de Suramérica, con la excepción de Lula en Brasil, reciban un chapapote de fascismo. Esa “pendularidad” es la que nos permite seguir avanzando a pesar de los traspiés que nos toca vivir en el presente. La segunda guerra mundial nos trajo a Europa el estado de bienestar, tras derrotar a las dictaduras europeas (salvo las ibéricas que sobrevivieron adaptándose) y hacía frente al totalitarismo que se asentó, aprovechando esa misma victoria, en el Este del continente.
Vivimos tiempos de recesión en los que las ideas autoritarias se aprovechan de los mecanismos democráticos para cercenar derechos y cuestionar el libre derecho al voto. Frente a estos retrocesos echamos de menos estímulos, no tanto respuestas. Porque no hay nada más estimulante que la convicción. Además, las mayorías no tienen la razón, sino la capacidad de tomar decisiones, muchas veces equivocadas. La izquierda tiene la obligación de serlo para liderar con fuerza el péndulo de los derechos hacia el lado de la mayoría. Si cometemos el error de adaptarnos al polo opuesto, creyendo que así captaremos algo de su fuerza, corremos el riesgo de perder el propio empuje. Ni a Canadá, ni a Australia ni a España les ha ido mal, manteniendo la independencia y el perfil propio frente a los abusones de la política internacional.
El curso político español se adentra en elecciones. Vamos, que apenas notaremos diferencia con los años transcurridos desde la victoria de un gobierno progresista que es intolerable para las derechas y que ha sido tratado como ilegítimo desde el día de las elecciones. El problema no es saber si la izquierda puede volver a ganar. Sino si el entramado de intereses internacionales, poderes económicos y sectores afines en medios de comunicación y ámbito judicial consideran que los progresistas tenemos derecho a hacerlo.
En Aragón el Gobierno es más sibilino que astuto. Mucha oscuridad y poca transparencia. El policía malo de Nolasco se ensucia las manos con la tinta de la firma del presidente. Pero bailan juntos los recortes del Boletín Oficial. Las declaraciones estruendosas tapan las grietas de los agujeros sociales que toman en cada decisión. Y es que Azcón baila latino, pero gobierna sin atino y muy poco ladino.
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