Aunque está en Valladolid, desde este castillo construido en el siglo XII se puede ver la cornisa cantábrica

Gracias a un proyecto municipal de recuperación ambiental e histórica se ha habilitado una senda peatonal que facilita el ascenso a pie hasta la cima

Alberto Gómez

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En el extremo noroeste de Valladolid, sobre la silente muela de Santa Cristina y a las orillas del río Sequillo, se alzan los vestigios del histórico castillo de Tordehumos. Esta monumental fortaleza medieval, construida a mediados del siglo XII en una época de constantes disputas entre Castilla y León, destaca hoy como una joya patrimonial de incalculable valor. Situado a 734 metros de altitud sobre un cerro testigo de 80 metros que domina las extensas llanuras de Tierra de Campos, el castillo constituyó una plaza defensiva inexpugnable. Desde esta atalaya natural, situada a 54 kilómetros por carretera de la capital provincial y próxima a Zamora, el visitante puede iniciar un inolvidable viaje por el pasado.

La privilegiada situación geográfica de este baluarte medieval le confiere hoy en día la merecida reputación de ser el mirador más espectacular de toda la Tierra de Campos. En las jornadas en que la atmósfera se muestra limpia de brumas y el horizonte se despeja por completo, la vista alcanza distancias verdaderamente asombrosas que superan cualquier expectativa. Desde lo alto de sus centenarios muros es posible divisar con nitidez las majestuosas cumbres de la Montaña Palentina y las estribaciones de los Montes de León, relieves que coronan el horizonte norteño y se asocian geográficamente a la cordillera de la cornisa cantábrica. Esta magnífica panorámica visual deleita los ojos del visitante contemporáneo y explica la gran trascendencia de este enclave como un punto estratégico.

El auge histórico de Tordehumos comenzó bajo el mandato del monarca castellano Alfonso VIII, quien otorgó a la población el rango de villa y propició la reagrupación de las aldeas colindantes en torno a la fortaleza. El acontecimiento de mayor relevancia internacional que albergaron estos muros de piedra fue la firma del célebre Tratado de Tordehumos. Este histórico acuerdo de pacificación, convocado formalmente bajo la mediación del cardenal Gregorio en calidad de legado del papa Celestino III, reunió al propio rey Alfonso VIII de Castilla y al soberano Alfonso IX de León. La rúbrica del documento no solo puso fin a las sangrientas disputas fronterizas que asolaban la región, sino que cimentó las bases de la convivencia peninsular.

Situado a 734 metros de altitud sobre un cerro, el castillo constituyó una plaza defensiva inexpugnable

La firma de este tratado de paz y concordia, unida al posterior matrimonio concertado entre el monarca leonés Alfonso IX y la infanta doña Berenguela de Castilla, hija del rey castellano, constituyó el pilar fundamental sobre el que se erigió la futura unificación de ambos reinos. Esta histórica fusión se consolidaría de manera definitiva bajo la Corona de su hijo, Fernando III, conocido como el Santo. A lo largo de la Baja Edad Media, la villa de Tordehumos gozó de una notable relevancia señorial y administrativa, figurando en el célebre Libro de las Behetrías de Castilla dentro de la Merindad del Infantazgo de Valladolid. Durante este periodo de esplendor, la plaza fuerte estuvo protegida por sólidas murallas que partían directamente desde el castillo.

El propio nombre de la localidad encierra una fascinante evolución lingüística que se remonta a las antiguas escrituras medievales del año 974, donde aparece registrada bajo la denominación de Autero de Fumos. Con el transcurrir de las centurias, el término en lengua romance transitó de manera natural hacia Otero de fumos y Otordefumos, hasta consolidarse en el actual topónimo de Tordehumos. Aunque la tradición popular asocia el origen del nombre a la Torre de los Humos, sugiriendo que desde el torreón principal se realizaban señales de humo durante el día y grandes hogueras por la noche para alertar a los pueblos vecinos ante la inminente llegada de huestes enemigas, los filólogos señalan que el nombre hace referencia al otero o cerro bajo cuya sombra se fundó.

Protección legal

El declive de la imponente fortaleza militar comenzó a forjarse durante el turbulento siglo XVI, cuando las tropas de los Comuneros al mando de don Pedro Girón asaltaron el castillo. El asedio y saqueo de la villa por las fuerzas rebeldes provocaron una severa destrucción de sus defensas, lo que motivó que el emperador Carlos V ordenara posteriormente el desmantelamiento definitivo de la estructura. Tras servir como refugio para las tropas en posteriores conflictos bélicos, como la contienda contra las fuerzas francesas en la batalla del Moclín, el castillo cayó en un estado de abandono absoluto.

Hoy en día, las ruinas de este coloso medieval gozan de la máxima protección legal al estar declaradas formalmente como Bien de Interés Cultural. Gracias a un ambicioso proyecto municipal de recuperación ambiental e histórica, se ha habilitado una senda peatonal perfectamente integrada que facilita el ascenso a pie hasta la cima del cerro testigo. En la cumbre de la muela de Santa Cristina, junto a los paneles informativos que ilustran el glorioso pasado de la villa, una bandera de Castilla y León ondea al viento sobre el horizonte. Desde este privilegiado balcón castellano, el visitante puede contemplar las infinitas extensiones de campos de cereales, rememorando la grandeza de un bastión defensivo que unió dos reinos.

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