Por qué la ultraderecha ha cosechado un resultado histórico en Sajonia-Anhalt y qué significa para Alemania
“Obviamente que es un claro mandato para gobernar”. A Ulrich Siegmund se le ve extasiado y responde sonriente a la televisión. Está al borde de conseguir lo impensable: formar un gobierno liderado por un partido de ultraderecha en Alemania. Algo inédito en toda la historia del país, al menos a partir de 1949. El candidato de Alternativa para Alemania (AfD) ha liderado en Sajonia-Anhalt una campaña electoral que deja a su partido con un récord histórico, 43,8% de los votos, y a apenas tres escaños del poder. Envalentonado por la victoria, Siegmund se atreve a ir aún más allá: “Necesitamos un cambio político de fondo en este país”.
¿Qué significa un “cambio de fondo” para un político que representa a los sectores más radicalizados del partido, que posee conexiones profundas y probadas con expresiones neonazis y extremistas, que no duda en defender las deportaciones masivas de todos aquellos no considerados nativos, escondidas tras el eufemismo de la “remigración”? Siegmund no lo ha dicho con claridad. Pero en su web de campaña todavía puede leerse “transformar paso a paso el mapa político de Alemania desde Sajonia-Anhalt, un estado tras otro”. Pareciera que lo de este domingo fuese un primer paso de un proyecto que se ha construido desde el descontento, la frustración y la incertidumbre. En ese terreno, AfD despliega su relato y cosecha votos, presentándose como la voz de los marginados e ignorados por el resto de los partidos.
En Sajonia-Anhalt fue diferente. AfD ha alcanzado un nuevo hito al ampliar su caudal electoral adueñándose de aquellos temas que en el pasado eran territorio de la izquierda del espectro político. El 59% de los trabajadores no cualificados, el 57% de los votantes con educación básica y el 65% de quienes sienten que su situación económica es mala prefirieron al partido de Siegmund, según la encuestadora Infratest dimap.
Ya no se trata del discurso de mano dura, ni de las posiciones xenófobas propias de la familia política de la derecha radical. Esta AfD lidera el ránking de partidos que los encuestados creen que pueden asegurar la justicia social. Aunque es una versión muy particular del concepto, ya que se apoya en la idea de un Estado presente, pero solo para los nativos. Educación, salud, cuidados para los ancianos son valores exclusivos para los alemanes. Lo que no explica AfD es que esos sistemas son insostenibles sin migrantes.
La identidad ossi
Entender la dinámica política actual en Alemania exige echar un vistazo a los coletazos de la reunificación. Tras la caída del muro, la promesa hacia la convaleciente República Democrática Alemana (RDA) fue generosa: una negociación de igual a igual. El resultado fue bastante distinto y, tres décadas más tarde, la decepción se traslada de generación en generación. Existe un indicador irrefutable de aquello que se refleja en la respuesta a “¿Usted se siente ciudadano de segunda clase?”. Esta pregunta se realiza tras cada elección en el este del país desde hace años. Este domingo, en Sajonia-Anhalt, el 73% dijo estar de acuerdo con esa afirmación.
Durante la última década, los líderes de AfD en los territorios de la ex-RDA han sabido leer este resentimiento acumulado que se cristalizaba en una cuota de abstención electoral altísima. En las elecciones regionales, esa apuesta dio su fruto más contundente: de los cerca de 570.000 votos que sumó el partido en Sajonia-Anhalt, unos 170.000 llegaron de personas que hace cinco años no habían votado a nadie. Campaña tras campaña han desarrollado un relato victimista y nostálgico que ofrecía un canal de expresión para aquella rabia y lo reconvertía en una reivindicación. O mejor aún, en una identidad. Así, la ultraderecha se estableció como un partido que representaba más que un mero programa político. AfD era el partido de un pueblo entero, oprimido, olvidado y hasta humillado. Ningún partido, incluyendo la formación poscomunista Die Linke, heredera del partido único del régimen del SED, pudieron encarnar ese sentimiento como AfD.
La relación de Siegmund con formaciones xenófobas, racistas y neonazis no es un secreto en absoluto
Las elecciones dan cuenta de un éxito comunicacional a largo plazo de la derecha radical que ha sido capitalizado por Siegmund en Sajonia-Anhalt. Él es un ossi –como se denomina peyorativamente a los ciudadanos del este alemán– promedio, así se ha empaquetado su candidatura desde el principio. Se ha mostrado cercano y accesible, con una intervención en redes sociales que aprovechaba cada oportunidad para desenvainar ese discurso con doble filo: victimista y reivindicador a la vez. Hasta tal punto fue así que, cuando el semanario Der Spiegel puso su fotografía en la portada acompañado del título “el hombre más peligroso de Alemania”, el líder ultra lo resignificó a su favor: los grandes medios lo maltratan, porque él es el único que representa los intereses del pueblo, y no de esa elite. Populismo de manual.
El título de Der Spiegel, no obstante, no era descalificador, sino descriptivo. Apuntaba al trasfondo extremista del candidato de AfD. En efecto, la relación de Siegmund con formaciones xenófobas, racistas y neonazis no es un secreto en absoluto. En noviembre de 2023, se celebró una conferencia en Potsdam en la cual el líder del Movimiento Identitario, una formación extremista y etnonacionalista, presentó su plan para la deportación masiva de extranjeros y ciudadanos alemanes con ascendencia migrante. Le llamó remigración. Cuando la reunión se dio a conocer, se generó un revuelo enorme con la movilización de varios millones de personas que entonaron “nunca más”. La prensa informó que algunos representantes de AfD estuvieron presentes. Uno de ellos fue Ulrich Siegmund.
Normalización de la agenda extremista
La fase actual de la Epidemia Ultra indica que el proceso de normalización de estas fuerzas políticas ha culminado. El proyecto antidemocrático y autoritario de la derecha radical se ha vuelto una opción viable y votable para mucha gente. Fiel reflejo de eso es la llegada al gobierno de líderes como Giorgia Meloni, Donald Trump, Nayib Bukele, José Antonio Kast o Javier Milei, entre otros. En Alemania ese último paso todavía estaba pendiente y si efectivamente AfD forma gobierno, la normalización está completada.
La novedad del caso alemán es que agrega otra nueva capa, impensable hace pocos años, a aquel proceso de normalización política. El triunfo de Siegmund en Sajonia-Anhalt inaugura el proceso de normalización de la agenda extremista. Es decir, se inicia el proceso de legitimación de un proyecto político que apunta abiertamente a la reducción de derechos y garantías de una porción de los ciudadanos del país. Una porción que obedece a criterios discrecionales a disposición exclusiva de lo que un portavoz de AfD decida.
El 87% de los votantes de AfD sostienen que 'si bien hay algunos políticos de extrema derecha, en general AfD ocupa el centro del espectro político'
Hace pocos meses, la Oficina Federal de Protección de la Ley Fundamental, que vela por la salud del orden democrático desde la fundación de la República, anunció que AfD era una formación de extrema derecha. El dictamen quedó en suspenso tras la intervención judicial propulsada por las protestas de AfD. Frente a la acusación, el partido ultraderechista no planteó la revisión de sus estatutos o de las afiliaciones y simpatías extremistas de sus miembros. No revisó sus programas y sus exigencias discriminatorias y racistas. Por el contrario, sus voceros profundizaron la estrategia de desprestigiar al organismo. Su accionar puso en duda un consenso de décadas.
Para terminar de comprender el alcance de este proceso de normalización basta con ver uno de los datos más llamativos que arrojaron los sondeos tras las elecciones en Sajonia-Anhalt: la autopercepción ideológica de los electores. El 87% de los votantes de AfD sostienen que “si bien hay algunos políticos de extrema derecha, en general AfD ocupa el centro del espectro político”.
El verdadero objetivo
El partido de la izquierda conservadora, representante del rojipardismo en Alemania, BSW (Alianza por la Justicia Social y la Sensatez Económica), tardó minutos en ofrecerse como el garante de un nuevo gobierno. Incluso si es AfD quien lo lidera. Su candidato, Thomas Schulze, se encargó de subrayar que comparte su cercanía con Rusia; además de la ya conocida política económica de corte xenófobo y de las posiciones antiprogresistas casi calcadas de la fuerza ultraderechista. Siegmund, tras ser consultado por el ofrecimiento, declaró que su objetivo es gobernar impulsando su programa electoral completo. No está dispuesto a otorgar concesiones a nadie. Y en el peor de los casos, no tiene problemas de volver a ir a las urnas: “Conseguiremos el 50 o el 55%”.
Desde la cúpula del partido aplaudieron esta postura intransigente. De hecho, coincide con los verdaderos objetivos políticos de AfD. Sajonia-Anhalt, en términos de peso político o económico, es poco relevante. Sin embargo, el impacto simbólico está siendo utilizado para socavar aún más la confianza en el gobierno federal. Las elecciones se leen como un golpe al canciller Friedrich Merz y como una advertencia sobre el futuro cercano que desea AfD.
El camino hacia la desestabilización democrática se ha iniciado en Sajonia-Anhalt. En el este de Alemania. Por esas casualidades del destino, el lugar parece no ser casual. En 1932 el partido nacionalsocialista estableció su primer gobierno… en el Estado Libre de Anhalt.
Franco Delle Donne es doctor en Comunicación por la FU Berlin y autor del libro “Epidemia Ultra. Del fascismo europeo a Silicon Valley: anatomía de un fenómeno que está conquistando el mundo”. También es investigador en la Werkstatt für Sozialforschung Berlin.
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