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José Saturnino Martínez García

Dr. en Sociología (UAM), Máster en Economía de la Educación (UCIII) y licenciado en CC. Políticas y Sociología (UCM). Ha sido profesor en la Universidad de Salamanca e investigador invitado en la Universidad de Wisconsin (Madison). Fue Vocal Asesor en el Gabinete de J.L.R. Zapatero, entre 2007 y 2011. Actualmente es Profesor de Sociología en
la Universidad de La Laguna. Ha colaborado con diversos medios, como El País, Le Monde Diplomatique, Viejo Topo o Revista de Libros, y sus investigaciones se han publicado en diversas revistas académicas.

Miembro del colectivo Líneas Rojas.

Frágiles

El liberalismo o el utilitarismo, en sus diversas familias, ponen en el centro de sus reflexiones a un individuo dado a sí mismo en sus preferencias y en sus posibilidades, que se relaciona con los demás en función de sus intereses particulares, y que gestiona la mayoría de sus problemas mediante el mercado. El socialismo de tradición marxista pone el énfasis en que el ser humano se realiza en colectividad y que de ese trabajo colectivo surge la solidaridad. Si eso no sucede es porque el mundo se divide en propietarios y no propietarios de los medios de producción. Estas tres corrientes de pensamiento han constituido la base del debate político desde el siglo XIX. Cada una de ellas ha desarrollado su propia corriente de pensamiento feminista. Pero hay algo que la reflexión dentro del movimiento feminista aporta y que no está tan definida en estas otras corrientes de pensamiento. Es la cuestión de los cuidados, a uno mismo, y sobre todo a los demás. Una cuestión que sabemos que si no se politiza, acaba por ser responsabilidad de las mujeres, es decir, una explotación de los hombres hacia las mujeres.

El mercado, las cuotas de discriminación positiva, la incorporación del talento y el esfuerzo de las mujeres a la vida pública, acabar con la sociedad de clases… todo eso no evita necesariamente que el trabajo doméstico y otro tipo de tareas de cuidados recaiga principalmente en manos de las mujeres. Posiblemente las reflexiones dentro del seno del movimiento feminista sean las más interesantes sobre la fragilidad humana. Las personas no somos  individuos autónomos que no tienen que dar explicaciones sobre sus gustos y preferencias, que deciden racionalmente lo que les interesa, como plantean liberales y utilitaristas. Y la fractura entre clases sociales, si bien explica muchos conflictos sociales, no es el único eje de tal conflictividad, y su resolución deja otros conflictos sin resolver.

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Vox y la cultura

Todavía es pronto para entender en profundidad el rápido crecimiento de Vox. Los primeros análisis empíricos indican que es un voto que se explica por el españolismo, la tensión contra la inmigración y que en la mayoría de las comunidades autónomas proviene de estratos de renta medios y altos, aunque en Murcia, donde ha sido primera fuerza, podría tener un sustrato más popular. Que los otros partidos de derechas le hayan dado espacio, así como los medios de comunicación, junto con la tensión en torno a la cuestión catalana, posiblemente suma un cúmulo de factores que explica su rápido crecimiento.

Hay otro factor que aparece de forma recurrente para dar cuenta del auge de Vox: la cultura. Se da por supuesto que con una ciudadanía más instruida alejaríamos de nuestro espacio político las tendencias ultras. Se entiende que la exposición a la cultura produce efectos benéficos sobre la tolerancia, sentimientos de fraternidad, mayor sensibilidad con respecto a quienes sufren desigualdades, ya sea de género, clase social o pertenencia a una minoría. Incluso se propone estudiar más filosofía, como una de las formas más elevadas de la cultura, para luchar contra el auge de los populismos de derechas en sus diversas variantes.

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Mercaderes y fariseos en la Universidad

Dos figuras del Nuevo Testamento nos ayudan a comprender los problemas que degradan la vida universitaria, y por tanto, lastran sus aportaciones, como son la formación para el mercado de trabajo, la preservación del humanismo y la producción de conocimiento científico. Si el Nuevo Testamento está lleno de amor, en una ocasión encontramos a Jesús realmente enfadado: cuando echa del templo a los mercaderes. Los mercaderes están hoy en el "templo del saber", de distintas formas. Las más evidentes: bancos que prestan sus servicios en dependencias de universidades públicas, contribuyendo así a mejorar su imagen corporativa. De formas menos evidentes, con fundaciones empresariales, que elaboran informes con la intención de generar opinión sobre cómo debe ser la universidad, básicamente más orientada por las necesidades a corto plazo de los empresarios y con matrículas más caras. O como cada vez se valora más en el currículum del profesorado el dinero de proyectos de investigación que puede traer a la universidad, al tiempo que no se tiene en consideración el tiempo dedicado a colaborar con movimientos sociales o asociaciones de forma altruista. Esto produce un claro sesgo, pues lleva a que solo quienes tengan dinero sean capaces de decidir lo que se investiga y lo que no.

El otro problema que ya señaló Jesús en su tiempo son los fariseos, preocupados por los rituales religiosos, pero apartados de los fines que busca la religión. La actitud farisea está tanto en la docencia como en la carrera profesional del profesorado. En la docencia, con una presión cada vez mayor para descomponer el conocimiento en unas frases que quepan en un "power point", por limitar la evaluación a actividades fáciles de calificar, como los test, y así gestionar la cantidad absurda de estudiantes que cada profesor debe evaluar de forma continua y que se pueda corregir sin discusión. Esto se hace a costa de trabajos de tipo más ensayísticos, que fomentan el pensamiento crítico y creativo, pero cuya evaluación es más difícil de objetivar en reglas sencillas. Así, la evaluación puede ser continua y masiva, a costa de devaluar lo que se examina.

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Adolescencia robada

La pasada semana hemos visto la cara y la cruz de la adolescencia. Por un lado, Greta Thunberg dando un discurso ambientalista en Naciones Unidas. Por otro, una pareja de adolescentes que arroja a su bebé al río. Ambas situaciones extremas solo están unidas por los dieciséis años de edad de sus protagonistas. Son menores de edad, pero no son niños. Desde hace tiempo vengo notando que ha desaparecido del vocabulario público el concepto de adolescente, "nos han robado la adolescencia". Quizá por la cuestión estilística por no repetir palabras se usa el término menor, que es una categoría legal, como sinónimo de niño. Se llega a la situación extrema que se habla de niños para referirse a personas de diecisiete años.

El ciclo de las edades es más social que biológico. Si quiere, puede comprobaraquí cómo en un documental sobre juventud de principios de los ochenta prácticamente no aparecen mayores de dieciocho años. Hasta los ochenta, la edad legal mínima para trabajar eran los 14 años, ahora está en los 16. La edad de consentimiento para mantener relaciones sexuales pasó de los 13 años a los 16 en 2015. Permitimos legalmente que los menores trabajen y tengan relaciones sexuales con adultos, ¿quiere decir que permitimos la explotación laboral y sexual de niños? Obviamente no, por la sencilla razón de que un adolescente no es un niño, pero tampoco un adulto. Legalmente pueden ganar dinero y formar una familia, pero no pueden votar, lo que no deja de ser una incoherencia cívica.

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Libertad, igualdad, y fraternidad

Al PP le gusta presentarse como el partido de la libertad y la igualdad. Tanto proclamarse un partido liberal e ilustrado, mientras que sistemáticamente se les olvida la tercera pata de la Revolución Francesa: la fraternidad. El último ejemplo de este "olvido" lo apreciamos en política educativa. Una de las medidas estrella del nuevo ejecutivo madrileño es financiar con fondos públicos la opción de estudiar bachillerato en centros privados. Confunden la libertad educativa con que los centros seleccionen a sus estudiantes, que es lo que de verdad sucede, siendo la comunidad de Madrid de las que tiene los centros más segregados por origen socioeconómico del alumnado. Porque eso es lo que hacen mejor los centros concertados y privados, segregar, ya que sus resultados en PISA son similares a los de los centros públicos, una vez que descontamos el efecto del origen socioeconómico de las familias.

El neoliberalismo, del que el PP y Ciudadanos están orgullosos, confunde la libertad educativa con la libertad de elección de centro, confunde la libertad con un supermercado, en el que se elige sobre los productos que están en los estantes. Pero eso es una visión pobre e incívica de la libertad. La libertad es participar en la educación, ser un agente más del proceso educativo. La libertad educativa no es comprar educación con un cheque a cargo del contribuyente (haciendo así un sistema de redistribución regresivo). La libertad en educación es participar en el proceso educativo, construyendo ciudadanía. Es estar pendiente del día a día del centro, de participar de forma democrática en las diferentes instancias educativas. La libertad no es algo que se compra o se vende, como sostienen los neoliberales, la libertad es poder desarrollarse como persona cívica y responsable, en una comunidad cohesionada socialmente.

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La crisis y la educación

Ante tanto ruido político ha pasado casi inadvertido el diagnóstico del VIII informe FOESSA ha realizado sobre los problemas sociales de España, en el que he tenido el honor de participar. Mi contribución se centra en qué ha pasado durante la crisis en educación. El resultado es un tanto paradójico, pues a pesar del recorte de cerca de un 25% de la inversión por estudiante no universitario y el aumento de las tasas universitarias, el abandono educativo temprano de la educación y la formación (jóvenes entre 18 y 28 años sin al menos Bachillerato o un Ciclo Medio de FP, y que no están estudiando) está en el nivel más bajo de la historia de España, el porcentaje de jóvenes estudiando ha subido en todos los niveles y el promedio de competencias en las pruebas PISA se mantiene estable, mientras que mejoran varios indicadores educativos, como el de estudiantes resilientes (alumnado de bajo origen social que obtiene buenos resultados en las pruebas de competencias). La desigualdad de oportunidades educativas ante el abandono educativo ha disminuido, aunque aumenta ligeramente ante el fracaso escolar administrativo (no lograr el título de ESO). 

Donde más se ha notado el aumento de la desigualdad social es en la repetición de curso: la tasa de repetición ha disminuido, pero ha aumentado la probabilidad de repetir algún curso de adolescentes de bajo origen social con respecto a los de nivel alto, a igualdad de competencias. Es decir, los adolescentes de origen popular, cuando son igual de competentes que los de origen alto, tienen más probabilidad de repetir curso, posiblemente porque se ajusten menos a la cultura escolar, más pensada para el estilo de vida de las clases medias, como lleva denunciando la sociología de la educación desde hace más de medio siglo. Nuestra tradición de mandar a repetir curso es de escaso éxito didáctico, pero de gran éxito desde el punto de vista de la reproducción social de las desigualdades. 

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Todos somos constitucionalistas

Uno de los problemas más tóxicos de la derecha en España es la capacidad de convertir los conceptos que nos deberían unir en conceptos que nos separan. La patria, la bandera, el sentimiento de orgullo de pertenecer a un país… se lo quedó el franquismo, a base de torturar, esclavizar, exterminar o mandar al exilio a quienes tenían otro proyecto de España. Cuarenta años de régimen criminal no fueron suficientes para acabar con la "Anti-España", pero sí para dejar en la izquierda el poso de que todo lo que suene a español es cripto-fascismo. Por si tuvieran poco con la apropiación de la identidad patriótica, ahora se apropian de la Constitución. Antes, todo lo que no le gustaba a la derecha era ETA, ahora, todo lo que no le gusta está en contra de la Constitución.

Y la izquierda ha aceptado perezosamente este nuevo diagnóstico de hablar de partidos constitucionalistas frente a los que no lo son. Pero a día de hoy, tan constitucionalista es Bildu como el PP, esa ha sido la gran victoria de nuestra democracia contra el terrorismo y contra los restos del franquismo, integrarlos. El escándalo de ver a Otegi en TVE debería ser similar al de ver al exministro franquista Fraga en su momento.

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Pedimos poco

Varios días después de las elecciones, todavía no sabemos quiénes nos van a gobernar en los distintos niveles del Estado español (Administración Central, autonomías, diputaciones, cabildos y ayuntamientos… son todos Estado español, pero con diferente nivel de competencias). Lo que sí sabemos es que la mayoría de quienes hemos votado pedimos poco. Pedimos dotar de recursos adecuados a la sanidad y la educación públicas, para que cese la deserción de las clases medias hacia lo privado. Pedimos una red última para quienes se quedan sin fuentes de ingresos. Pedimos una política de vivienda que permita la emancipación de las familias jóvenes o para quienes necesitan reconstruir su vida familiar. Pedimos una política de conciliación que acabe con el peso del trabajo doméstico no remunerado sobre las mujeres. Pedimos recursos necesarios para atender a las víctimas de la violencia machista y luchar contra su exaltación o "disculpa".

Parte de todas estas peticiones requieren de recursos. Eso supone un sistema fiscal progresivo, más implacable contra la evasión fiscal y con menos margen para la elusión fiscal, pues mientras las grandes empresas se permiten equipos de abogados para llegar a presiones fiscales reales del 10%, la presión fiscal y de otras contribuciones de un autónomo pueden ser la mitad de sus ingresos. Frente al mantra liberal "el dinero está mejor en tu bolsillo", décadas de experimentos neoliberales han mostrado la falsedad de este lema. Se vive mucho mejor en Dinamarca, con casi un 50% de presión fiscal, que en México, con cerca de un 20%, y España está en aproximadamente un tercio del PIB, por debajo del promedio de la zona euro. Es decir, hay margen para crecer en presión fiscal.

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Un relato compartido con América Latina

Una de las características más definitorias del ser humano es que vivimos en narraciones. No solo hacemos lo que el resto de los seres vivos, sino que además le damos una estructura narrativa, de sentido. La forma en que nos afecta la estructura narrativa que habitamos puede hacernos tanto daño como un problema de salud. Experimentar humillaciones o duelos emocionales puede ser motivo de dolor físico. Y además de narrativos, somos seres con identidad colectiva. Nuestras narraciones son colectivas. Uno de los grandes males a los que nos lleva la lectura neoliberal y utilitarista que se ha impuesto del orden social es la de descuidar esta faceta colectiva de nuestra identidad. Si bien una parte de la identidad puede ser elegida, no todo lo que define nuestra identidad es pura elección, como da a entender el relativismo posmoderno / neoliberal. Yo no elegí ni el momento histórico ni el lugar en el que nací, ni elegí tener el español como lengua materna. Pero todo eso no elegido me une de forma colectiva a un motón de gente que no conozco, viva, muerta y por nacer. El mantra publicitario de "tú eliges" olvida todas estas raíces y conexiones que dan sentido a quienes somos.

Todos esos vínculos colectivos no elegidos debemos cuidarlos, pues lo mismo pueden ser fuente de emociones compartidas, apoyo y solidaridad, que transformarse en un infierno opresivo que anula la identidad individual. Angustiarse con el sufrimiento de desconocidos, como nos pasó con Julen, o alegrarse con victorias deportivas de extraños, como nos pasa con la selección de fútbol, no se puede explicar sin tener en cuenta estas identidades no elegidas. Y la lengua es un elemento fundamental de la identidad no elegida.

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Víctimas y las izquierdas

El espacio político de las víctimas debidas a procesos sociales, como acciones políticas violentas, discriminación, explotación… es doble. Por un lado, las víctimas necesitan reparación. Una víctima necesita que socialmente se le reconozca la dignidad de su dolor y el derecho a algún tipo de reparación, tanto material como simbólica. Pero por otro lado, el problema del dolor sufrido se transforma con facilidad en un áurea de prestigio, hasta el punto de que si no se está de acuerdo políticamente con la víctima, parece que se está con los verdugos.

Este potencial simbólico de la víctima para acallar al que no está de acuerdo ha sido tan explotado por el PP con las víctimas del terrorismo etarra, que no de otro tipo de terror, que ha llevado a que recientemente la propia AVT se haya quejado de los excesos de Pablo Casado en su intento por apropiarse de este capital simbólico.

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