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José Saturnino Martínez García

Dr. en Sociología (UAM), Máster en Economía de la Educación (UCIII) y licenciado en CC. Políticas y Sociología (UCM). Ha sido profesor en la Universidad de Salamanca e investigador invitado en la Universidad de Wisconsin (Madison). Fue Vocal Asesor en el Gabinete de J.L.R. Zapatero, entre 2007 y 2011. Actualmente es Profesor de Sociología en
la Universidad de La Laguna. Ha colaborado con diversos medios, como El País, Le Monde Diplomatique, Viejo Topo o Revista de Libros, y sus investigaciones se han publicado en diversas revistas académicas.

Miembro del colectivo Líneas Rojas.

El PP: ¿destino Bolsonaro?

Cuando el PP ganó las elecciones en 1996, hasta higiénico me pareció. Estaba harto de la corrupción del PSOE, de los GAL y su desidia en cuestiones como el aborto. Entre 1996 y 2000 no tengo recuerdos políticos, ni buenos, ni malos. Después de dejar a media España asesinada, en la cárcel, "depurada" o en el exilio, la derecha con raíz franquista había vuelto al Gobierno y se comportaba como cualquier otra derecha europea, hablando catalán en la intimidad y sentándose a negociar con ETA.

Con la mayoría absoluta de 2000 empezaron los problemas, como el apoyo a una guerra basada en mentiras, con el 80% de la población en contra. El remate fue el trauma de 2004. La duda era si repetirían mayoría absoluta, no si dejarían de gobernar. Pero el atentado del 11M, pocos días antes de las elecciones, rompió los escenarios con los que trabajaban. En vez de reconocer lo que había pasado, decidieron, en contra de la evidencia policial, construir la versión de que había sido ETA (apoyada por el PSOE en la versión más lisérgica). La frustración llevó al PP a la irracionalidad, a narrativas que no se sustentaban en hechos.

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Educación, equidad y pandemia

Para afrontar con equidad la situación educativa actual es necesario atender tanto a la justicia distributiva como a la de reconocimiento. La distributiva es la más obvia: no todas las familias cuentan con los mismos recursos, ni de acceso a Internet ni de disponibilidad de una vivienda en condiciones para seguir las clases a distancia. La cuestión tecnológica se ha intentado paliar con la distribución de equipamientos y tarjetas SIM por parte de diversas instituciones, pero poco se puede hacer para mejorar las condiciones físicas del hogar.

En la cuestión de reconocimiento son varias las dimensiones a tratar. Por un lado, no todas las familias cuentan con la misma familiaridad con la cultural escolar como para apoyar educativamente a sus hijos. Esta es una desigualdad que ya estaba ahí antes de la pandemia, y que el profesorado que hace bien su trabajo sabe paliar, dando el apoyo necesario a este alumnado. Menos escuela es más desigualdad educativa entre familias.

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El acontecimiento

Me gustaría escribir algo que no fuese sobre el coronavirus, pues a todos obsesiona y está bien que tengamos otras cosas en las que pensar. Pero se me hace difícil. De momento, lo único cierto es la tragedia, la incertidumbre y la ansiedad. Estamos en un estado de shock que hace difícil asimilar con claridad lo que nos está pasando. Por eso, lo que más me está llamando la atención es que ante el mismo acontecimiento, las reacciones tienen que ver más con posiciones previas que con hacer frente al coronavirus. Los partidos políticos han visto la oportunidad de seguir con sus matracas. Para el PSOE y Unidas Podemos es un momento de reivindicar los servicios públicos; para el PP, de bajar los impuestos; para Vox, de excluir a los inmigrantes; para Ciudadanos, de reivindicar la nación española; para los independentistas, de reivindicar sus naciones…

En cierta medida es como si el virus no existiese, en un sentido político, pues cada grupo está proyectando sobre el virus aquello que quiere ver. Entre tanta desgracia se está jugando también una lucha por la hegemonía del relato de qué es el virus en un sentido político. En todo caso, algo positivo de la situación española es que ningún partido ni grupo de presión considera que tenemos un dilema entre crisis económica y que mueran los más débiles, y que quizá lo mejor es que mueran los débiles, como propuso Boris Johnson en un primer momento, o están proponiendo políticos y grupos de presión en EEUU. En España el debate se centra en si las medidas restrictivas deben ser más duras, no si las levantamos. Esto habla bien del trato de la sociedad española hacia los más débiles.

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Mujeres, ciencias e ingeniería

Una de las previsiones para los próximos años es que será más necesario contar con una parte importante de la población dedicada a ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, lo que por su siglas en inglés se conoce como STEM. Uno de los problemas que se plantea ante este reto es que las mujeres, que en general están estudiando más que los hombres, se orientan menos por estos estudios.

Recientemente, se promovió la visibilidad de las mujeres en la ciencia, y se proponen diversas medidas para fomentar vocaciones científicas en las mujeres. Pero hay una confusión en todo esto. Desde hace décadas la proporción de mujeres en las carreras de ciencias y matemáticas ya está en porcentajes cercanos al 50%. El problema está en las titulaciones relacionadas con la ingeniería y la tecnología. Etiquetar en bloque las cuatro orientaciones nos está confundiendo. En parte porque se usan algunas explicaciones para las diferencias entre hombres y mujeres que obviamente no son buenas, pues lo mismo que se dice para las ciencias, se dice para las tecnologías e ingenierías, y en un caso se está cerca de la igualdad, y en el otro, lejos.

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No somos blancos

Durante unos meses viví en EEUU en una cooperativa de vivienda vegetariana, muy concienciada con el medio ambiente y diversas luchas políticas progresistas. Éramos ocho personas, y cada vez que alguien se iba, se hacía un "casting" para seleccionar al nuevo residente. En una ocasión quedaron dos finalistas, una chica estadounidense y un indio (de la India). El debate que hubo en la casa se centró en qué era más importante, si aumentar la diversidad étnica o mantener la cuota de género proporcional. El debate se acaloró y el compañero más veterano dijo en un momento que sí, que la cuota de sexos estaba bien, pero que él llevaba muchos años en la casa y hasta hacía pocos meses en la casa siempre habían sido blancos. Yo miré alrededor un poco sorprendido, pensando que todos éramos blancos. Mis compañeros sabían que España está en Europa, varios habían estado aquí, incluso sabían hacer gazpacho. Al acabar la reunión, por confirmar, por si mi nivel de inglés me había traicionado, me acerqué a uno y le pregunté, yo soy el que no es blanco, ¿verdad? Y me lo confirmó.

Antes de entrar en esa casa estuve buscando donde vivir. Al llegar a un complejo de apartamentos, le pregunté información al jardinero. Era obvio que era un inmigrante hispano, así que enseguida empezamos a hablar en castellano. Cuando le comenté que buscaba piso, me dijo que cuando hablase con el gerente de los apartamentos le dijese que éramos conocidos, que habíamos trabajado los dos de freganchines en el mismo bar y que respondía por mí. Este inmigrante mexicano también sabía dónde estaba España, y también sabía que yo no era blanco. Él y yo somos lo mismo en EEUU, "colored people", y sabía que todos los latinos tenemos que hacer piña en una sociedad dominada por los blancos.

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Frágiles

El liberalismo o el utilitarismo, en sus diversas familias, ponen en el centro de sus reflexiones a un individuo dado a sí mismo en sus preferencias y en sus posibilidades, que se relaciona con los demás en función de sus intereses particulares, y que gestiona la mayoría de sus problemas mediante el mercado. El socialismo de tradición marxista pone el énfasis en que el ser humano se realiza en colectividad y que de ese trabajo colectivo surge la solidaridad. Si eso no sucede es porque el mundo se divide en propietarios y no propietarios de los medios de producción. Estas tres corrientes de pensamiento han constituido la base del debate político desde el siglo XIX. Cada una de ellas ha desarrollado su propia corriente de pensamiento feminista. Pero hay algo que la reflexión dentro del movimiento feminista aporta y que no está tan definida en estas otras corrientes de pensamiento. Es la cuestión de los cuidados, a uno mismo, y sobre todo a los demás. Una cuestión que sabemos que si no se politiza, acaba por ser responsabilidad de las mujeres, es decir, una explotación de los hombres hacia las mujeres.

El mercado, las cuotas de discriminación positiva, la incorporación del talento y el esfuerzo de las mujeres a la vida pública, acabar con la sociedad de clases… todo eso no evita necesariamente que el trabajo doméstico y otro tipo de tareas de cuidados recaiga principalmente en manos de las mujeres. Posiblemente las reflexiones dentro del seno del movimiento feminista sean las más interesantes sobre la fragilidad humana. Las personas no somos  individuos autónomos que no tienen que dar explicaciones sobre sus gustos y preferencias, que deciden racionalmente lo que les interesa, como plantean liberales y utilitaristas. Y la fractura entre clases sociales, si bien explica muchos conflictos sociales, no es el único eje de tal conflictividad, y su resolución deja otros conflictos sin resolver.

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Vox y la cultura

Todavía es pronto para entender en profundidad el rápido crecimiento de Vox. Los primeros análisis empíricos indican que es un voto que se explica por el españolismo, la tensión contra la inmigración y que en la mayoría de las comunidades autónomas proviene de estratos de renta medios y altos, aunque en Murcia, donde ha sido primera fuerza, podría tener un sustrato más popular. Que los otros partidos de derechas le hayan dado espacio, así como los medios de comunicación, junto con la tensión en torno a la cuestión catalana, posiblemente suma un cúmulo de factores que explica su rápido crecimiento.

Hay otro factor que aparece de forma recurrente para dar cuenta del auge de Vox: la cultura. Se da por supuesto que con una ciudadanía más instruida alejaríamos de nuestro espacio político las tendencias ultras. Se entiende que la exposición a la cultura produce efectos benéficos sobre la tolerancia, sentimientos de fraternidad, mayor sensibilidad con respecto a quienes sufren desigualdades, ya sea de género, clase social o pertenencia a una minoría. Incluso se propone estudiar más filosofía, como una de las formas más elevadas de la cultura, para luchar contra el auge de los populismos de derechas en sus diversas variantes.

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Mercaderes y fariseos en la Universidad

Dos figuras del Nuevo Testamento nos ayudan a comprender los problemas que degradan la vida universitaria, y por tanto, lastran sus aportaciones, como son la formación para el mercado de trabajo, la preservación del humanismo y la producción de conocimiento científico. Si el Nuevo Testamento está lleno de amor, en una ocasión encontramos a Jesús realmente enfadado: cuando echa del templo a los mercaderes. Los mercaderes están hoy en el "templo del saber", de distintas formas. Las más evidentes: bancos que prestan sus servicios en dependencias de universidades públicas, contribuyendo así a mejorar su imagen corporativa. De formas menos evidentes, con fundaciones empresariales, que elaboran informes con la intención de generar opinión sobre cómo debe ser la universidad, básicamente más orientada por las necesidades a corto plazo de los empresarios y con matrículas más caras. O como cada vez se valora más en el currículum del profesorado el dinero de proyectos de investigación que puede traer a la universidad, al tiempo que no se tiene en consideración el tiempo dedicado a colaborar con movimientos sociales o asociaciones de forma altruista. Esto produce un claro sesgo, pues lleva a que solo quienes tengan dinero sean capaces de decidir lo que se investiga y lo que no.

El otro problema que ya señaló Jesús en su tiempo son los fariseos, preocupados por los rituales religiosos, pero apartados de los fines que busca la religión. La actitud farisea está tanto en la docencia como en la carrera profesional del profesorado. En la docencia, con una presión cada vez mayor para descomponer el conocimiento en unas frases que quepan en un "power point", por limitar la evaluación a actividades fáciles de calificar, como los test, y así gestionar la cantidad absurda de estudiantes que cada profesor debe evaluar de forma continua y que se pueda corregir sin discusión. Esto se hace a costa de trabajos de tipo más ensayísticos, que fomentan el pensamiento crítico y creativo, pero cuya evaluación es más difícil de objetivar en reglas sencillas. Así, la evaluación puede ser continua y masiva, a costa de devaluar lo que se examina.

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Adolescencia robada

La pasada semana hemos visto la cara y la cruz de la adolescencia. Por un lado, Greta Thunberg dando un discurso ambientalista en Naciones Unidas. Por otro, una pareja de adolescentes que arroja a su bebé al río. Ambas situaciones extremas solo están unidas por los dieciséis años de edad de sus protagonistas. Son menores de edad, pero no son niños. Desde hace tiempo vengo notando que ha desaparecido del vocabulario público el concepto de adolescente, "nos han robado la adolescencia". Quizá por la cuestión estilística por no repetir palabras se usa el término menor, que es una categoría legal, como sinónimo de niño. Se llega a la situación extrema que se habla de niños para referirse a personas de diecisiete años.

El ciclo de las edades es más social que biológico. Si quiere, puede comprobaraquí cómo en un documental sobre juventud de principios de los ochenta prácticamente no aparecen mayores de dieciocho años. Hasta los ochenta, la edad legal mínima para trabajar eran los 14 años, ahora está en los 16. La edad de consentimiento para mantener relaciones sexuales pasó de los 13 años a los 16 en 2015. Permitimos legalmente que los menores trabajen y tengan relaciones sexuales con adultos, ¿quiere decir que permitimos la explotación laboral y sexual de niños? Obviamente no, por la sencilla razón de que un adolescente no es un niño, pero tampoco un adulto. Legalmente pueden ganar dinero y formar una familia, pero no pueden votar, lo que no deja de ser una incoherencia cívica.

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Libertad, igualdad, y fraternidad

Al PP le gusta presentarse como el partido de la libertad y la igualdad. Tanto proclamarse un partido liberal e ilustrado, mientras que sistemáticamente se les olvida la tercera pata de la Revolución Francesa: la fraternidad. El último ejemplo de este "olvido" lo apreciamos en política educativa. Una de las medidas estrella del nuevo ejecutivo madrileño es financiar con fondos públicos la opción de estudiar bachillerato en centros privados. Confunden la libertad educativa con que los centros seleccionen a sus estudiantes, que es lo que de verdad sucede, siendo la comunidad de Madrid de las que tiene los centros más segregados por origen socioeconómico del alumnado. Porque eso es lo que hacen mejor los centros concertados y privados, segregar, ya que sus resultados en PISA son similares a los de los centros públicos, una vez que descontamos el efecto del origen socioeconómico de las familias.

El neoliberalismo, del que el PP y Ciudadanos están orgullosos, confunde la libertad educativa con la libertad de elección de centro, confunde la libertad con un supermercado, en el que se elige sobre los productos que están en los estantes. Pero eso es una visión pobre e incívica de la libertad. La libertad es participar en la educación, ser un agente más del proceso educativo. La libertad educativa no es comprar educación con un cheque a cargo del contribuyente (haciendo así un sistema de redistribución regresivo). La libertad en educación es participar en el proceso educativo, construyendo ciudadanía. Es estar pendiente del día a día del centro, de participar de forma democrática en las diferentes instancias educativas. La libertad no es algo que se compra o se vende, como sostienen los neoliberales, la libertad es poder desarrollarse como persona cívica y responsable, en una comunidad cohesionada socialmente.

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