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José Saturnino Martínez García

Dr. en Sociología (UAM), Máster en Economía de la Educación (UCIII) y licenciado en CC. Políticas y Sociología (UCM). Ha sido profesor en la Universidad de Salamanca e investigador invitado en la Universidad de Wisconsin (Madison). Fue Vocal Asesor en el Gabinete de J.L.R. Zapatero, entre 2007 y 2011. Actualmente es Profesor de Sociología en
la Universidad de La Laguna. Ha colaborado con diversos medios, como El País, Le Monde Diplomatique, Viejo Topo o Revista de Libros, y sus investigaciones se han publicado en diversas revistas académicas.

Miembro del colectivo Líneas Rojas.

Adolescencia robada

La pasada semana hemos visto la cara y la cruz de la adolescencia. Por un lado, Greta Thunberg dando un discurso ambientalista en Naciones Unidas. Por otro, una pareja de adolescentes que arroja a su bebé al río. Ambas situaciones extremas solo están unidas por los dieciséis años de edad de sus protagonistas. Son menores de edad, pero no son niños. Desde hace tiempo vengo notando que ha desaparecido del vocabulario público el concepto de adolescente, "nos han robado la adolescencia". Quizá por la cuestión estilística por no repetir palabras se usa el término menor, que es una categoría legal, como sinónimo de niño. Se llega a la situación extrema que se habla de niños para referirse a personas de diecisiete años.

El ciclo de las edades es más social que biológico. Si quiere, puede comprobaraquí cómo en un documental sobre juventud de principios de los ochenta prácticamente no aparecen mayores de dieciocho años. Hasta los ochenta, la edad legal mínima para trabajar eran los 14 años, ahora está en los 16. La edad de consentimiento para mantener relaciones sexuales pasó de los 13 años a los 16 en 2015. Permitimos legalmente que los menores trabajen y tengan relaciones sexuales con adultos, ¿quiere decir que permitimos la explotación laboral y sexual de niños? Obviamente no, por la sencilla razón de que un adolescente no es un niño, pero tampoco un adulto. Legalmente pueden ganar dinero y formar una familia, pero no pueden votar, lo que no deja de ser una incoherencia cívica.

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Libertad, igualdad, y fraternidad

Al PP le gusta presentarse como el partido de la libertad y la igualdad. Tanto proclamarse un partido liberal e ilustrado, mientras que sistemáticamente se les olvida la tercera pata de la Revolución Francesa: la fraternidad. El último ejemplo de este "olvido" lo apreciamos en política educativa. Una de las medidas estrella del nuevo ejecutivo madrileño es financiar con fondos públicos la opción de estudiar bachillerato en centros privados. Confunden la libertad educativa con que los centros seleccionen a sus estudiantes, que es lo que de verdad sucede, siendo la comunidad de Madrid de las que tiene los centros más segregados por origen socioeconómico del alumnado. Porque eso es lo que hacen mejor los centros concertados y privados, segregar, ya que sus resultados en PISA son similares a los de los centros públicos, una vez que descontamos el efecto del origen socioeconómico de las familias.

El neoliberalismo, del que el PP y Ciudadanos están orgullosos, confunde la libertad educativa con la libertad de elección de centro, confunde la libertad con un supermercado, en el que se elige sobre los productos que están en los estantes. Pero eso es una visión pobre e incívica de la libertad. La libertad es participar en la educación, ser un agente más del proceso educativo. La libertad educativa no es comprar educación con un cheque a cargo del contribuyente (haciendo así un sistema de redistribución regresivo). La libertad en educación es participar en el proceso educativo, construyendo ciudadanía. Es estar pendiente del día a día del centro, de participar de forma democrática en las diferentes instancias educativas. La libertad no es algo que se compra o se vende, como sostienen los neoliberales, la libertad es poder desarrollarse como persona cívica y responsable, en una comunidad cohesionada socialmente.

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La crisis y la educación

Ante tanto ruido político ha pasado casi inadvertido el diagnóstico del VIII informe FOESSA ha realizado sobre los problemas sociales de España, en el que he tenido el honor de participar. Mi contribución se centra en qué ha pasado durante la crisis en educación. El resultado es un tanto paradójico, pues a pesar del recorte de cerca de un 25% de la inversión por estudiante no universitario y el aumento de las tasas universitarias, el abandono educativo temprano de la educación y la formación (jóvenes entre 18 y 28 años sin al menos Bachillerato o un Ciclo Medio de FP, y que no están estudiando) está en el nivel más bajo de la historia de España, el porcentaje de jóvenes estudiando ha subido en todos los niveles y el promedio de competencias en las pruebas PISA se mantiene estable, mientras que mejoran varios indicadores educativos, como el de estudiantes resilientes (alumnado de bajo origen social que obtiene buenos resultados en las pruebas de competencias). La desigualdad de oportunidades educativas ante el abandono educativo ha disminuido, aunque aumenta ligeramente ante el fracaso escolar administrativo (no lograr el título de ESO). 

Donde más se ha notado el aumento de la desigualdad social es en la repetición de curso: la tasa de repetición ha disminuido, pero ha aumentado la probabilidad de repetir algún curso de adolescentes de bajo origen social con respecto a los de nivel alto, a igualdad de competencias. Es decir, los adolescentes de origen popular, cuando son igual de competentes que los de origen alto, tienen más probabilidad de repetir curso, posiblemente porque se ajusten menos a la cultura escolar, más pensada para el estilo de vida de las clases medias, como lleva denunciando la sociología de la educación desde hace más de medio siglo. Nuestra tradición de mandar a repetir curso es de escaso éxito didáctico, pero de gran éxito desde el punto de vista de la reproducción social de las desigualdades. 

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Todos somos constitucionalistas

Uno de los problemas más tóxicos de la derecha en España es la capacidad de convertir los conceptos que nos deberían unir en conceptos que nos separan. La patria, la bandera, el sentimiento de orgullo de pertenecer a un país… se lo quedó el franquismo, a base de torturar, esclavizar, exterminar o mandar al exilio a quienes tenían otro proyecto de España. Cuarenta años de régimen criminal no fueron suficientes para acabar con la "Anti-España", pero sí para dejar en la izquierda el poso de que todo lo que suene a español es cripto-fascismo. Por si tuvieran poco con la apropiación de la identidad patriótica, ahora se apropian de la Constitución. Antes, todo lo que no le gustaba a la derecha era ETA, ahora, todo lo que no le gusta está en contra de la Constitución.

Y la izquierda ha aceptado perezosamente este nuevo diagnóstico de hablar de partidos constitucionalistas frente a los que no lo son. Pero a día de hoy, tan constitucionalista es Bildu como el PP, esa ha sido la gran victoria de nuestra democracia contra el terrorismo y contra los restos del franquismo, integrarlos. El escándalo de ver a Otegi en TVE debería ser similar al de ver al exministro franquista Fraga en su momento.

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Pedimos poco

Varios días después de las elecciones, todavía no sabemos quiénes nos van a gobernar en los distintos niveles del Estado español (Administración Central, autonomías, diputaciones, cabildos y ayuntamientos… son todos Estado español, pero con diferente nivel de competencias). Lo que sí sabemos es que la mayoría de quienes hemos votado pedimos poco. Pedimos dotar de recursos adecuados a la sanidad y la educación públicas, para que cese la deserción de las clases medias hacia lo privado. Pedimos una red última para quienes se quedan sin fuentes de ingresos. Pedimos una política de vivienda que permita la emancipación de las familias jóvenes o para quienes necesitan reconstruir su vida familiar. Pedimos una política de conciliación que acabe con el peso del trabajo doméstico no remunerado sobre las mujeres. Pedimos recursos necesarios para atender a las víctimas de la violencia machista y luchar contra su exaltación o "disculpa".

Parte de todas estas peticiones requieren de recursos. Eso supone un sistema fiscal progresivo, más implacable contra la evasión fiscal y con menos margen para la elusión fiscal, pues mientras las grandes empresas se permiten equipos de abogados para llegar a presiones fiscales reales del 10%, la presión fiscal y de otras contribuciones de un autónomo pueden ser la mitad de sus ingresos. Frente al mantra liberal "el dinero está mejor en tu bolsillo", décadas de experimentos neoliberales han mostrado la falsedad de este lema. Se vive mucho mejor en Dinamarca, con casi un 50% de presión fiscal, que en México, con cerca de un 20%, y España está en aproximadamente un tercio del PIB, por debajo del promedio de la zona euro. Es decir, hay margen para crecer en presión fiscal.

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Un relato compartido con América Latina

Una de las características más definitorias del ser humano es que vivimos en narraciones. No solo hacemos lo que el resto de los seres vivos, sino que además le damos una estructura narrativa, de sentido. La forma en que nos afecta la estructura narrativa que habitamos puede hacernos tanto daño como un problema de salud. Experimentar humillaciones o duelos emocionales puede ser motivo de dolor físico. Y además de narrativos, somos seres con identidad colectiva. Nuestras narraciones son colectivas. Uno de los grandes males a los que nos lleva la lectura neoliberal y utilitarista que se ha impuesto del orden social es la de descuidar esta faceta colectiva de nuestra identidad. Si bien una parte de la identidad puede ser elegida, no todo lo que define nuestra identidad es pura elección, como da a entender el relativismo posmoderno / neoliberal. Yo no elegí ni el momento histórico ni el lugar en el que nací, ni elegí tener el español como lengua materna. Pero todo eso no elegido me une de forma colectiva a un motón de gente que no conozco, viva, muerta y por nacer. El mantra publicitario de "tú eliges" olvida todas estas raíces y conexiones que dan sentido a quienes somos.

Todos esos vínculos colectivos no elegidos debemos cuidarlos, pues lo mismo pueden ser fuente de emociones compartidas, apoyo y solidaridad, que transformarse en un infierno opresivo que anula la identidad individual. Angustiarse con el sufrimiento de desconocidos, como nos pasó con Julen, o alegrarse con victorias deportivas de extraños, como nos pasa con la selección de fútbol, no se puede explicar sin tener en cuenta estas identidades no elegidas. Y la lengua es un elemento fundamental de la identidad no elegida.

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Víctimas y las izquierdas

El espacio político de las víctimas debidas a procesos sociales, como acciones políticas violentas, discriminación, explotación… es doble. Por un lado, las víctimas necesitan reparación. Una víctima necesita que socialmente se le reconozca la dignidad de su dolor y el derecho a algún tipo de reparación, tanto material como simbólica. Pero por otro lado, el problema del dolor sufrido se transforma con facilidad en un áurea de prestigio, hasta el punto de que si no se está de acuerdo políticamente con la víctima, parece que se está con los verdugos.

Este potencial simbólico de la víctima para acallar al que no está de acuerdo ha sido tan explotado por el PP con las víctimas del terrorismo etarra, que no de otro tipo de terror, que ha llevado a que recientemente la propia AVT se haya quejado de los excesos de Pablo Casado en su intento por apropiarse de este capital simbólico.

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Votos o plomo

En la entrevista de Évole a Maduro hay un momento en que Maduro no responde bien y que Évole no repregunta; la respuesta adecuada posiblemente sea la clave para entender lo que está pasando. Évole le pone en la tesitura de cómo alguien que se dice que está en el bloque de emancipación de los pueblos puede tener como aliados a Rusia, China o Turquía. Lo interesante es que esa pregunta también se la podemos hacer a los defensores de la democracia y la libertad, que tienen como aliados a regímenes medievales.

Plantear que las razones que están argumentando los Estados y muchos agentes políticos a favor o en contra de cada bando de la crisis venezolana tienen que ver con la emancipación, la libertad o la democracia, genera demasiadas contradicciones en cada bando. Es verdad que la situación económica en Venezuela es catastrófica, pero en parte es por el boicot que cesaría si triunfa el golpe de Estado, como ya vimos en su momento en Chile. La delincuencia alcanza cifras que parecen describir una guerra más que un problema de orden público, lo mismo que en otros países de la región. Se habla de represión política, pero no oímos hablar de los 150 líderes sociales y políticos asesinados en Colombia. La catástrofe humanitaria en Centroamérica produce un éxodo humano ante el que Trump más que insensible, se muestra cruel, tratando a los niños como delincuentes que separa de sus progenitores, sin importarle que mueran de frío (literalmente).

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Eterno y universal

En estos tiempos líquidos y fragmentados de vínculos sociales débiles y frágiles de empleos precarios, sin puntos de vista dominantes, pensar en lo eterno y en lo universal se nos presenta como un absurdo patético y trasnochado. O revolucionario. La funcionalidad de los excesos del relativismo posmoderno con respecto a la solidez del capital ha tejido una matriz de pensamiento en la que se da por supuesta la falta de asideros morales y cognitivos, y nos lleva a asumir que todo lo moral colapsa en la relación entre personas como una mercancía más, donde dinero y valor se convierten cínicamente en lo mismo, y que ya que toda verdad es relativa, no se puede diferenciar de la simple mentira. Medio siglo celebrando el relativismo ha pavimentado el camino hacia las noticias falsas.

Recuperar la idea de lo eterno y universal, ideas en cuyo nombre la humanidad ha cometido las mayores barbaridades, puede ser un punto de crítica al tiempo que una guía de emancipación. Por ejemplo, siguiendo a Badiou, la izquierda tiene ideas eternas y universales. Las condiciones históricas varían infinitamente, pero en cada contexto, la izquierda es la expresión particular de ideas que siempre están (eternas) y que nos interpelan como humanidad (universales). Sabemos que un movimiento histórico es un caso particular del despliegue de la izquierda universal cuando lucha contra la opresión, la explotación o la marginación. Cuando un grupo humano quiere aniquilar a otro grupo humano, cuando vive a costa de su trabajo o cuando no le reconoce completamente como humano, vemos una encarnación del mal. Y los grupos que luchan porque no haya otros que controlen sus vidas, que se aprovechen de su trabajo, que luchan contra ser discriminados, encarnan la humanidad que  todos llevamos dentro. Como humanos, son los perdedores en la explotación, en el reconocimiento o en la participación política, quienes en sus luchas particulares encarnan nuestra universalidad.

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Adolescentes diversos en las mismas aulas

La LOGSE nació con un prejuicio clasista que llevó al aumento del fracaso escolar y de la desigualdad de oportunidades educativas. Este prejuicio clasista consiste en considerar que la educación obligatoria debe ser una pequeña universidad. Es un prejuicio atávico, que deriva de la división entre quienes se ensucian y sudan cuando trabajan y quienes no. Para la clase media, ir a clase, obligado por el Estado, para estudiar economía financiera está bien, pero no para aprender carpintería o peluquería.

Antes de la LOGSE se apreciaba con claridad tres tipos de adolescentes: quienes se preparaban para ir a la universidad, para aprender un oficio o se quedaban en la calle, trabajando, sobreviviendo o en la marginalidad. La ampliación de los catorce a los dieciséis años se hizo con el discurso de la comprensividad, pero es poco comprensivo forzar a estar en las aulas a personas con inquietudes y necesidades que no quedan reconocidas durante la escolarización obligatoria. No es comprensivo diseñar una educación secundaria obligatoria tan academicista, con contenidos que reflejan las antiguas licenciaturas, pero que deja de lado la preparación de oficios y a quienes necesitan de más atenciones que las estrictamente educativas. Una educación obligatoria en la que el Ministerio fija con detalle gran cantidad de contenidos, de forma que la autonomía docente se ve reducida a entrenar a estudiantes para que memoricen libros de texto y procedimientos de cara al examen, sin el tiempo lento necesario para el aprendizaje significativo.

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