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José Saturnino Martínez García

Dr. en Sociología (UAM), Máster en Economía de la Educación (UCIII) y licenciado en CC. Políticas y Sociología (UCM). Ha sido profesor en la Universidad de Salamanca e investigador invitado en la Universidad de Wisconsin (Madison). Fue Vocal Asesor en el Gabinete de J.L.R. Zapatero, entre 2007 y 2011. Actualmente es Profesor de Sociología en
la Universidad de La Laguna. Ha colaborado con diversos medios, como El País, Le Monde Diplomatique, Viejo Topo o Revista de Libros, y sus investigaciones se han publicado en diversas revistas académicas.

Miembro del colectivo Líneas Rojas.

Pornoviolencia

La serie El cuento de la criada ha levantado cierta polémica por la recreación estética que hace de la violencia. Surge la tensión de si esta representación de la violencia, especialmente contra las mujeres, tan bella formalmente, y por eso más impactante, es más bien una denuncia o una exaltación, y hasta qué punto se puede mantener el nivel de denuncia de la serie sin tener que pasar por el mal trago de las escenas más fuertes.

El problema de esas escenas no es tanto de si son prescindibles para denunciar, para hacer un producto más apto a todo los públicos, o si en vez de denuncia realmente son exaltación. El problema es que todo eso es real, pasa ahora mismo o ha pasado no hace tanto, en concreto en el caso español durante la Guerra Civil y la dictadura fascista.

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La negación de la negación

La negación de la negación es una afirmación. Doce millones de votantes hemos estado felices con la negación del gobierno del PP, felices de que se vaya un presidente indolente, ministros soberbios, una política económica que lleva al saneamiento macroeconómico mediante el aumento de la miseria de las familias más pobres, que no sabe separar la religión y el Estado, que humilla a las víctimas del terrorismo fascista. En fin, estamos contentos en negar un gobierno al que solo apoyaba una de cada cinco personas con derecho a voto. Pero ahora hemos entrado en otra fase, la negación de la moción de censura, es decir, un gobierno en positivo. En votantes, este gobierno es más débil que el anterior, pero en conectar con el espíritu de los tiempos ha hecho una jugada maestra, pues los nombramientos a los que hemos asistido captan bien las principales tensiones de la sociedad española, y apuntan a buscar soluciones de forma activa, en vez de negar los problemas, o peor aún, acrecentarlos mediante la pasividad, como ha hecho Rajoy.

En política económica, hay escaso margen en el corto plazo, una vez que los presupuestos están aprobados y a lo sumo quedan dos años de legislatura. En diversas partidas presupuestarias la ejecución quedaba muy por debajo de lo presupuestado, como en Ciencia, así que ajustar a lo previsto, ya puede ser una gran revolución. También hay que mirar en el largo plazo. Con tanto ruido diario, se nos pasó la cesión de Rajoy a Merkel a la hora de pelear por los mecanismos de integración económica que amortigüen los efectos de la próxima crisis económica (les recuerdo, “amigüitos”, que el capitalismo es burbujeante, así que vendrá otra crisis). La UE debe ir hacia la mutualización de la deuda pública y a un fondo de solidaridad con cargo al presupuesto europeo.

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Violencia es ir contra el orden

Vivo en un Reino donde el Ministro del Interior afirma que silbar mientras suena música es violencia, pero unos jueces afirman que no hay violencia en el terror que se experimenta al ser asaltada por cinco animales humanos en un zaguán. No soy jurista, así que cuando oí que eran culpables y tenían penas de cárcel, pensé bueno, van a pagar. Pero entonces empecé a enterarme de las distinciones que hay entre “abuso” y “agresión”. Como no soy jurista, pensé, debe ser un debate técnico complejo.

No es la primera vez que me sucede que el empleo de uso común de una palabra toma un significado diferente desde el punto de vista de jurídico. Ante la indignación que ha incendiado España, pensé, bueno, seamos cautos ante el riesgo del populismo punitivo, que no me gusta venga de donde venga. Pero entonces empecé a leer la sentencia de las páginas 96 a 111, en la que se muestran “hechos probados”. Me quedé en estado de shock, pues no puedo entender que si todo eso está probado, se considere que no hay violencia. No hay violencia, en un país que quiere hacer creer al resto del mundo que poner unas pegatinas en un coche tiene la misma entidad violenta que los casi 100 muertos de la plaza Maidán en Ucrania, o donde te mandan seis coches policiales a buscarte a casa por escribir en Facebook un lema histórico en contra de la Monarquía.

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Achicando la política y la democracia

En España estamos asistiendo con pasividad, o incluso con entusiasmo, al achicamiento de la política. La política es el orden de decidir quienes queremos ser, y en un contexto democrático esto es intrínsecamente inestable y conflictivo. La democracia no es la generación de consenso, sino la gestión del disenso mediante medios pacíficos. En nuestro país la huella fascista se nota en que llegamos a la democracia generando un consenso, para evitar el disenso mediante la guerra, la tortura y el asesinato, que es de donde venimos. Quizá por eso tantos agentes políticos andan reclamando consenso, cuando debemos vivir felices chapoteando en el disenso, la gran prueba de que somos libres.

Otra cosa, que no debemos confundir con la política, son las políticas públicas. En ellas no se decide quienes somos cómo sociedad, sino cómo afrontamos problemas concretos. En ese sentido, sí está bien lograr políticas públicas con el máximo consenso (educación, pensiones, sanidad, investigación y ciencia…), pero esto son cuestiones de orden más técnico, incluso que propiamente político, son problemas de gestión.

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Ya nadie hace chistes de gangosos

Esos chistes eran muy populares hace unas décadas, pero por suerte, a nadie se le ocurre hacerlos en la actualidad. Como mucho, Arévalo, que se hizo famoso con ese tipo de historias, echa de menos esa época, pero sabe que su tiempo pasó, y no ha querido o sabido adaptarse a los nuevos tiempos. Nadie los cuenta, pero tampoco están prohibidos, o quizá sí, no lo sé, arriésguese Vd. a tuitear un chiste de esos, que lo mismo acaba en la cárcel, ya no lo sabemos, se ha vuelto todo muy impredecible.

Lo que ha pasado con este tipo de bromas es importante para plantearnos el debate sobre la libertad de expresión. Lo que nos parece inmoral que se diga, lo que nos ofende, ¿lo prohibimos o lo contraargumentamos? No sabemos qué hubiese pasado de prohibir este tipo de bromas indignantes, a día de hoy, pero tan graciosas en su día. Lo que sí sabemos es que desaparecieron sin necesidad de meter a nadie en la cárcel, porque gracias al debate público, fuimos madurando como sociedad y vimos que no hay ninguna gracia en reírse en las dificultades de expresión de una persona. Si hubiésemos condenado a Arévalo a dos años y un día de prisión por sus chistes, habríamos dejado antes de hacer estas bromas, pero no sé si nuestra sensibilidad sobre la cuestión hubiese cambiado como lo ha hecho, hasta el punto que ya es casi impensable hacerlas, a no ser que se quiera ser condenado a la ignominia social.

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Los tontos útiles del capitalismo

Yo confieso, he sido tonto útil del capitalismo, y aunque me arrepiento con propósito de enmienda, igual puedo volver a pecar en cualquier momento. Que seamos legión, desatados por la redes, no quita la gravedad dañina de mi estupidez. Cuando se habló de la posibilidad de alquilar esa habitación que uso de espacio de trabajo, con la que podría sacar un dinerillo, gracias a una aplicación informática, critiqué a los rancios que se oponen al progreso, a los vecinos envidiosos que no tienen una habitación que alquilar. Cuando se planteó la posibilidad de que las horas tontas que tienes por la ciudad con el coche las puedas emplear en prestar un servicio más barato que un taxi, me pareció una gran oportunidad de flexibilidad, de la que solo podrían quejarse los taxistas acomodaticios, con mentalidad rentista gracias a sus licencias municipales. Cuando se ofreció la posibilidad de que con la bici puedas prestar un servicio de mensajería, me pareció genial, pues puedes compaginar esa actividad con un uso flexible de tu tiempo. Cuando he tenido posibilidad de hacer trabajos que fomentan mi autonomía y mi creatividad, no me ha importado hacerlo en condiciones laborales infames, por debajo del umbral de la línea de pobreza, sin derechos laborales.

Todos estos movimientos han venido acompañados como el hermanamiento entre tecnología, desarrollo personal, autonomía individual y mejora para todos del bienestar económico y/o emocional. A cada persona se le estaba ofreciendo la posibilidad de convertirse en emprendedor, dueña de su propio futuro, de salir de su zona de confort, de luchar por sus sueños, de explorar la vida. La tecnología nos estaba haciendo libres. Oh, sí. Libres de ser explotados y vendidos como mercancías, desarticulando los controles colectivos y morales que contribuyen a equilibrar la negociación entre quienes tienen capital, ya sea económico, social, cultural o simbólico, y los que no.

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Poliamor: ¿amor libre o neoliberal?

Desde hace unos pocos años, cada vez es más frecuente oír hablar del amor como un mercado más, bajo el nombre de poliamor. La libertad con sabor neoliberal se basa en que dos personas con su forma particular de entender el mundo llegan a acuerdos mutuamente beneficiosos, siendo el mercado la institución por antonomasia en la que cristaliza esta relación contractual basada en el libre consentimiento. Por lo menos desde Marx sabemos que este intercambio formalmente igual en condiciones de desigualdad genera explotación, pues quien tiene más poder se queda con una mayor parte del producto del trabajo colectivo.

Tras la educación, la sanidad, el agua, la energía, el ejército… para mi sorpresa, un nuevo espacio social está siendo colonizado por la lógica mercantil: el amor. Por supuesto, no se le denomina amor neoliberal, o amor mercantil. Se le llama poliamor. Pero no es más que la colonización de la vida afectiva y del deseo por la lógica del contrato mercantil. El poliamor, como otros derivados del pensamiento posmoderno, es acertado en la crítica, pero errado en la solución. Es una crítica necesaria a instituciones opresoras de la libertad, como el modelo patriarcal y capitalista de pareja. Una pareja posesiva, jerarquizada en torno a la voluntad del hombre, y organizada como unidad de producción y reproducción de trabajo no remunerado realizado por las mujeres.

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El esfuerzo y el talento como ideología

La Fundación COTEC ha publicado su informe anual sobre el estado de la Investigación y Desarrollo en España. No solo somos de los países europeos en los que las administraciones públicas hacen menos esfuerzo inversor, sino que además las empresas españolas son de las más rácanas, parece que se quedaron en el descubrimiento de “que inventen ellos”. España es uno de los países en los más se recorta en porcentaje de PIB en estas actividades en los últimos años. Mientras el porcentaje del PIB dedicado a I+D aumentaba un 35,7% en Alemania entre 2009 y 2016, en España disminuía un 12,6%. Para ser buenos camareros de los alemanes no hace falta un gran desembolso en ciencia.

Esta falta de inversión, pública y privada, debe tenerse en cuenta a la hora de analizar otros indicadores, como los relacionados con la producción científica. Las universidades españolas son las principales instituciones de producción científica. Cada vez que se publican ranking sobre universidades se hacen descontextualizados de la necesidad de financiación para estar en la élite mundial. Son muchos los titulares que señalan que España no está en los primeros doscientos puestos, pero pocos los tienen en cuenta que entramos en las zonas altas de la clasificación, pues estamos en el top de países con más universidades entre las quinientas primeras del mundo. Llegamos a tener una universidad entre las 200 primeras, la Universidad de Barcelona, y como premio, la Generalitat prefirió seguir con sus retallades. El Gobierno español podría haberla reforzado con actuaciones especiales, en reconocimiento de su mérito, pero igual no tenían claro si era una universidad española.

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Fui yo

Una campaña en redes sociales ha invitado a todas las mujeres que hayan sufrido algún tipo de agresión por el hecho de ser mujeres a que empleen la etiqueta “yo también” en las redes. De esta forma se puede visualizar que no es exagerado afirmar que todas las mujeres en algún momento han sufrido alguna agresión por el mero hecho de serlo. Los hombres no sufrimos agresiones por ser hombres, igual que los heterosexuales no sufren agresiones por su condición sexual.

Hay marcas asociadas a la identidad estigmatizadas, y a quienes no se nos estigmatiza nuestra identidad, nos cuesta ponernos en el lugar del otro. Hay quienes frivolizan (no es para tanto la queja), sin tener en cuenta que no se cuestiona un pequeño momento, sino una acumulación de anécdotas que se torna insoportable.

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La verdad y el poder

Si vamos a ver una película de terror y nos da risa, mal asunto. Si vamos a ver una película que se anuncia como cómica, pero nos agobia, mal asunto. No hay nada malo en los efectos que producen estas películas, pero las valoramos según lo que dicen ser. En general, los elementos culturales no son ni buenos ni malos en sí mismos, sino lo son en relación con los fines que pretenden. Este ejemplo para los géneros cinematográficos es una aplicación de una idea más general que vale para todo tipo de cuestiones sociales, no se pueden valorar en sí mismas, sino según el fin que pretenden. Una policía que entretiene a los niños con sus bromas pero es incapaz de detener a ladrones es una mala policía, por muy buena clown que sea.

Viene este contexto general para aclarar las diferencias entre las instituciones que gestionan la verdad y la política. La verdad está en manos de la religión o de la ciencia. La religión, de una verdad transcendente, en la que hay que tener fe, y cuyo fin es la realización espiritual. La ciencia, en una verdad prosaica, que sabemos provisional, y cuyo fin es ayudarnos a gestionar el orden material en el que nos movemos.

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