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José Saturnino Martínez García

Dr. en Sociología (UAM), Máster en Economía de la Educación (UCIII) y licenciado en CC. Políticas y Sociología (UCM). Ha sido profesor en la Universidad de Salamanca e investigador invitado en la Universidad de Wisconsin (Madison). Fue Vocal Asesor en el Gabinete de J.L.R. Zapatero, entre 2007 y 2011. Actualmente es Profesor de Sociología en
la Universidad de La Laguna. Ha colaborado con diversos medios, como El País, Le Monde Diplomatique, Viejo Topo o Revista de Libros, y sus investigaciones se han publicado en diversas revistas académicas.

Miembro del colectivo Líneas Rojas.

Un relato compartido con América Latina

Una de las características más definitorias del ser humano es que vivimos en narraciones. No solo hacemos lo que el resto de los seres vivos, sino que además le damos una estructura narrativa, de sentido. La forma en que nos afecta la estructura narrativa que habitamos puede hacernos tanto daño como un problema de salud. Experimentar humillaciones o duelos emocionales puede ser motivo de dolor físico. Y además de narrativos, somos seres con identidad colectiva. Nuestras narraciones son colectivas. Uno de los grandes males a los que nos lleva la lectura neoliberal y utilitarista que se ha impuesto del orden social es la de descuidar esta faceta colectiva de nuestra identidad. Si bien una parte de la identidad puede ser elegida, no todo lo que define nuestra identidad es pura elección, como da a entender el relativismo posmoderno / neoliberal. Yo no elegí ni el momento histórico ni el lugar en el que nací, ni elegí tener el español como lengua materna. Pero todo eso no elegido me une de forma colectiva a un motón de gente que no conozco, viva, muerta y por nacer. El mantra publicitario de "tú eliges" olvida todas estas raíces y conexiones que dan sentido a quienes somos.

Todos esos vínculos colectivos no elegidos debemos cuidarlos, pues lo mismo pueden ser fuente de emociones compartidas, apoyo y solidaridad, que transformarse en un infierno opresivo que anula la identidad individual. Angustiarse con el sufrimiento de desconocidos, como nos pasó con Julen, o alegrarse con victorias deportivas de extraños, como nos pasa con la selección de fútbol, no se puede explicar sin tener en cuenta estas identidades no elegidas. Y la lengua es un elemento fundamental de la identidad no elegida.

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Víctimas y las izquierdas

El espacio político de las víctimas debidas a procesos sociales, como acciones políticas violentas, discriminación, explotación… es doble. Por un lado, las víctimas necesitan reparación. Una víctima necesita que socialmente se le reconozca la dignidad de su dolor y el derecho a algún tipo de reparación, tanto material como simbólica. Pero por otro lado, el problema del dolor sufrido se transforma con facilidad en un áurea de prestigio, hasta el punto de que si no se está de acuerdo políticamente con la víctima, parece que se está con los verdugos.

Este potencial simbólico de la víctima para acallar al que no está de acuerdo ha sido tan explotado por el PP con las víctimas del terrorismo etarra, que no de otro tipo de terror, que ha llevado a que recientemente la propia AVT se haya quejado de los excesos de Pablo Casado en su intento por apropiarse de este capital simbólico.

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Votos o plomo

En la entrevista de Évole a Maduro hay un momento en que Maduro no responde bien y que Évole no repregunta; la respuesta adecuada posiblemente sea la clave para entender lo que está pasando. Évole le pone en la tesitura de cómo alguien que se dice que está en el bloque de emancipación de los pueblos puede tener como aliados a Rusia, China o Turquía. Lo interesante es que esa pregunta también se la podemos hacer a los defensores de la democracia y la libertad, que tienen como aliados a regímenes medievales.

Plantear que las razones que están argumentando los Estados y muchos agentes políticos a favor o en contra de cada bando de la crisis venezolana tienen que ver con la emancipación, la libertad o la democracia, genera demasiadas contradicciones en cada bando. Es verdad que la situación económica en Venezuela es catastrófica, pero en parte es por el boicot que cesaría si triunfa el golpe de Estado, como ya vimos en su momento en Chile. La delincuencia alcanza cifras que parecen describir una guerra más que un problema de orden público, lo mismo que en otros países de la región. Se habla de represión política, pero no oímos hablar de los 150 líderes sociales y políticos asesinados en Colombia. La catástrofe humanitaria en Centroamérica produce un éxodo humano ante el que Trump más que insensible, se muestra cruel, tratando a los niños como delincuentes que separa de sus progenitores, sin importarle que mueran de frío (literalmente).

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Eterno y universal

En estos tiempos líquidos y fragmentados de vínculos sociales débiles y frágiles de empleos precarios, sin puntos de vista dominantes, pensar en lo eterno y en lo universal se nos presenta como un absurdo patético y trasnochado. O revolucionario. La funcionalidad de los excesos del relativismo posmoderno con respecto a la solidez del capital ha tejido una matriz de pensamiento en la que se da por supuesta la falta de asideros morales y cognitivos, y nos lleva a asumir que todo lo moral colapsa en la relación entre personas como una mercancía más, donde dinero y valor se convierten cínicamente en lo mismo, y que ya que toda verdad es relativa, no se puede diferenciar de la simple mentira. Medio siglo celebrando el relativismo ha pavimentado el camino hacia las noticias falsas.

Recuperar la idea de lo eterno y universal, ideas en cuyo nombre la humanidad ha cometido las mayores barbaridades, puede ser un punto de crítica al tiempo que una guía de emancipación. Por ejemplo, siguiendo a Badiou, la izquierda tiene ideas eternas y universales. Las condiciones históricas varían infinitamente, pero en cada contexto, la izquierda es la expresión particular de ideas que siempre están (eternas) y que nos interpelan como humanidad (universales). Sabemos que un movimiento histórico es un caso particular del despliegue de la izquierda universal cuando lucha contra la opresión, la explotación o la marginación. Cuando un grupo humano quiere aniquilar a otro grupo humano, cuando vive a costa de su trabajo o cuando no le reconoce completamente como humano, vemos una encarnación del mal. Y los grupos que luchan porque no haya otros que controlen sus vidas, que se aprovechen de su trabajo, que luchan contra ser discriminados, encarnan la humanidad que  todos llevamos dentro. Como humanos, son los perdedores en la explotación, en el reconocimiento o en la participación política, quienes en sus luchas particulares encarnan nuestra universalidad.

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Adolescentes diversos en las mismas aulas

La LOGSE nació con un prejuicio clasista que llevó al aumento del fracaso escolar y de la desigualdad de oportunidades educativas. Este prejuicio clasista consiste en considerar que la educación obligatoria debe ser una pequeña universidad. Es un prejuicio atávico, que deriva de la división entre quienes se ensucian y sudan cuando trabajan y quienes no. Para la clase media, ir a clase, obligado por el Estado, para estudiar economía financiera está bien, pero no para aprender carpintería o peluquería.

Antes de la LOGSE se apreciaba con claridad tres tipos de adolescentes: quienes se preparaban para ir a la universidad, para aprender un oficio o se quedaban en la calle, trabajando, sobreviviendo o en la marginalidad. La ampliación de los catorce a los dieciséis años se hizo con el discurso de la comprensividad, pero es poco comprensivo forzar a estar en las aulas a personas con inquietudes y necesidades que no quedan reconocidas durante la escolarización obligatoria. No es comprensivo diseñar una educación secundaria obligatoria tan academicista, con contenidos que reflejan las antiguas licenciaturas, pero que deja de lado la preparación de oficios y a quienes necesitan de más atenciones que las estrictamente educativas. Una educación obligatoria en la que el Ministerio fija con detalle gran cantidad de contenidos, de forma que la autonomía docente se ve reducida a entrenar a estudiantes para que memoricen libros de texto y procedimientos de cara al examen, sin el tiempo lento necesario para el aprendizaje significativo.

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El dinero es lo mejor

Hace unos días un economista, Jesús Fernández-Villaverde, en El Mundo, se burlaba de los politólogos a cuenta de un problema de justicia distributiva, que, por su sencillez, nos sirve bien para entender el sentido común del capitalismo. En su universidad había que repartir despachos. Los economistas decidieron una subasta, así que al final se logró una situación eficiente, pues cada colega pagó según la puja. Nadie discutió la situación resultante. Los politólogos se pusieron a discutir sobre criterios, como antigüedad o méritos de investigación. Generaron una gran polémica, con muchos agravios personales, y todos descontentos. Por tanto, es mejor el mercado, un mecanismo ciego al que se enfrenta cada individuo, que pone a cada uno en su sitio según sus gustos, su esfuerzo y su capacidad. Lo malo es discutir quienes somos, explicitar los criterios de la jerarquía social, discutir cómo nos queremos organizar mediante la deliberación, la reflexión y la toma de decisiones colectivas conscientes.

El primer problema que le veo a la ideología utilitarista pro-mercado es de equidad. Un liberal como Dworkin ya señaló que para que una subasta sea justa, deberíamos igualar en recursos a quienes en ella participen, de forma tal que el resultado dependa solo de los gustos individuales, y no de la desigualdad. Cuando sabemos que lo que más garantiza ser millonario es ser hijo de millonario, o por lo menos de clase media alta, el mercado tiene un serio problema de equidad, pues simplemente es un mecanismo aparentemente neutro al servicio de la voluntad de los ricos, que pueden imponer lo que quieren al resto de la sociedad bajo la apariencia de un contrato libre. Los defensores del mercado dirán que es la institución en la que se consagra la libertad, pues no hay imposición. Pero esto es una falacia, pues cuando hay asimetría de poder en un acuerdo, no hay libertad, hay dominación de quien tiene más poder sobre quien tiene menos.

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Pobreza, desigualdad y educación

¿Quién es pobre? Según Eurostat, en España es pobre una persona con una renta equivalente neta de 760€ al mes, mientras que en Rumanía, descontando el efecto de que el coste de la vida es diferente, la frontera de pobreza está en  240€. Estos datos se refieren a 2016, último año disponible. Si miramos la evolución temporal, en España la frontera de pobreza (descontada la inflación), varía, en números redondos, entre 800€ en 2008 a 650€ en 2013 (para hacer la estimación de la frontera de pobreza para una familia con dos personas adultas y dos menores, que llamaremos “familia tipo”, habría que multiplicar por 2,1). Si todavía queremos complicar todo esto un poco más, o dicho de otra forma, ser más realistas, debemos tener en cuenta que el coste de la vida puede variar considerablemente dentro de un mismo país.

Con los datos anteriores quiero llamar la atención sobre el hecho de que por un lado, le damos mucha importancia a los efectos de la pobreza sobre el éxito educativo. Pero por otro, la definición que estamos manejando de pobre varía considerablemente, en un país a lo largo de unos pocos años, o en un mismo año, entre países o dentro de un país. Hasta cierto punto tiene sentido que manejemos un concepto de pobreza relativo, pues las condiciones de vida mínimas siempre se establecen en un contexto social dado. El padre del liberalismo, Adam Smith, ya señaló, con una metáfora del siglo XVIII, que pobre es quien no tiene una camisa nueva para ir a misa, es decir, quien no mantiene cierto mínimo de condiciones dignas para el estándar de la época.

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El chiste y su relación con lo social

Lo que nos hace reír es tan variado como personas y momentos hay. Pero en términos sociales se pueden observar ciertas lógicas implicadas en los mecanismos del humor. La risa une y separa grupos. Por un lado, el humor cohesiona: reír juntos no solo es un momento agradable, también es un momento para resaltar la complicidad, los marcos de sentido compartidos, y cómo nos reímos cuando se rompen. Esta ruptura puede ser una marca de distancia social. Por ejemplo, ser irónico o sarcástico, gastar una broma, o burlarse de alguna característica de alguien puede ser una prueba de gran confianza, de cercanía social. No calibrar bien esta medida es pecar de confianzudo. De esta forma el humor sirve para reforzar lazos y equilibrios sociales.

El humor suele conllevar una distancia social. No sé quién fue la primera persona en dar la fórmula "drama + tiempo = comedia", fórmula a la que hay que añadir distancia. El humor negro es imposible en el momento en que una persona implicada vive la desgracia, pero a medida que nos alejamos en el tiempo y en el espacio cobra gracia, aunque sea de muy mal gusto. La distancia del humor también es social. En la jerarquía social, nos reímos de los que están "abajo" y "arriba".

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Pornoviolencia

La serie El cuento de la criada ha levantado cierta polémica por la recreación estética que hace de la violencia. Surge la tensión de si esta representación de la violencia, especialmente contra las mujeres, tan bella formalmente, y por eso más impactante, es más bien una denuncia o una exaltación, y hasta qué punto se puede mantener el nivel de denuncia de la serie sin tener que pasar por el mal trago de las escenas más fuertes.

El problema de esas escenas no es tanto de si son prescindibles para denunciar, para hacer un producto más apto a todo los públicos, o si en vez de denuncia realmente son exaltación. El problema es que todo eso es real, pasa ahora mismo o ha pasado no hace tanto, en concreto en el caso español durante la Guerra Civil y la dictadura fascista.

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La negación de la negación

La negación de la negación es una afirmación. Doce millones de votantes hemos estado felices con la negación del gobierno del PP, felices de que se vaya un presidente indolente, ministros soberbios, una política económica que lleva al saneamiento macroeconómico mediante el aumento de la miseria de las familias más pobres, que no sabe separar la religión y el Estado, que humilla a las víctimas del terrorismo fascista. En fin, estamos contentos en negar un gobierno al que solo apoyaba una de cada cinco personas con derecho a voto. Pero ahora hemos entrado en otra fase, la negación de la moción de censura, es decir, un gobierno en positivo. En votantes, este gobierno es más débil que el anterior, pero en conectar con el espíritu de los tiempos ha hecho una jugada maestra, pues los nombramientos a los que hemos asistido captan bien las principales tensiones de la sociedad española, y apuntan a buscar soluciones de forma activa, en vez de negar los problemas, o peor aún, acrecentarlos mediante la pasividad, como ha hecho Rajoy.

En política económica, hay escaso margen en el corto plazo, una vez que los presupuestos están aprobados y a lo sumo quedan dos años de legislatura. En diversas partidas presupuestarias la ejecución quedaba muy por debajo de lo presupuestado, como en Ciencia, así que ajustar a lo previsto, ya puede ser una gran revolución. También hay que mirar en el largo plazo. Con tanto ruido diario, se nos pasó la cesión de Rajoy a Merkel a la hora de pelear por los mecanismos de integración económica que amortigüen los efectos de la próxima crisis económica (les recuerdo, “amigüitos”, que el capitalismo es burbujeante, así que vendrá otra crisis). La UE debe ir hacia la mutualización de la deuda pública y a un fondo de solidaridad con cargo al presupuesto europeo.

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