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Marruecos gana, Vox crece y el Gobierno llega tarde

Un migrante intenta cruzar a España desde Marruecos el pasado 31 de julio, en Ceuta (España).
26 de agosto de 2026 21:09 h

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El presidente comparecerá finalmente en el Congreso, a petición propia, casi un mes después del inicio de la entrada masiva y tras tres semanas intentando que bastara con enviar a cuatro ministros en su lugar. Desgraciadamente es un patrón habitual en la gestión de las crisis por parte de este gobierno, donde lo correcto llega tarde y además bajo presión, haciendo que lo que podría haber sido iniciativa parece una cesión. La consecuencia de ese silencio parlamentario, con varias narrativas alternativas compitiendo por explicar lo ocurrido, es una ciudadanía desorientada. Van aquí cinco tesis para ordenar el cuadro.

En primer lugar, no podemos olvidar el marco geopolítico de fondo, que sorprendentemente está ausente en la mayoría de las conversaciones. Baste con recordar dos cosas: 1) que la Unión Europea externalizó sus fronteras, pagando miles de millones de euros a países como Turquía, Libia, Túnez, Egipto o Marruecos para que se encargaran de frenar los flujos migratorios en sus territorios, y 2) que, tras perder las elecciones en 2020 pero antes de irse de la Casa Blanca, Trump reconoció la soberanía marroquí del Sáhara Occidental y, a la vez, Marruecos restableció las relaciones diplomáticas con Israel. Una transacción que no es menor para lo que nos ocupa.

Como consecuencia de lo anterior, Marruecos se sabe actualmente mucho más fuerte en su relación con España. No solo tiene la llave que maneja el caudal de inmigrantes que llega al territorio español, lo que les permite manufacturar crisis políticas en nuestro país, sino que también cuenta con el respaldo de dos poderosos aliados (EEUU e Israel) que, además, están enfrentados a España. Para estos países, Marruecos es un socio fiable y estable, aunque solo sea porque es una monarquía autoritaria cuya voluntad no depende de las elecciones y que además no tiene reparos en usar a su población como peones prescindibles. El interés geopolítico por el control del estrecho de Gibraltar no es tampoco menor. Marruecos ya puso a prueba ese nuevo poder en 2021, cuando 8.000 inmigrantes entraron en Ceuta; sucedió como represalia y apenas un mes después de que se supiera que el líder del Frente Polisario estaba siendo atendido del COVID-19 en España. El gobierno español se plegó concediendo la destitución de la ministra de exteriores en julio y, un año más tarde, el reconocimiento en la práctica de la soberanía marroquí sobre el Sáhara.

En segundo lugar, la crisis internacional y geopolítica se solapa con la crisis humanitaria. El flujo de inmigrantes procedentes de países pobres que aspiran a llegar a países más ricos no se detiene. La externalización de fronteras simplemente ha hecho más caras y arriesgadas las travesías, pero la gente sigue optando por intentarlo. Ese empeño logra muchas veces abrir brechas en los dispositivos de seguridad, incluso en una frontera tan militarizada como la de la Unión Europea, sin ni siquiera necesidad del concurso de los países-porteros a los que pagamos. Eso aumenta el poder de chantaje de estos últimos, ya que siempre hay un flujo migratorio latente. Las aproximadamente 80.000 personas de esta nueva entrada combinan un flujo migratorio genuino, de personas con una planificación previa y claridad en el objetivo, con una masa altísima de curiosos que fueron atraídos por los mensajes en redes sociales que decían que se podía entrar en Ceuta. Eso explica la facilidad en el retorno de la inmensa mayoría, pero también la ausencia de disposición a irse de otra parte que se estima en 5.000-10.000 personas.

En tercer lugar, cuando tienes un movimiento migratorio de esas dimensiones, que duplica la población de una ciudad, es mucho mejor tomar medidas que se pasen a que se queden cortas. Porque rápidamente todas las infraestructuras se saturan y comienzan problemas de convivencia en el propio grupo entrante (altamente heterogéneo) y con la población local. La respuesta tardía del gobierno sugiere que en los primeros días de la crisis se procuró que, en ausencia de suficiente comida, agua y asistencia básica, todos se volvieran a sus lugares de origen. Pero el componente migratorio real no iba a retornar, y en consecuencia quedó desatendido y en condiciones lamentables durante días. La respuesta de reubicación del asentamiento llegó tarde, sin narrativa y con los ánimos ya encendidos. Lo mismo puede decirse de la decisión de crear, más de tres semanas después, un “mando único” con el que abordar la crisis en Ceuta. Una decisión correcta (mejor “pasarse”) que llega tarde y que para colmo había sido negada previamente; y cuya demora expresa fragilidad.

En cuarto lugar, la extrema derecha europea lleva décadas creciendo con el discurso anti-inmigración y usando una narrativa según la cual la Europa blanca se está perdiendo en el mestizaje con otras etnias. Es un discurso que también usan instrumentalmente los líderes de los países-porteros, como demostró Gadafi cuando advirtió a Italia en 2010 de que el destino de Europa era ser invadida por “hambrientos e ignorantes africanos”. Cuanto más miedo hay en Europa, mejor se paga a los porteros. El discurso de odio y miedo de Vox resulta ser funcional a los intereses de Marruecos, que ve su remuneración aumentar, y la actitud de Marruecos instrumentalizando la migración favorece las perspectivas electorales de Vox.

El discurso de la extrema derecha intenta reubicar este evento geopolítico (en realidad, una medida de política exterior) en un marco favorable para sus intereses electorales en todo el país: vender la idea de que España está amenazada por los extranjeros, apuntalando así el nacionalismo étnico que defienden los ultras y que está envuelto en mitos y rituales con bastante arraigo en España (la Reconquista, por ejemplo). La decisión de parte del gobierno de no responsabilizar a Marruecos tiene racionalidad diplomática, ya que se busca no echar más leña al fuego, pero deja todo el campo a la oposición. Y esa oposición, mediática y política, utiliza categorías como “invasión”, “ataque” y “asalto” libremente y con intención clara. El Gobierno no ha conseguido construir una narrativa pública convincente sobre lo ocurrido. No sabe, no quiere o no puede explicar públicamente lo que está pasando. Y eso, de nuevo, es otra muestra de debilidad.

En quinto lugar, la población ceutí es muy diversa, y eso debería ser advertencia de que su miedo no está necesariamente fundado en el racismo. Lo que tienen es una sensación de fragilidad y vulnerabilidad que no está justamente atendida, porque son plenamente conscientes de que una decisión unilateral de Marruecos puede paralizar por completo la ciudad (que ya tiene sus propias dificultades debido a la geografía). Precisamente lo que Ceuta necesitaba de forma rápida es no sentir que sus instituciones se desbordaban; pero la primera estrategia del gobierno contribuyó a que creciera ese sentir de orfandad. Como consecuencia, la sensación de pérdida de control fue muy intensa entre una parte importante de la población local. Es el apego a las estructuras cotidianas (centros de salud, institutos, centros de trabajo, lugares de ocio, etc.) lo que quedó amenazado, mucho más que una supuesta identidad española.

Finalmente, todo lo anterior no abunda en la idea de que Marruecos vaya a sentirse debilitado o simplemente preocupado. Más al contrario, me temo que de este embate sale tan reforzado, o más, que con el de 2021. El gobierno debería replantearse, como mínimo, su estrategia comunicativa, y recordar que lo que tiene racionalidad diplomáticamente puede ser desastroso comunicativamente. Pero yo iría más allá y exigiría reconducir toda esta estrategia de política exterior que solo conduce a fortalecer a quien te chantajea. Desde luego, España no podrá hacer ese giro en solitario —por ejemplo, las represalias comerciales o económicas requerirían un acuerdo europeo— pero tampoco parece que pueda ganar aliados en la UE si es incapaz de explicar mínimamente lo que está pasando. Aun así, ese escenario parece más halagüeño que simplemente repetir lo mismo que en 2021, cuando ya es claro que las cesiones no han conducido a apaciguar a nadie.

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