La Universidad pos-COVID y pre-IA
En menos de 6 años la Universidad ha recibido dos sacudidas mayúsculas. La primera fue a comienzos de 2020, y la provocó un virus. La segunda comenzó a finales de 2022 y el causante fue la inteligencia artificial. La COVID-19 vació las aulas y los campus y la IA se coló en ellos, invisiblemente omnipresente.
La pandemia obligó a cambiar de urgencia la forma de dar las clases, hacer las prácticas, examinarse… No tuvimos tiempo para debates pedagógicos ni para tomar la mejor decisión. Solo lo hubo para evitar el desastre que supondría cancelar por completo la actividad académica. En pocos días cambiamos la pizarra y el aula por la pantalla y nuestras casas. Y menos mal que disponíamos de la tecnología necesaria o se pudo desarrollar con cierta agilidad, como ocurrió con las plataformas de videoconferencia, que ya existían, pero no con las prestaciones que a los pocos meses eran comunes en un buen puñado de ellas. Por supuesto que hubo cosas que se hicieron mal o no del todo bien, pero salimos adelante y diría que con buena nota.
La mayor parte del profesorado tenía una escasa experiencia digital, pero con profesionalidad y mucha voluntad aprendimos a compartir pantallas, grabar materiales, organizar tutorías virtuales y hasta a hacer exámenes en línea. Las universidades ampliaron sus servidores, mejoraron a la carrera sus campus virtuales y compraron ordenadores portátiles para cubrir necesidades, incluso para algunos estudiantes. Lo que en circunstancias normales habría requerido crear varias comisiones, realizar un sinfín de informes y varios meses o incluso años de debate y tramitación, se hizo en semanas. Quedó demostrado que la Universidad puede cambiar rápido, siempre que no se eternice en planes estratégicos y burocracia, eso sí.
Pero conviene no confundir digitalización de emergencia con transformación digital de la educación. En general no se diseñó una verdadera docencia en línea: se trasladó la clase tradicional a una plataforma de videoconferencia. Los profesores hablábamos a una pantalla y los estudiantes atendían a vaya usted a saber qué.
Pasado el apuro, en poco tiempo la Universidad recuperó la presencialidad y su anómala normalidad previa a la pandemia. En todo caso, al menos una generación de estudiantes arrastrará carencias de aprendizaje, problemas mentales, dificultades emocionales y una relación distante con la vida universitaria. La emergencia terminó, pero sus efectos no del todo, al menos para una parte de los afectados.
Cuando todavía teníamos el cuerpo académico dolorido por los efectos del virus, se asomó al campus ChatGPT. Nadie toco a rebato entonces, aunque tras unos primeros meses de sorpresa, a la que siguió el desconcierto, la idea de prohibirlo se fue extendiendo. Era una solución tan irreflexiva como imposible.
Aquel primer modelo de ChatGP,T que ya apuntaba maneras pero fallaba como una escopeta de feria, dio paso a sistemas multimodales, capaces de trabajar con texto, voz, imágenes, vídeo y código, a los modelos capaces de razonar y a la IA agéntica. Además, las capacidades de los modelos mejoraron enormemente y se corrigieron o redujeron algunas de sus limitaciones y fallos.
Todo está acelerándose, pero las universidades casi no han reaccionado a esta nueva sacudida. Están todavía en una fase pre-IA. Mientras tanto, los estudiantes aceleran el paso. Según el informe de la Fundación CYD Uso y percepción de la IA en el entorno universitario II, elaborado a partir de una encuesta a 800 alumnos españoles de entre 18 y 25 años, el 90% utiliza inteligencia artificial y el 89% emplea asistentes de texto. Sin embargo, el 61 % de los estudiantes declara no haber recibido formación o apoyo de su universidad y el 46% considera que esta no promueve el uso de la IA.
Mis estudiantes ya no vienen a tutorías y algunos compañeros me dicen que a ellos no les van ni a clase. De hecho, el 27 % de los estudiantes encuestados por la Fundación CYD declara que asiste menos a clase ahora. La IA está forzando las costuras universitarias. En parte evidenciando fallos del sistema que ya existían y, por otro lado, mostrando la dificultad de la academia para atender a nuevas realidades, y también oportunidades, salvo que sean cuestión de vida o muerte.
La forma tradicional de realización de trabajos y exámenes está en cuestión. Hasta ahora asumíamos, a veces ingenuamente, que quien entregaba bien un programa informático, una redacción, la crítica de un texto o resolvía correctamente un conjunto de ejercicios en la hora de estudio, no solo los había hecho por sí mismo, sino que además los había entendido y había aprendido con ello. Ahora la desconfianza está instalada y opera por defecto.
Urge que docentes y discentes recibamos formación sobre la IA y su uso en la educación, pero no servirá de mucho si no repensamos también la educación: qué enseñar y cómo. La calculadora no supuso solo aprender a usarla sino desplazar la enseñanza desde el cálculo mecánico hacia la resolución de problemas.
Por pensar en alto, se me ocurre que habrá que dar más peso a las capacidades y habilidades más genuinamente humanas, muy especialmente las relacionadas con la comunicación oral y escrita. Diseñar actividades para realizar sin IA -incluso con espacios libres de IA, como los hay libres de humo-. También con ella, por supuesto, pero en este caso verificando respuestas, criticando propuestas, mejorándolo todo con nuestro esfuerzo cognitivo. Tendremos que cambiar la forma de evaluar, pero no solo para que no nos la metan doblada sino para que la evaluación sea una parte importante del aprendizaje, como tendría que haberlo sido siempre.
Al profesorado no solo habrá que formarlo en el uso de la IA sino, y sobre todo, en su buen uso pedagógico. Eso sí, los formadores no pueden ser especialistas en IA que no sean siquiera buenos docentes, ni especialistas en didáctica que no entiendan bien las tecnologías digitales, en particular la IA. Por cierto, este esfuerzo de los docentes no solo ha de agradecerse, como ocurrió durante la pandemia, sino reconocerse institucionalmente.
Por último, las herramientas no son todas adecuadas, ni gratuitas, ni confiables. O se tiene esto en cuenta desde un punto de vista de adopción tecnológica y de esfuerzo económico, o lo único que haremos es aumentar las desigualdades entre las universidades, su profesorado y los estudiantes.
La pandemia nos obligó a actuar sin casi pensar, no permitamos que la IA nos tenga pensando sin actuar.
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