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Artículos científicos y homilías

FOTO DE ARCHIVO. El papa León XIV en Ciudad de Vaticano. EFE/EPA/RICCARDO ANTIMIANI
18 de julio de 2026 22:22 h

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Los modelos grandes de lenguaje (LLM) permiten hacer informes sobre temas complejos, mantener conversaciones filosóficas con inusual soltura y altura intelectual, escribir trabajos científicos o dictar sentencias. Otro asunto es que convenga o no usarlos para según qué cosas.

Escribir requiere un doble esfuerzo. Primero hay que pensar lo que se quiere decir a través de las palabras y después hay que elegirlas cuidadosamente para pasar de la intención de comunicar a la acción, y hacerlo con corrección y claridad. Es muy tentador evitar ese esfuerzo de escribir y que lo hagan las máquinas con su usual verborrea. Si te enfrentas a la pereza de escribir, al bloqueo de la página en blanco o no tienes tiempo de documentarte, buscar referencias o incluso pensar, dale unas cuantas órdenes al cacharro y este escribirá por ti.

Hace poco escribí -yo, no la máquina- sobre el uso creciente de los LLM para realizar las revisiones de los artículos científicos que se envían a conferencias y revistas, e incluso para la escritura misma de dichos artículos. Para mí el problema principal de hacerlo así no es que esto pueda conllevar errores y engaños; incluso cuando el científico declare el uso de la IA y compruebe que la inteligencia artificial no ha cometido fallos o, si así ha sido, los haya corregido, habrá delegado en ella algo imprescindible para su formación y la mejora permanente de su condición de científico. Este es para mí el principal problema al que nos enfrentamos como científicos, en particular los jóvenes, que aún no han madurado en su formación como tales.

Richard Feynman advertía: “El primer principio es que no debes engañarte a ti mismo, y tú eres la persona más fácil de engañar”. Un LLM puede producir una argumentación coherente que confirme nuestras expectativas, suavice inconsistencias o rellene lagunas de conocimiento con aparente solvencia. El riesgo no es solo, ni tanto, engañar a otros, sino autoengañarse, aceptando sin más lo que apenas ha sido comprendido por uno mismo y renunciando a mejorar como científico por avanzar por el camino más fácil.

La escritura científica no es un mero envoltorio del descubrimiento; es parte constitutiva del proceso cognitivo. Formular un argumento obliga a ordenar datos, detectar inconsistencias y clarificar supuestos. Delegar esa tarea puede empobrecer la calidad misma de la investigación. El acto de escribir no es accesorio: es experimentar y aprender en un laboratorio conceptual, igualmente necesario o más que los espacios y los medios reales de experimentación. Además, este problema no se circunscribe a los científicos, sino que los estudiantes, desde edades muy tempranas, están mucho más expuestos a la delegación cognitiva derivada de un uso intensivo y acrítico de la IA.

Recientemente el Papa León XIV instó al clero de la Diócesis de Roma a que no preparasen homilías con inteligencia artificial. Según Vatican News, el Papa afirmó que dar una homilía es compartir la fe y la IA nunca podrá compartir la fe.

Aunque la doctrina de la Iglesia Católica afirma que el Papa es infalible cuando habla ex cathedra, no significa que no pueda equivocarse en sus opiniones. De hecho, creo que en esto se ha equivocado, o se ha quedado corto, al menos, si juzga que la principal razón, o incluso la única, por la que los sacerdotes no deben usar ChatGPT para escribir sus sermones es por la incapacidad de la máquina para transmitir la fe. Sí, soy consciente de mi osadía llevándole la contraria a León XIV en su terreno, pero trataré de explicarme y de convencerles al respecto, incluso a los creyentes.

Un LLM puede imitar el tono devocional, citar a los Padres de la Iglesia o estructurar con elegancia una reflexión sobre el Evangelio. Por supuesto, lo hará desde una recombinación estadística de textos previos, no desde una experiencia espiritual propia, pero si una homilía así preparada consigue ayudar a que el fiel entienda mejor el Evangelio, sienta que ese mensaje le habla personalmente y aumente su deseo de vivirlo en su día a día, tampoco estará tan mal, supongo. Sin embargo, al igual que en el caso del científico, creo que el problema muy real sería que, si un sacerdote delega en exceso en la máquina, sin mayor cuestionamiento, dejaría de ejercer lo más importante de sus responsabilidades: formarse, aprender y poder mejorar permanentemente, tanto en beneficio propio como de su comunidad de fieles.

Preparar una homilía exige leer, meditar, confrontar la propia vida con el texto bíblico y discernir las necesidades concretas de la comunidad. Si ese proceso se mecaniza, el sacerdote deja de ser aprendiz espiritual y artesano de la palabra para convertirse en editor de borradores y experiencias ajenas.

A primera vista, el sacerdote y el científico pertenecen a mundos distintos. Uno habla de una verdad divina, sustentada en la fe, y el otro de una verdad que se asienta en el método científico. Yo soy científico y agnóstico, pero comparto con el sacerdote la necesidad de contar con la confianza de los demás. De otro modo, nuestro trabajo sería estéril. Delegar la palabra en la máquina hasta el punto de involucionar profesional o espiritualmente, según el caso, supondrá perder la confianza de los otros y, a la larga, la confianza en uno mismo.

No seré yo quien diga que no hay que usar la IA en la ciencia o en cualquier otro ámbito personal o profesional, bien al contrario. Pero una cosa es su uso como ayuda y otra como sustituto del pensamiento. Además, en una cultura fascinada por la eficiencia, resulta tentador medir el valor de una herramienta por el tiempo que nos ahorra. Sin embargo, no todo tiempo ahorrado es ganado. Hay procesos cuyo principal valor reside precisamente en el esfuerzo que exigen, ya que solo a través de ese esfuerzo la persona y el profesional mejoran.

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