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“Los golpistas son cuatro locos”: las tretas de Queipo que condenaron a Sevilla la Roja y abrieron España a los rebeldes

Queipo arenga a las tropas en presencia de los principales mandos golpistas de Sevilla.

Antonio Morente

Sevilla —
17 de julio de 2026 21:41 h

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El destino de Sevilla el 18 de julio de 1936, hace ahora 90 años, se decidió en unas pocas horas. La ciudad en la que la mitad de los trabajadores estaban sindicados y en la que había un aplastante apoyo a las fuerzas de izquierda era considerada por los golpistas que el día antes sublevaron al Ejército de África como una de las plazas más difíciles de tomar. Pese a ello, Sevilla la Roja cayó a una velocidad meteórica, salvando así a los franquistas del hundimiento al darles la llave para establecer su mejor base en la España peninsular.

A todo ello ayudó el juego de tretas que desplegó el que a partir de ese momento sería el líder de los sublevados en el sur: el general Gonzalo Queipo de Llano, luego apodado el virrey de Andalucía. Y como en todo alzamiento, la suerte también jugó su papel, con tres momentos que cimentaron las opciones de unos golpistas que se desplegaron en una ciudad amodorrada a la hora de la siesta. Pero por encima de todo, la acelerada toma de la capital responde a un plan operativo muy bien diseñado que se empezó a pergeñar en febrero de 1936, al día siguiente como quien dice de la inesperada victoria del Frente Popular.

“Queipo no organiza nada del golpe en Sevilla, es un golpista de ultimísima hora” al que le endilgaron la tarea de alzarse desde Sevilla, “que no era plato de gusto”, apunta Leandro Álvarez Rey, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla, que recuerda que el por entonces inspector general de Carabineros llevaba años alardeando de su republicanismo. Esto produjo no poca confusión entre los sublevados en Sevilla, que no terminaban de fiarse de este “espadón republicano” y para más inri consuegro de Niceto Alcalá Zamora, hasta abril presidente de la República.

Barricada en la plaza de San Marcos, uno de los últimos focos de resistencia.

Un Ejército que “no fue depurado”

Pero vayamos por partes y situemos el contexto, en una capital andaluza en la que “estaba latente la inquina y el odio furioso de los militares a la República”, señala el también historiador Juan Ortiz Villalba, autor entre otras obras de Sevilla 1936. Del golpe militar a la guerra civil. Este caldo de cultivo propició que el general José Sanjurjo se viniese aquí en 1932 para una asonada (la Sanjurjada, el primer golpe militar contra la República) abortada en horas. Entonces cayó algún que otro mando, pero “el Ejército no fue depurado” tras aquello.

“Todavía no sabemos las razones que impulsaron a Queipo a ponerse con los sublevados”, indica Álvarez Rey, aunque ambos historiadores tienen claro que la caída de Alcalá Zamora tuvo mucho que ver. Pese a que fue el primer capitán general de Madrid que nombró la República, los sucesivos gobiernos acabaron destituyéndolo de cada cargo que ocupaba. Él, que es “de su carrera y sus medallas”, apostilla Ortiz Villalba, teme que le condenen al ostracismo de una plaza militar de escaso rango. Esto le lleva a acercarse al general Emilio Mola (director de la sublevación) con escaso éxito, ya que éste cree que es “un gancho del Gobierno” para destapar la traición.

Al final, tras la mediación de terceros, hay entendimiento y le encargan alzar la II División Orgánica con sede en Sevilla, lo que indica que en la fecha señalada tiene que estar por una capital andaluza a la que no estaba destinado. Pero como inspector general de Carabineros (una especie de guardias de aduanas) está en continuo movimiento por el país, y el viernes 17 de julio –cuando realmente empieza el golpe– aparece en Huelva con la excusa de acudir a la entrega de una bandera en Isla Cristina y después inspeccionar el puesto de Ayamonte.

El Guadiamar, “el Rubicón de Queipo”

Ortiz Villalba tiene claro que en realidad se está cubriendo las espaldas, acercándose a Portugal por si se tiene que exiliar como ya hizo tras la cuartelada en Cuatro Vientos en 1930. Pero la mañana del sábado 18 de julio todo está tranquilo y Queipo se entrevista con el gobernador civil de Huelva, al que le jura y perjura su fidelidad a la República y le dice que sí, que ha escuchado eso de unos sublevados en Marruecos, pero que eso es cosa de “cuatro locos” que no va a ningún lado.

Queipo ante las famosas tropas moras a caballo en las calles de Sevilla.

Al final pone rumbo a Sevilla y hasta es parado por una patrulla de la Guardia Civil, que tiene órdenes de detener a todo militar que esté en carretera por los movimientos sospechosos que se están produciendo. Tirando de rango, argumenta que va para recibir órdenes de las autoridades y le dejan marchar, unos pocos minutos antes de que desde Madrid se ordene su arresto. Este primer golpe de suerte ocurre entre La Palma del Condado (Huelva) y Sanlúcar la Mayor (Sevilla), por donde fluye un río Guadiamar que “fue el Rubicón de Queipo”, según Ortiz Villalba.

Al mediodía del 18 de julio, en una Sevilla con el runrún de las noticias de África corriendo por todos lados, hay reuniones en el Ayuntamiento y en la Diputación, pero no se toman medidas ante la calma chicha que reina. El gobernador civil, José María Varela Rendueles, abunda ante la prensa que “la normalidad en la provincia de Sevilla es reflejo exacto de la que existe en toda la Península”.

A continuación, toma una doble decisión que es el segundo golpe de una suerte que sonríe a los golpistas. Por un lado, y siguiendo indicaciones del Gobierno, ordena la disolución de los piquetes sindicalistas apostados por si acaso ante los cuarteles, con el argumento de no molestar a unos militares que se declaran indignados. Y por otro, decide que a partir de las 14 horas se vayan a sus casas a descansar buena parte de los guardias de asalto que desde el asesinato de José Calvo Sotelo el 13 de julio están en máxima alerta y custodiando edificios clave.

A Capitanía, escondido en un coche

Así que a la hora de la siesta, entre las 15 y las 16 horas, se puso en marcha la maquinaria golpista. “El autor del guión es José Cuesta Monereo [comandante de Estado Mayor] y el actor es Queipo, pero es un actor magnífico”, subraya Ortiz Villalba, que defiende que lo mandaron a Sevilla porque era amigo del general José Fernández de Villa-Abrille, comandante de la II División, en un último intento de captarlo para la sublevación y así facilitar las cosas.

Banderas blancas en las calles de Triana.

Queipo es introducido en la sede de Capitanía escondido en un coche para ocultarse a continuación en un despacho, y tras fracasar el último intento por convencerle, Villa-Abrille es detenido junto a otros oficiales fieles a la República. Álvarez Rey incide en que Villa-Abrille no se sumó al golpe, pero que sabía de los preparativos desde hacía meses y nunca lo transmitió a las autoridades, un ponerse de perfil que a la postre le salvó de ser fusilado y –aunque pasó un tiempo en prisión– hasta mantuvo su paga como militar.

Con los altos mandos ya arrestados, Cuesta Monereo se queda rematando el bando de guerra y conminando a otras guarniciones (Jerez, Córdoba, Granada...) a levantarse mientras Queipo se traslada al cuartel de San Hermenegildo, a tiro de piedra de la sede de la División, para empezar a lanzar tropas a la calle. Pero aquí, frente a lo que creía, se encuentra con que los oficiales no están dispuestos a sublevarse y esto nos lleva al tercer golpe de suerte: en franca desventaja numérica, los convence para ir todos a Capitanía para que Villa-Abrille dicte las órdenes. Allí son todos arrestados.

Miles de fusiles sin cerrojo

En el plan de Cuesta Monereo, la prioridad es controlar el centro de la ciudad. Los soldados van a la Plaza Nueva, con el Ayuntamiento en un extremo y el Gobierno Civil en el otro, y al principio los guardias de asalto creen que vienen a reforzar el enclave. Cuando se resuelve la confusión, los guardias pone en fuga a la tropa y hasta se hacen con algunas ametralladoras, que poco pueden hacer ante las piezas de artillería que traen los sublevados para bombardear la sede del Gobierno Civil y la de Telefónica. En pocas horas, todos los centros de poder político y administrativo están en manos de los golpistas, que ya han detenido también a las máximas autoridades de la ciudad.

Las tropas llegadas desde África fueron determinantes para inclinar la balanza.

Quitadas ya las caretas, los barrios obreros se movilizan son conseguir acceder al centro. Desde Triana se intenta asaltar la Maestranza de Artillería para hacerse con los 25.000 fusiles que allí se almacenan, algo que no consiguen pero que tampoco habría servido de nada: Cuesta Monereo había ordenado días antes quitarles los cerrojos para inutilizarlos. Al caer la noche, Queipo emite la primera de sus arengas vía Radio Sevilla (se estableció una conexión directa entre la emisora y Capitanía) y poco después se suma a los sublevados la base aérea de Tablada, donde ya se habían saboteado unos aviones que el Gobierno envió para bombardear en África a los sublevados.

La resistencia quedó en manos de una Guardia de Asalto que poco pudo hacer y que fue desarticulada con rapidez, manteniendo vivos los últimos focos los obreros y sindicalistas que levantaron barricadas en Triana, la Macarena, San Julián, San Marcos o San Bernardo. Las iglesias y conventos ubicadas en estos barrios populares, hasta 16, fueron quemadas por una turba que reaccionó contra unos símbolos religiosos que sabía que eran lo más preciado por unas derechas a las que culpaban de lo que estaba ocurriendo.

Las derechas no se fían

Unas derechas, por cierto, que salvo algún que otro exaltado de partida lo que hacen es taparse porque no están muy convencidas del éxito de la jugada: en la mente de todos está el fracaso de la sanjurjada y los falangistas por ejemplo están hechos un lío porque no tragan a Queipo, así que no asoman del todo la patita hasta que, controlada Tablada, se establece el primer puente aéreo de tropas de la historia. Empiezan así a llegar legionarios y los temidos moros, punta de lanza de unas tropas de Marruecos que son las mejores y más experimentadas de todo el Ejército español.

Huellas de los combates que se vivieron en las calles de Sevilla durante cinco días.

El 18 de julio anocheció en Sevilla con las cartas ya muy favorables a los golpistas, a los que en general no les han ido bien las cosas en la mayoría de plazas, hasta el punto de que Mola ya prepara su huida a Francia cuando escucha a Queipo por la radio y se da cuenta de que no todo está perdido. Pero pese a la ventaja de controlar el centro de la ciudad, y en medio de una huelga general que deja sin pan a la población, es la llegada del Ejército de Marruecos el que “saca las castañas del fuego” a los sublevados.

Aún así, fracasa el primer intento de tomar Triana el día 20, pero el 21 se forman tres columnas que hacen pinza y acaban con la resistencia. El siguiente paso, antes del resto de barrios, es tomar esa misma tarde Alcalá de Guadaíra para garantizarse el suministro de pan, y ya el 22 las tropas franquistas acaban con los últimos focos en la Macarena, San Julián y San Bernardo.

En estos días, el único peligro real al que tuvo que enfrentarse Queipo fue al de la columna minera que llegó el 19 desde Huelva, pero fueron traicionados por los guardias civiles que les acompañaban a las puertas de Sevilla y acabaron muertos o detenidos. El caso es que amanece el 23 con la ciudad ya en manos de los golpistas, que se concentran en una feroz represión mientras siguen conquistando el resto de la provincia pero sin una prisa excesiva y con columnas mixtas que se convertirán en la unidad básica operativa: tropas del Tercio y Regulares, soldados de infantería, guardias civiles o de asalto, falangistas y requetés. Los últimos pueblos en caer, el 11 de septiembre, son Villanueva de San Juan y Algámitas, en la Sierra Sur sevillana.

Una de las imágenes más conocidas de la represión en Sevilla, con una mujer llorando ante tres cadáveres en Triana.

Una historia mitificada

Así cayó Sevilla, víctima de un error de cálculo de las autoridades republicanas, que temían que los problemas más serios les llegaran desde sindicatos y fuerzas de izquierda antes que del Ejército. “Nunca ha habido un Gobierno que tuviera más información del golpe de Estado que se preparaba”, resume Álvarez Rey, que de paso desmonta la figura que Queipo se hizo de sí mismo, “no era ni un organizador ni un estratega, era más de bravuconadas”.

“La historia del 18 de julio se ha falsificado y ocultado para ensalzar el mito de que Queipo tomó Sevilla paseando moros en camiones”, apostilla Ortiz Villalba. Ambos historiadores desmientes que se enfrentase a decenas de miles de ciudadanos con un puñado de soldados, y recuerdan la desproporción entre la artillería y las escopetas de caza de los que resistieron, ya que se tomó tarde y mal la decisión de armar a los obreros.

Y como ejemplo de la tendencia a abrillantar su currículum del líder golpista, se recuerda la anécdota de que semanas antes de la insurrección informó al cardenal de Sevilla, Eustaquio Ilundain, de la que se avecinaba, y que éste preguntó que con qué apoyos contaba. “Con 180 hombres y con la ayuda de Dios”, vino a ser su respuesta, ante lo que su eminencia se llevó las manos a la cabeza. Tras el golpe, eso dio pie a Queipo de Llano a, en los chascarrillos de salón, bromear con que “el señor cardenal de Sevilla no cree en Dios...”.

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