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Miguel Roig

Miguel Roig (Rosario, Argentina) es director creativo del espacio cultural Hotel Kafka, del cual es socio fundador. Es autor de los ensayos Belén Esteban y la fábrica de porcelana, Las dudas de Hamlet y La mujer de Edipo.

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Un rasgo de vanguardia

Cuenta Quincy Jones que su debut con Frank Sinatra tuvo lugar en Mónaco en el año 1958. Fue en un show benéfico en el Sporting Club de Mónaco y entre los asistentes se encontraban los actores Cary Grant y Douglas Fairbanks Jr., el escritor William Somerset Maugham y, por supuesto, el príncipe Rainiero y su esposa, Grace Kelly. Según Jones, cuando así se lo indicaron se puso al frente de la orquesta y dio la orden de ejecutar la introducción del show.

El músico esperaba que Sinatra apareciera por un lateral del escenario, pero el cantante sorprendió a todos haciendo su entrada por la misma puerta por la que había ingresado la audiencia y comenzó a atravesar el salón lentamente, saludando a unos y a otros con toda tranquilidad, especialmente, claro está, a los príncipes anfitriones. Como marca el protocolo, al acercarse a ellos el cantante extendió su mano e inclinó la cabeza ante la Princesa de Mónaco. Acto seguido avanzó hasta la mesa de Cary Grant y, para desesperación de Quincy Jones, sacó un cigarrillo de su cigarrera y esperó a que el actor le diera fuego. Después de pegar la primera pitada y antes de seguir camino al escenario, cuenta Jones, no solo no menguó el aplauso sino que  toda la audiencia se puso de pie –príncipes incluidos. Recién al abrigo de ese fervor Sinatra llegó al escenario donde, sin soltar el cigarrillo, se puso a cantar Come fly with me.

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La Gioconda: memoria y marketing

La fotografía del Che de Alberto Díaz (conocido con el pseudónimo de Korda) tiene millones de reproducciones en camisetas, pins, carteles y anuncios publicitarios de todo tipo. Sin embargo, no hay el más mínimo movimiento sobre la imagen del Che, ningún comentario gráfico que disuelva su significado, ninguna intervención que altere su rostro. Todo lo contrario de lo que ocurre con La Gioconda.

Ya sea mediante un simple trazo de bolígrafo que deja unos bigotes sobre sus labios o una ambiciosa transformación a través del uso de Photoshop, la intervención sobre la figura de La Gioconda es una reafirmación desde el tiempo que nos toca, de nuestro estar aquí y ahora, una anotación que hacemos sobre un lienzo que nos precede y que nos sucederá. Todos escriben allí su contingencia.

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La ventana de Ana Frank

La niña Ana Frank consiguió ser personaje y autora a la vez, es decir, autora de sí misma escribiendo su propia circunstancia. Cabe preguntarse si gracias a su diario no fue convertida en personaje por sus opresores, ya que ese documento se convirtió en uno de los grandes testimonios del nazismo. El relato que se construye alrededor de Ana Frank incluye el edificio en Ámsterdam donde se encuentra el escondite en el que se ocultó con su familia y un pequeño grupo de personas durante la ocupación alemana entre el 9 de julio de 1942 y el 4 de agosto de 1944, fecha esta última en que un grupo de la policía, alertado por un delator, asaltó el lugar deteniendo a todos sus ocupantes y enviando a la mayoría a campos de concentración. El padre de Ana fue el único sobreviviente y quien tiempo después entregaría el libro para su publicación.

En la entrada del diario con fecha 5 de julio de 1942, Ana Frank escribe que están sacando cosas de su domicilio para salvarlas de los alemanes y anota que su padre la alerta por primera vez de que ellos también corren riesgo de caer en manos de los nazis. Cuatro días después, el 9 de julio, Ana cuenta cómo caminan bajo la lluvia por las calles de Ámsterdam hacia el edificio donde tenía las oficinas su padre y en el que se había adaptado una parte como escondite donde viviría a partir de entonces. En la última entrada, la del 1 de agosto de 1944, tres días antes que un oficial de las “SS” alemanas junto con tres miembros holandeses de la Grüne Polizei (policía verde) los detuviera, Ana habla del miedo. Pero no se trata del miedo paralizante ante lo que vendrá, sino del miedo propio de una chica de quince años, cumplidos hacía menos de dos meses: “Tengo mucho miedo de que todos los que me conocen tal y como siempre soy descubran que tengo otro lado, un lado mejor y más bonito. Tengo miedo de que se burlen de mí, de que me encuentren ridícula, sentimental y de que no me tomen en serio. Estoy acostumbrada a que no me tomen en serio, pero solo la Ana ‘ligera’ está acostumbrada a ello y lo puede soportar, la Ana de mayor ‘peso’ es demasiado débil”.

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Amarse a sí mismo

El diseñador de moda Tom Ford dirigió la película El hombre soltero (A single man) con una clara huella de Antonioni pero con la impronta lógica de un gran diseñador. Ford consigue un tempo preciso construido con el uso del silencio y la sencillez cromática sujetada por líneas de estilo clásico próximo a las imágenes de Vértigo y Con la muerte en los talones de Hitchcock, para contar la historia de George Falconer, un profesor inglés homosexual que da clases de literatura en Estados Unidos.

Falconer ha perdido en un accidente a su compañero sentimental después de más de tres lustros de vida en común y, creyendo que no puede superarlo, piensa acabar con su propia vida. La película se plantea, entonces, como el viaje a ese fin premeditado. Basada en la novela homónima del escritor Christopher Isherwood publicada en 1964, y considerada entonces como un manifiesto para los movimientos defensores de los derechos de los homosexuales, la película de Ford, sin embargo, sin apartarse de las intenciones de Isherwood, ofrece una mirada a la luz de nuestro tiempo mucho más amplia y nos habla, más que del mapa emocional que puede afectar a una opción sexual, de la condición del amor.

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Ambiciones

En su libro Mentira romántica y verdad novelesca, René Girad sostiene que Stendhal «contempla la monarquía constitucional pero no ha olvidado al Ancien Régime; ha vivido en Alemania y en Italia; ha visitado Inglaterra y está al corriente de las numerosas obras que aparecen sobre los Estados Unidos». Y se hace una pregunta fundamental: ¿por qué los hombres no son felices en el mundo moderno? «No somos felices, dice Stendhal, porque somos vanidosos.» La vanidad, según la entiende el escritor francés y lo explica Girard, afectaba a la corte y a los plebeyos; los unos intentando mantener distancia y los otros buscando integrarse a la casta, ambos a través del deseo, pulsión que articula la vanidad.

La revolución francesa no destruye la vanidad, cometido que también se traía entre manos ingenuamente, sugiere Girad, pero sí acabó con lo más importante, el derecho divino. A partir de la Restauración los monarcas acceden al trono, pero el auténtico poder está en otra parte. Stendhal, en su novela inconclusa Lucien Leuwen, señala que el auténtico poderoso es el banquero a quien, de manera paradójica, el rey imita convirtiéndose de este modo en rival de un súbdito. He aquí la decadencia, el deseo del noble no se proyecta dentro de la corte sino que desciende a la plebe. «La democracia es una vasta corte burguesa en la que los cortesanos están por todas partes y la monarquía en ninguna», afirma Girard.    

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Conducta en los velorios

No es novedad el ocultamiento de la muerte al punto de convertirla con la incineración generalizada de los cuerpos y el esparcimiento de las cenizas en una volatilidad total. La posmodernidad también ha impuesto entre otras levedades una religión vital –¿un fake mood?– frente a la exactitud de la muerte que proclamaba Ciorán. 

Como entre los gestos de la negación se suma el silencio cómplice en las ceremonias fúnebres, minimalistas, y el de los obituarios –también desaparecen las esquelas en la prensa–, es destacable una de las decisiones que ha tomado el exsenador John McCain quien, afectado por un cáncer terminal, ha hecho público a través de sus deudos que Donald Trump no estará entre los invitados a la ceremonia de su funeral en la Catedral Nacional de Washington.

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Las camisetas, el video y el libro

Los nazis buscaban refugio en la mitología kitsch imitando los símbolos y los ritos de Roma. Los fascistas italianos dieron un paso más e intentaron ser neorromanos, por eso se ataviaban como tales en sus reuniones públicas, portando fasces y rodeando de lictores a sus líderes. Si bien la figura de Francisco Franco se emparenta con una construcción similar, su universo kitsch se perfila con ejes diversos. Atendiendo, por supuesto, a las figuras de Hitler y Mussolini, Franco se interesó por el mariscal Philippe Pétain, la figura del Cid, pero fundamentalmente por los Reyes Católicos y la idea de la Reconquista.

La presencia de los Reyes Católicos y de Felipe II en su imaginario puede que de algún modo haya alimentado la obra cumbre kitsch de Franco, que no es otra que la actual monarquía. Una obra cumbre del kitsch que distrajo la mirada sobre la Transición.

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Hola, político

                              «Son los imaginarios más conservadores los que más partido están                                                                          sacando a la pareja velocidad y exceso.»

                                                                                                Remedios Zafra, El entusiasmo

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El vértigo y la caída

                  Si toda la política se reduce a una escenificación de la transparencia,                                                 el final de los secretos sería el final de la política.»                                                                                                                     Byung-Chul Han

 

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Las verdades absolutas

Borges dice que los hombres han repetido siempre dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares mediterráneos una isla querida, y la de un dios que se hace crucificar en el Gólgota. En tiempos de individualismo supremo y descomposición social como éste que vivimos, alcanzar Icaria está muy lejos de relatos colectivos como el que acabó con el grito de “¡Tierra!” en boca de Rodrigo de Triana al divisar las costas americanas o aquella frase de Neil Armstrong al pisar la luna, “Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”. Del mismo modo, ya no hay “crucifixiones” que se trasciendan a sí mismas como las ejecuciones de Ernesto Guevara, el Che, o la del líder afroamericano Malcolm X. O tal vez la nueva Icaria esté en la isla de Lampedusa y la muerte de cientos de migrantes que el intentar ganar la playa se convierte en un sacrificio.

Los relatos griegos encierran también la búsqueda de un conocimiento. Así, la travesía de Ulises enseña el camino plagado de obstáculos que hay que sortear con pericia, esfuerzo y una voluntad a toda prueba para alcanzar el destino. Por su parte, el relato bíblico es un camino hacia la fe. Homero enseña a ser marinero en tierra para llevar adelante nuestra propia vida; el texto bíblico, a través de la fe, ofrece las respuestas que nos podemos hacer sobre otra vida, la que no está aquí. Pero hay puntos de intersección entre ambos relatos: el amor cristiano tiene una lectura laica y ese vínculo es un lugar de encuentro que es muy difícil de localizar hoy día. En el supuesto meeting point cívico no encontramos a nadie. No se trata aquí del amor romántico que se anhela para encontrar una pareja, el que se desgrana con ruido y furia en los reality shows o el sublimado amor que disfrutan en las páginas de ¡Hola! las parejas reales. Se trata del amor del vínculo por un bien común, colectivo, que según el atajo que se escoja nos puede llevar a la convivencia cívica o a la salvación cristiana.

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