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Miguel Roig

Miguel Roig (Rosario, Argentina) es director creativo del espacio cultural Hotel Kafka, del cual es socio fundador. Es autor de los ensayos Belén Esteban y la fábrica de porcelana, Las dudas de Hamlet y La mujer de Edipo.

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El rabillo del ojo

Salgamos un momento del ruido que, llegando desde el pasado, pretende aturdirnos desde la Plaza Colón de Madrid. Vayamos a Keats y quizás podamos acercarnos a la verdad o, al menos, atisbarla por el rabillo del ojo.

Mucho se ha especulado sobre su poema Oda a una urna griega, cuyos versos finales encierran cierto enigma sobre los conceptos de verdad y belleza: 'Beauty is truth, truth beauty, –that is all / Ye know on Earth, and all ye need to know', ("La belleza es verdad, y la verdad belleza. En la tierra, / eso lo sabéis, y es cuanto os hace falta"). La lectura romántica es que lo bello emana de los sentimientos y eso lo hace verdadero, lo convierte en la única verdad. Pero una lectura contemporánea, como la del escritor José María Guelbenzu en su novela Un peso en el mundo, sitúa la verdad en el esfuerzo de comprender los fenómenos que se presentan ante nosotros a través del pensamiento. Su ejemplo es el mar y expone el sentimiento que puede despertarnos, en la orilla, recibir la miríada de gotitas de la rompiente. Esa sensación de placer e incluso de felicidad se puede traducir como algo bello y, sin duda, verdadero, pero eso no es la realidad. O sí, es la verdad del canon romántico que confunde realidad con aquello que los sentimientos leen acerca del mundo. Pero si alzamos la vista de la rompiente y la fijamos en el horizonte, distinguimos el cielo del espejo de agua y vemos el cuadro en toda su dimensión. Así veremos también que desde la línea imaginaria del fondo comienza el movimiento del mar, que llega hasta la base del malecón para romper, atomizado, en polvo húmedo y también, por qué no, emocionarnos. El ojo no confunde, sugiere Guelbenzu, pero el ojo sin la mente es poca cosa. La mente continúa siendo poderosa, ya que no solo acompaña el interés por saber, sino que guarda lo que se ha visto y lo devuelve cada vez que uno se lo pida. Eso es verdad, afirma Guelbenzu, y es bello que lo sea.

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«100 Years Challenge»

Vicente Verdú aseguraba, en un artículo no muy lejano, que la juventud se había retrasado hasta la cincuentena. No es aventurado afirmar que esa cota subirá a medida que avance el siglo XXI. Sí, tal como lo demuestra la «construcción» de una forma física ideal que no conoce límites y, por lo tanto, por mejor que el cuerpo esté siempre se puede aún poner más en forma, la consecuencia es que siempre se puede estar más joven.

Cada mañana el espejo desafía a la mirada y la tensión gira alrededor del pulso que se mantiene con el tiempo. Lo mismo ocurre con las imágenes de las redes sociales en las que se exhibe esa marca y así como el retrato de Dorian Gray envejecía señalando el paso del tiempo al retratado, las fotos en Instagram o Facebook, por el contrario, devuelven el engaño de un tiempo virtual.

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Otro tiempo posible

No nos olvidemos de Silvio Berlusconi ahora que Donald Trump y Jair Bolsonaro ocupan el centro del análisis político tan estresado con las perspectivas de la extrema derecha o la «derecha alternativa» [alt-right].

En los años en los que Italia era gobernada por Berlusconi, Umberto Eco afirmó que «Antes se decía que el futuro de Europa sería Estados Unidos. Hoy, desgraciadamente, el futuro de Europa será Italia. La Italia de Berlusconi anuncia situaciones análogas en muchos otros países europeos: donde la democracia entra en crisis, el poder acaba en las manos de quien controla los medios de comunicación. Así es que no se preocupen por nosotros, preocúpense por ustedes mismos.»

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El presente continuo

El sociólogo Richard Sennett reflexiona sobre el perfil cultural del artesano y la retribución de su trabajo. El artesano se implica a fondo con lo que hace. Un carpintero, por ejemplo, podría ganar más dinero si trabajara más deprisa, pero hay una exigencia moral en su trabajo, una entrega y una valoración de ese producto final. Por otra parte, hay una acumulación de experiencia a medida que el artesano trabaja, y ese poso empírico se traduce en calidad y en satisfacción por el producto realizado. Un obrero no tiene por qué ser ajeno a esta contingencia, como no lo es tampoco un escritor. Anton Chejov consideraba de igual manera su trabajo como médico y su labor como escritor, ambos bajo el criterio del arte, es decir, como una preocupación y una dedicación directamente relacionadas con la técnica y los resultados. Hace un tiempo el escritor Javier Marías opinaba en una entrevista que, en el contexto de la crisis, hay muchos escritores que, impulsados por la necesidad de sobrevivir, abandonan el proyecto de crear sus propios lectores y se embarcan en novelas policiales o históricas que cuentan con una circulación fluida en el mercado editorial y con una posibilidad de retribución económica mínima. Este punto que toca Marías, el de la adaptación, reconversión o reinvención, es un recurso al que el sistema empuja a muchos ciudadanos para no caer en los márgenes (en el caso de aquellos que lo pueden evitar).

Ken Levine, director creativo de BioShock, un videojuego que ha vendido ocho millones de copias de sus títulos, sostiene que este tipo de entretenimiento nos permite una suerte de "minibautismo", ya que al jugar renacemos en una nueva persona y experimentamos el mundo a través de otros ojos. De eso se trata, de la mutación de lo que somos en aquello en lo que debamos convertirnos para no salir del circuito que diseña la economía financiera. Una vez terminado el gran relato del trabajo tradicional, aquel que permitía planificar un ciclo vital y que tomaba del mundo del artesano su experiencia, ya que según se avanzaba en el tiempo se expandía y ratificaba la condición del trabajador, hemos pasado a un tipo de relación que se define, entre otras características, por el corto plazo. En la actualidad, es necesario pasar de una tarea a otra, desarrollando capacidades distintas, para coincidir con las exigencias de las demandas.

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El franquismo «kitsch»

Los nazis buscaban refugio en la mitología kitsch imitando los símbolos y los ritos de Roma; los fascistas italianos dieron un paso más e intentaron ser neorromanos, por eso se ataviaban como tales en sus reuniones públicas, portando fasces y rodeando de lictores a sus líderes. Si bien la figura de Francisco Franco se emparenta con una construcción similar, su universo kitsch se perfila con ejes diversos. Atendiendo, por supuesto, a las figuras de Hitler y Mussolini, Franco se interesó por el mariscal Philippe Pétain, la figura del Cid, pero fundamentalmente por los Reyes Católicos y la idea de la Reconquista.

La presencia de los Reyes Católico y de Felipe II en su imaginario puede que de algún modo haya alimentado la obra cumbre kitsch de Franco, que no es otra que la monarquía, ya que desde el poder tomó un príncipe, Juan Carlos de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, lo educó y lo formó a su medida; aceptó como su esposa a la princesa Sofía de Grecia y cuando lo creyó conveniente lo nombró su heredero. ¿No es acaso una obra capital del kitsch reproducir una monarquía y ponerla en circulación?

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El amor en los tiempos del capitalismo financiero

El filósofo André Gorz escribió en Carta a D. Historia de un amor: «Vas a cumplir noventa años. Has disminuido seis centímetros, apenas pesas cuarenta kilos y sigues siendo hermosa, encantadora y deseable. Hace cincuenta y ocho años que vivimos juntos y te quiero más que nunca. Sigo sintiendo en mi pecho un insaciable vacío que solo colma el calor de tu cuerpo contra el mío». La D del título del libro de donde se transcribe este fragmento es por Doriane, la mujer de Gorz, para quién él escribió este texto. En septiembre de 2007 fueron encontrados los cuerpos de ambos, sin vida, en la casa que habitaban en un pequeño pueblo francés. Doriane padecía una enfermedad degenerativa agravada por un cáncer y Gorz, de alguna manera, había adelantado este final en su libro: «Nos gustaría no sobrevivir a la muerte del otro. Nos hemos dicho a menudo que, si tuviésemos una segunda vida, nos gustaría vivirla juntos».

El cuerpo social se ha sido atomizado con la crisis de 2008 y, mientras seguimos en ella, cada individuo se ve obligado a conducir su vida con todo tipo de reparos. Nada es estable ni seguro: todo es flotante, frágil e inestable. Una vez dado el primer paso del proceso que describe el filosofo Alain Badiou, el del encuentro, el del enamoramiento, la suelta de pulsiones y pasiones, todo indica que se ha hecho pie y pareciera que al fin se llega a un refugio y se podrían dar las condiciones para crear lo que él llama «Dos», la gestación de algo distinto a lo que uno y otro son para compartir otra posibilidad y desbaratar el insoportable peso del individualismo a ultranza que reclama una posición de defensa y combate permanentes. Pero cuando empieza el intercambio, en la mayoría de los casos, sucumben a la presión exterior que es la que de algún modo dicta el comportamiento social y se sueltan amarras con el compromiso. Como muy bien señala Richard Sennett, hay un punto de contacto, una relación, entre el discurso del empleador cuando afirma «yo no te obligo» al trabajador que debe optar por condiciones laborales indignas y el «yo no me comprometo» del enamorado que coloca dentro de la relación el modelo consumista y lo reproduce advirtiendo que todo producto tiene caducidad, que es intercambiable, y el clímax virtual de esta secuencia sería la fantasía de que le devuelvan el dinero en el momento que comiencen a campar las insatisfacciones.

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El dilema

No hace demasiado tiempo el papa Francisco expresó, como tantas veces, su repudio a los que se atan al «dinero, los banquetes exuberantes, las mansiones suntuosas, los trajes refinados o los autos de lujo». Fue en el Vaticano, ante un auditorio en el que fue aplaudido desde la primera fila por el expresidente uruguayo Pepe Mujica. No es la primera ni la única vez que Mujica elogia a Francisco. En sus memorias, recalca su condición de ateo pero su convergencia con el Papa en el análisis y la búsqueda de solución de los problemas sociales.

Zygmunt Bauman cedió también al relato papal y no dejó de mencionar en sus últimas intervenciones una cita del Evangelii Gaudium, la exaltación apostólica de Francisco en la que afirma «las ganancias de una minoría están creciendo exponencialmente, al igual que el hueco que separa a la mayoría de  la prosperidad que disfrutan los pocos que son felices».

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La mano en la boca

Cuando se difundió la noticia de la autodestrucción del cuadro de Bansky en Sotheby’s, al observar la fotografía publicada en Instagram y reproducida por los medios, recordé otra, años atrás, en la denominada Situation Room (Sala de Contingencias) de la Casa Blanca, en la que el expresidente Barack Obama acompañado por parte de su gabinete y algunos mandos militares observan una pantalla en la que se transmite, en directo, la muerte de Osama Bin Landen a cargo de fuerzas estadounidenses.

En aquella foto, difundida entonces por Flickr, antesala de Instagram, el gesto de la exsecretaria de Estado, Hillary Clinton, es el mismo que el de la mujer que asiste incrédula ante la obra de Bansky que, como el mismo escribió en la red, «going, going, gone» (se va, se va, se fue). Clinton y la empleada de Sotheby’s son superadas por la realidad. Aunque la primera ya sabía o esperaba ese final de la operación, los hechos la superan; la mujer de Sotheby’s también es sorprendida por un giro inesperado del guion (o no: puede ser también un gesto ante la incertidumbre de si todo saldrá tal como se espera).

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¿Todos lo saben?

Me llama la atención que, en general, la crítica de la película Todos lo saben del director iraní AsgharFarhadi –salvo la excepción de Carlos Losilla en la revista Caimán–, se resuelva con un largo compendio de adjetivos comprometidos con el campo emocional. No solo eso, algunas reseñastambién comprometen al espectador con una revelación de un hecho que el realizador hubiera preferido que se descubra durante el visionado de la película. Pero así están las cosas. La prensa cultural hace años que ha pasado a formar parte de la información financiera, en el mejor de los casos; en el peor, deportiva. Hay, eso sí, reseñas que combinan las dos secciones, la del dinero y la del balón, en una sola pieza.

Hace un par décadas, en un artículo recopilado en La ciudad de las patrañas, David Mamet observaba el hecho de que las cifras de las taquillas de los cines y los teatros se publicaban como noticias y que estas, a su vez, servían para aumentar su éxito económico. Para Mamet el entretenimiento sustituyó al conocimiento. En otras palabras: la industria cultural ha desplazado a la cultura.

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Los «fast masters»

En «El libro de la risa y el olvido» cuenta Milan Kundera que un dirigente checo, llamado Clementis, acompañó al líder comunista Klemenet Gottwald en el balcón de un palacio de Praga. Corría el año 1948 y Gottwald se dirigía a la multitud mientras caía la nieve. De los camaradas que le rodeaban fue Clementis quien tuvo la deferencia de quitarse su gorro de piel y acomodarlo en la cabeza descubierta del líder. La foto de esa jornada se difundió por toda Bohemia: cientos de miles de ejemplares, afirma Kundera. Cuatro años después, Clementis cayó en desgracia y su presencia en el balcón fue borrada de la foto. Solo permaneció su gorro en la cabeza de Gottwald.

Nadie sabe el pasado que le espera, suelen decir los cubanos y es verdad.

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