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Miguel Roig

Miguel Roig (Rosario, Argentina) es director creativo del espacio cultural Hotel Kafka, del cual es socio fundador. Es autor de los ensayos Belén Esteban y la fábrica de porcelana, Las dudas de Hamlet y La mujer de Edipo.

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Amarse a sí mismo

El diseñador de moda Tom Ford dirigió la película El hombre soltero (A single man) con una clara huella de Antonioni pero con la impronta lógica de un gran diseñador. Ford consigue un tempo preciso construido con el uso del silencio y la sencillez cromática sujetada por líneas de estilo clásico próximo a las imágenes de Vértigo y Con la muerte en los talones de Hitchcock, para contar la historia de George Falconer, un profesor inglés homosexual que da clases de literatura en Estados Unidos.

Falconer ha perdido en un accidente a su compañero sentimental después de más de tres lustros de vida en común y, creyendo que no puede superarlo, piensa acabar con su propia vida. La película se plantea, entonces, como el viaje a ese fin premeditado. Basada en la novela homónima del escritor Christopher Isherwood publicada en 1964, y considerada entonces como un manifiesto para los movimientos defensores de los derechos de los homosexuales, la película de Ford, sin embargo, sin apartarse de las intenciones de Isherwood, ofrece una mirada a la luz de nuestro tiempo mucho más amplia y nos habla, más que del mapa emocional que puede afectar a una opción sexual, de la condición del amor.

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Ambiciones

En su libro Mentira romántica y verdad novelesca, René Girad sostiene que Stendhal «contempla la monarquía constitucional pero no ha olvidado al Ancien Régime; ha vivido en Alemania y en Italia; ha visitado Inglaterra y está al corriente de las numerosas obras que aparecen sobre los Estados Unidos». Y se hace una pregunta fundamental: ¿por qué los hombres no son felices en el mundo moderno? «No somos felices, dice Stendhal, porque somos vanidosos.» La vanidad, según la entiende el escritor francés y lo explica Girard, afectaba a la corte y a los plebeyos; los unos intentando mantener distancia y los otros buscando integrarse a la casta, ambos a través del deseo, pulsión que articula la vanidad.

La revolución francesa no destruye la vanidad, cometido que también se traía entre manos ingenuamente, sugiere Girad, pero sí acabó con lo más importante, el derecho divino. A partir de la Restauración los monarcas acceden al trono, pero el auténtico poder está en otra parte. Stendhal, en su novela inconclusa Lucien Leuwen, señala que el auténtico poderoso es el banquero a quien, de manera paradójica, el rey imita convirtiéndose de este modo en rival de un súbdito. He aquí la decadencia, el deseo del noble no se proyecta dentro de la corte sino que desciende a la plebe. «La democracia es una vasta corte burguesa en la que los cortesanos están por todas partes y la monarquía en ninguna», afirma Girard.    

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Conducta en los velorios

No es novedad el ocultamiento de la muerte al punto de convertirla con la incineración generalizada de los cuerpos y el esparcimiento de las cenizas en una volatilidad total. La posmodernidad también ha impuesto entre otras levedades una religión vital –¿un fake mood?– frente a la exactitud de la muerte que proclamaba Ciorán. 

Como entre los gestos de la negación se suma el silencio cómplice en las ceremonias fúnebres, minimalistas, y el de los obituarios –también desaparecen las esquelas en la prensa–, es destacable una de las decisiones que ha tomado el exsenador John McCain quien, afectado por un cáncer terminal, ha hecho público a través de sus deudos que Donald Trump no estará entre los invitados a la ceremonia de su funeral en la Catedral Nacional de Washington.

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Las camisetas, el video y el libro

Los nazis buscaban refugio en la mitología kitsch imitando los símbolos y los ritos de Roma. Los fascistas italianos dieron un paso más e intentaron ser neorromanos, por eso se ataviaban como tales en sus reuniones públicas, portando fasces y rodeando de lictores a sus líderes. Si bien la figura de Francisco Franco se emparenta con una construcción similar, su universo kitsch se perfila con ejes diversos. Atendiendo, por supuesto, a las figuras de Hitler y Mussolini, Franco se interesó por el mariscal Philippe Pétain, la figura del Cid, pero fundamentalmente por los Reyes Católicos y la idea de la Reconquista.

La presencia de los Reyes Católicos y de Felipe II en su imaginario puede que de algún modo haya alimentado la obra cumbre kitsch de Franco, que no es otra que la actual monarquía. Una obra cumbre del kitsch que distrajo la mirada sobre la Transición.

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Hola, político

                              «Son los imaginarios más conservadores los que más partido están                                                                          sacando a la pareja velocidad y exceso.»

                                                                                                Remedios Zafra, El entusiasmo

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El vértigo y la caída

                  Si toda la política se reduce a una escenificación de la transparencia,                                                 el final de los secretos sería el final de la política.»                                                                                                                     Byung-Chul Han

 

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Las verdades absolutas

Borges dice que los hombres han repetido siempre dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares mediterráneos una isla querida, y la de un dios que se hace crucificar en el Gólgota. En tiempos de individualismo supremo y descomposición social como éste que vivimos, alcanzar Icaria está muy lejos de relatos colectivos como el que acabó con el grito de “¡Tierra!” en boca de Rodrigo de Triana al divisar las costas americanas o aquella frase de Neil Armstrong al pisar la luna, “Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”. Del mismo modo, ya no hay “crucifixiones” que se trasciendan a sí mismas como las ejecuciones de Ernesto Guevara, el Che, o la del líder afroamericano Malcolm X. O tal vez la nueva Icaria esté en la isla de Lampedusa y la muerte de cientos de migrantes que el intentar ganar la playa se convierte en un sacrificio.

Los relatos griegos encierran también la búsqueda de un conocimiento. Así, la travesía de Ulises enseña el camino plagado de obstáculos que hay que sortear con pericia, esfuerzo y una voluntad a toda prueba para alcanzar el destino. Por su parte, el relato bíblico es un camino hacia la fe. Homero enseña a ser marinero en tierra para llevar adelante nuestra propia vida; el texto bíblico, a través de la fe, ofrece las respuestas que nos podemos hacer sobre otra vida, la que no está aquí. Pero hay puntos de intersección entre ambos relatos: el amor cristiano tiene una lectura laica y ese vínculo es un lugar de encuentro que es muy difícil de localizar hoy día. En el supuesto meeting point cívico no encontramos a nadie. No se trata aquí del amor romántico que se anhela para encontrar una pareja, el que se desgrana con ruido y furia en los reality shows o el sublimado amor que disfrutan en las páginas de ¡Hola! las parejas reales. Se trata del amor del vínculo por un bien común, colectivo, que según el atajo que se escoja nos puede llevar a la convivencia cívica o a la salvación cristiana.

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La mano invisible

Así como en el Metropolitan de Nueva York su dirección se opuso al retiro del cuadro «Teresa soñando» de Balthus, apartar la obra de Santiago Sierra de la última edición de ARCO solo provocó la reacción de Pere Llobera que se llevó la suya del stand de la galería F2 en la feria. Nada más, según cuenta Peio Riaño que entrevistó al artista en El Español Sólo Pere Llobera recogió sus obras y abandonó la feria. Nadie más. «Ni un comunicado del resto de artistas, ni uno de los galeristas, ni siquiera los directores de museos, como si no hubiese pasado nada», escribe Riaño.

Hace unos años, en 2012, el Museo Thyssen-Bornemisza, en un golpe comercial certero subastó en junio de 2012, en Christies’s, La esclusa ( The Lock, 1824) de John Constable por un valor de 20 millones de libras (24,8 millones de euros). En su día, el crítico de arte y exdirector del Museo del Prado, Francisco Calvo Serraller, escribió en el periódico El País que la construcción de la nueva ala del museo, supuestamente erigida para albergar la colección de la baronesa Carmen Thysen, “ha sido, en realidad, una plataforma para mejor subastar sus obras en el mercado internacional”. El caso del Thyssen es el primero que saltó a la opinión pública en el que se constata que el museo pierde su condición de tal para devenir en galería de arte, en una marca que pone en circulación una obra y consigue que esta se revalorice. La esclusa había sido adquirida por el barón Heinrich von Thyssen en 1990 a Sotheby’s por 10,78 millones de libras (casi 13 millones de euros), es decir, que en aquella  operación se obtuvo casi el doble de beneficio. Salvo el comentario de Calvo Serraller, entonces tampoco pasó nada.

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De qué hablamos cuando hablamos de amor

Tardes atrás, una amiga trajo a cuento en una conversación el recuerdo de un pasaje de la película Amor [1] de Michel Haneke, que narra el invierno de una pareja de franceses interpretada por Emmanuelle Riva, desparecida el año pasado, y Jean- Louis Tritignant, quien, por cierto, no solo está en activo en cine en el umbral de los noventa años, sino que hace apariciones en teatros: hace unos meses París estaba empapelado con carteles que anunciaban un unipersonal suyo con poemas de poetas franceses vivos. (¿Podríamos aquí asistir alguna vez, por ejemplo, por citar dos nombres, a Julia Gutiérrez Caba o a Héctor Alterio recitando a Gamonda, García Valdez, Maillard, Martínez Sarrión, entre otros poetas contemporáneos?)

Recordé entonces, volviendo a la conversación con mi amiga, algunas impresiones que me había sugerido la película y que incorporé en un libro [2] sobre la vida cotidiana de estos años de posteconomía, nuevas tecnologías y crisis perenne. En aquel texto rescataba  una crítica de la película de Haneke que había desarrollado en su columna política el escritor y periodista Gregorio Morán, por entonces en La Vanguardia, antes de que sus editores lo desterraran de sus páginas. No es curioso que lo hiciera Morán ya que también la crítica cinematográfica ha sido desplazada por textos publicitarios y está aislada en medios especializados o cuasi marginales. El hecho de que Morán y no un crítico escribiera en profundidad sobre Amor podría llevar a valorar la idea de que la defensa y el alcance del amor es, hoy por hoy, por qué no, una cuestión política.

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El guión

Esta semana se ha fallado el premio Alfaguara y en esta ocasión ha sido para Jorge Volpi. El escritor mexicano ha escrito un texto alrededor de un suceso que ocurrió en su país en 2005 en el que una pareja fue acusada de cometer un secuestro ante el cual las autoridades, para resolver el caso, urdieron un montaje que incluyó una puesta en escena televisiva de la captura de la pareja. Volpi no inscribe su obra dentro del género de no ficción, sino que la define como una novela sin ficción. De algún modo, el propósito de Volpi es ordenar un Estado de ficción para presentarlo en una novela, un artefacto de la imaginación, y cumplir por otra vía con la definición de Vargas Llosa: la verdad de las mentiras.

La emisión mediática de aquel suceso daba validez al montaje; el eslogan de la CNN «lo estás viendo, está pasando» es una definición que carga de garantías el guion de la telerrealidad.

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