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Miguel Roig

Miguel Roig (Rosario, Argentina) es director creativo del espacio cultural Hotel Kafka, del cual es socio fundador. Es autor de los ensayos Belén Esteban y la fábrica de porcelana, Las dudas de Hamlet y La mujer de Edipo.

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El tiempo que te quede libre

De tanto en tanto, es común toparse a media mañana con alguien que dormita en su coche, detenido en el aparcamiento de algún polígono industrial. No le damos importancia. No hay porque pensar en Jean-Claude Romand, el protagonista del libro El adversario, en el que el escritor Emmanuel Carrère relata la historia de este falso médico que durante años engañó a su familia y a su entorno con un empleo inexistente. O, al igual que en El empleo del tiempo, película de Laurent Cantet, en la que un asesor pierde su empleo e inventa un puesto en Naciones Unidas al que se supone que acude regularmente.

Hace poco, una crónica de Esteban Hernández en El Confidencial, muestra otro aspecto, muy distinto, de quienes lejos de ver pasar sus horas sin conseguir articular con ellas ningún sentido, están obligados a tributar su tiempo para facilitar el compromiso laboral. Cuenta Hernández que, en la Avenida de Bruselas de Madrid, en el polígono industrial del Distrito Telefónica, buena parte de quienes allí trabajan, llegan sobre las siete de la mañana, aparcan el coche y, arropados con una manta, duermen hasta la hora de entrar a trabajar. Llegar a las siete y media, advierte la crónica, implica no conseguir donde dejar el coche.

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La pared y la bandera

Quizás el paradigma del conservador más cercano que conocemos sea Mariano Rajoy. Su rasgo, su impronta, fue plantear que nada debía transformarse y, en la medida que pudo, jamás se movió de su perímetro para que la realidad fuera tan inalterable como su propio perfil, el de un hombre de provincias, inmutable ante cualquier circunstancia, que solo se permitía un desliz al exhibir en su mano un ejemplar del diario Marca o apresurando el paso, con indumentaria deportiva, en un parque o en una playa. La realidad, según Rajoy, en la que había inmolado su programa electoral, nivelaba todas las situaciones políticas, económicas y sociales como el agua sobre un terreno desigual. Nada se toca, fue su consigna, siquiera las leyes del matrimonio igualitario o del aborto, la cual, al no modificarla, le costó el puesto a un ministro.

Eso es ser un conservador radical. Los dirigentes de Vox no participan de esta visión porque más que conservar lo que buscan es restaurar el pasado que se les escapa por las rendijas del diario vivir. Vox ni siquiera entra en el debate del traslado de los restos del dictador Francisco Franco porque en su relato, Franco vive.

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Todas las libertades

Semanalmente aparece en The Economist la viñeta del humorista gráfico Kan, un dibujante de trazo barroco, clásico, pero de una acidez inmisericorde. No menos radical en su línea limpia es la viñeta diaria de Banx, en la página del correo de lectores del Financial Times. La prensa económica, amén de su clara funcionalidad con el mercado, no escatima rigor y es poco proclive a las sensibilidades de la corrección política. En un artículo publicado en español porLetras Libres, la escritora Amber A'Lee Frost, manifiesta su predilección por el Financial Times ante el New York Times: "la respuesta es simple: según prácticamente todos los estándares, el Financial Times es mejor periódico. Hace una cobertura del mundo tal y como es: una batalla global no de ideas o valores, sino de intereses económicos y políticos", escribe A'Lee Frost, y remata: "está claro que van [el Financial Times] con el otro equipo, pero al menos saben de qué va el juego".

Following the ill-advised, #antiSemitic cartoon of Prime Minister @netanyahu and US President @realDonaldTrump, @nytimes has decided to end its use of any and all political cartoons.Very unfortunate that it came to this..https://t.co/WQf486fKZi

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Quemados

Hasta ahora la fatiga crónica o surmenage era una de las causas por el exceso de trabajo, pero se ha detectado una nueva patología, el burnout o síndrome del trabajador quemado, enfermedad que la Organización Mundial de la Salud califica como un problema asociado al empleo o, aclara la OMS, el desempleo.

Un 10% de los trabajadores activos padece esta enfermedad y hay sentencias judiciales que la califican como accidente laboral. Los trabajos de máxima tensión emocional, como pueden ser los entornos financieros, los cargos ejecutivos o las tareas de seguridad, están entre las diez actividades más estresantes. Ahora bien, ¿hasta que punto el burnout prolifera en contextos en los que el trabajo está fuera de un marco mínimo de estabilidad? Es decir, el trabajo sin pautas temporales, por ejemplo, como ocurre con los zero-hour contract (contrato cero horas) británicos, que no garantizan un número de horas al mes trabajadas o, por ejemplo, los talleres textiles que operan clandestinamente en Europa con trabajadores chinos sometidos a salarios paupérrimos y jornadas laborales de extensión extrema.

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Mientras tanto

La cultura digital ha cambiado no solo hábitos, costumbres y formas de relación, sino las coordenadas del espacio y del tiempo. El escenario virtual se confunde con el real del mismo modo que un banco ensambla la gestión en red con la sucursal de ladrillo, al igual que el papel de los periódicos es un accesorio, un complemento; su versión digital es la nave nodriza. Lo temporal abona esta circunstancia, ya que el Internet de las cosas se puede interpretar como el tiempo de las cosas: a través de la voz o el teclado se sirve, a voluntad, cualquier pedido en el acto.

Cuando se habla de la abdicación de la política frente al capitalismo financiarizado que ejerce la gobernanza global, reclamando ideas y propuestas para la recuperación del mando, tal vez se obvie que los grandes programas, revolucionarios o no, desde Marx a Keynes, son procesos de un lento destilado y que poco tienen que ver con las herramientas tecnológicas y su desarrollo. La comparación lleva a pensar en competencia desleal. No se le puede pedir al buscador de Google un programa económico y social de cambio.

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El otro

Una de las anécdotas del Dos de Mayo, la fiesta de la Comunidad de Madrid, más comentadas por los medios fue la que protagonizó Pablo Casado al pasar frente al expresidente Ángel Garrido y no saludarle. Descortesía, mala educación, falta de talante; estas y más cosas le achacaron a Casado pero puede que, con probabilidad, no sea más que un malentendido. Tal vez lo que ha sucedido sea que tanto uno como el otro ya no sean los mismos y por eso no se han reconocido.

Garrido, que en eso parece ser más vanguardista que Casado, ya ni siquiera está en el Partido Popular y quizás no lo haya estado nunca porque parece, incluso, no recordar a su antecesora; de todos modos, ¿alguien se acuerda de Cristina Cifuentes? Hasta la misma Universidad Rey Juan Carlos ha sido borrada de sus memorias. (Aunque, en realidad, según manifestaban sus estudiantes concentrados el año pasado en Vicálvaro, «no es Cifuentes, es el sistema», pero también pareciera que el sistema después del 28A se ha tomado unos días de descanso.)

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¿Arde Dios?

Arde Notre-Dame y hay quienes ven en la catedral una imagen onírica de Europa en llamas: la desintegración, los nacionalismos rampantes, el fascismo a pie de calle. Hasta hay quien recuerda a Heine y su lamento de que la modernidad no tenía hechos tan sólidos como una catedral, señalando al gótico con sus razones de piedra.

Arde Notre-Dame así como ardió París en el siglo pasado y en los tiempos de la revolución. Arde también la religión y Dios hace tiempo ya que solo es humo porque, como señalaba Bauman, la forja del individualismo actual implica también la creación de un Dios personal, un nuevo dios que, "se hace uno a medida, como de bricolaje" y da por muertos a los demás dioses.

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Salvados por Francisco

"El Papa tiene claro a lo que viene. 'Hablaremos de refugiados'. 'Bueno, Santidad, pero si sale algún otro tema...'. 'Usted pregunte, pero yo no le contestaré'. Todo dicho con una sonrisa que te desarma. Yo también sonrío. Saluda a todo el equipo. Uno por uno. Se sienta. No quieren que haya agua encima de la mesa. Trago saliva. Estamos grabando".

El que narra esto es Jordi Évole después de realizar su entrevista al papa Francisco para su programa Salvados. Es curioso pero resulta tan interesante esta entrevista como el making of, el "así se hizo" de este programa. Las peripecias previas durante más de cuatro años hasta poder llegar finalmente a su producción; los detalles –las exigencias– del último elemento del decorado; las declaraciones de Francisco, después de la entrevista confesando que había llorado pensando en la concertina que puso Évole en sus manos. Si la Biblia es una suerte de making of de la creación, toda la narración circulante de esta emisión de Salvados, de algún modo, es el relato del fuera de cuadro de una valiosa pieza periodística.

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Las armas de la red

A finales de los años ochenta, cuando vivía en Buenos Aires, solía ver, al cruzar la Plaza de Mayo, delante de la Casa Rosada, al solitario corresponsal de la CNN con los auriculares calzados en su cabeza y micrófono en mano, encarando a una cámara mínima, montada en un trípode y operada por un camarógrafo que, a su vez, atendía a un pequeño equipo con el que enviaban la señal al satélite. A veces me demoraba observando su trabajo y alguna vez, incluso, conversé con ellos en algún momento de descanso. Unas décadas después, la cámara está en el bolsillo de todos y la pantalla, también. Incluso en la de los terroristas.

Casi todos, el 11 de septiembre de 2001, vimos, en directo, atravesar el segundo avión en la torre sur del World Trade Center. El primer avión lo vimos después, en diferido, como la apertura de un relato que aún retenemos. "Aquel segundo avión parecía afanosamente vivo, y animado por la maldad, y absolutamente extranjero. Para los millares de personas que estaban en la Torre Sur, el segundo avión significó el fin de todo. Para nosotros, su fulgor fue el fogonazo mundial del futuro que nos aguardaba" (Martin Amis, El segundo avión).

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La memoria

No es casual que, al presentar su tercera novela, el periodista y escritor argentino Reynaldo Sietecase, haya vuelto a recuperar a un personaje que atraviesa las dos anteriores: el abogado Mariano Márquez. Un asesino que protagoniza su primer libro, Un crimen argentino (Alfaguara, 2003), un clásico del género (saludado por Tomás Eloy Martínez: "una tradición inexplorada en el policial argentino: la unión de la política con el thriller de terror"). Un personaje secundario, letrado, intermediador de sicarios, en A cuantos hay que matar (Alfaguara, 2014) y, ahora, en la nueva novela de Sietecase, No pidas nada, Márquez no solo ha alcanzado la cima profesional en el campo del derecho sino que se permite, incluso, hacer justicia por mano propia. No necesariamente, de una novela a otra, es el mismo personaje como no es igual la función de Emilio Renzi en los textos de Ricardo Piglia ni se encarnan en sí mismos los personajes que se repiten en las ficciones de Juan José Saer; lo que permanece de un libro a otro, es decir en el conjunto de la obra de los tres autores, es el sistema.

El sistema de Sietecase es el intento de narrar una realidad, la Argentina, un país violento, una sociedad que a pesar de haber juzgado a los militares que perpetraron un genocidio, la justicia, sensible al hábito de garantizar impunidad al poder, representa un correlato hostil y constante que los ciudadanos padecen, al igual que la intemperie a la que se exponen los personajes del noir nórdico. En No pidas nada, ese territorio se extiende a Brasil, un espacio cuyos contrastes pueden entablar fuertes vínculos con las contradicciones argentinas.

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