Giorgia Meloni: Si no te gustan mis principios tengo otros pero el final siempre es el mismo
Si se leen de corrido las entradas del índice de capítulos de Yo soy Giorgia, la autobiografía de la primera ministra italiana Meloni, parecieran formar una letanía: “Soy una mujer”, “Soy una madre”, “Soy de derechas”, “Soy cristiana”, “Soy italiana”... Si a la oración se le piden también imágenes, el ejercicio podría convocar a Almodóvar pero si se ahonda un poco en el personaje, la relación se desbarata. Difícil conciliar a esta mujer con las protagonistas de las últimas películas del director, mujeres fuertes pero emocionalmente abiertas en canal. La integridad de Meloni es diferente; es el resultado del sedimento calcáreo que la política ha ido formando con los años en ella.
En lo más profundo de Meloni no se desata ninguna búsqueda de sí misma, como sucede con los personajes de Almodóvar; Meloni, al contrario, hace mucho tiempo que se ha encontrado. Repasando su vida, se diría, que desde el principio supo quién era y rápidamente, sin cambiar nunca el eje, comenzó la prédica de su credo.
En la campaña electoral de 2022 se viralizó un vídeo producido por un DJ con fragmentos de un discurso de Meloni y que ha tenido más de catorce millones de reproducciones. Como en el índice de su libro y bajo una mezcla rítmica de apoyo, Meloni recita su doctrina: “Soy Giorgia, soy madre, soy cristiana... ”. Pero aquí no se queda en la plegaria ya que advierte a los suyos del peligro de ser despojados de “todo lo que somos”. No aclara quienes son los usurpadores pero sí lo que podría ocurrir cuando ya no posean identidad ni raíces: “no tendremos conciencia”. “¡Quieren que seamos padre uno y padre dos!”, grita y se refiere a otro supuesto peligro: suprimir las restricciones que impiden la adopción de hijos a las parejas del mismo sexo en Italia.
En el video Meloni dispara sus líneas básicas como estímulos eléctricos que impactan en la multitud que le sigue en la plaza. El trabajo de edición del DJ es elemental, una mezcla más en medio de la campaña, pero ella despliega un magnetismo feroz para alimentar a su gente y atraer a nuevos conversos.
Esa es Giorgia Meloni: un relato duro, provocador, cuasi fascista, que se modula según la ocasión, con una digestión ligera y un contenido claro, directo al receptor. No balbucea ni se le escapan conceptos huecos como a Isabel Díaz Ayuso ni exhibe el maximalismo académico estéril de Álvarez de Toledo. Cuando la acusan de racista, recurre a Einstein y recuerda que en el formulario de la aduana al entrar en Estados Unidos, el científico escribió “humana” en el apartado “raza”. Cuando le hablan de diversidad dice que su sexo es el femenino, elegido por Dios y que la sitúa “en una parte específica de la raza humana”. La misma a la que pertenece Einstein.
Al contrario que Donald Trump, un aliado cuyo abrazo le ha hecho perder un referéndum la semana pasada, Meloni no desvaría y desecha la hojarasca retórica: naturaliza la intolerancia a la inmigración o el hecho de proporcionar ayudas económicas a quienes no tienen trabajo sin circunloquios.
Como buena italiana irrumpe públicamente con histrionismo avasallador, como cuando se presentó siendo ya primera ministra ante el presidente de la región de Campania, que la había insultado en un acto público con este saludo: “Presidente De Luca, soy la imbécil de la Meloni. ¿Cómo está?”. O bien, en las antípodas, puede citar un fragmento de Baudelaire para expresar su compasión por la trata de personas
El expresidente Felipe González, ante el fin del bipartidismo en España, alertó de que se estaba instaurando un marco político como el de Italia pero sin italianos. Hoy se podría decir que italianos somos todos y que Meloni lleva un tiempo gobernando sin sobresaltos en un escenario siempre sísmico. Por eso pensó que podría triunfar en el referéndum que buscaba modificar el sistema judicial, ante el cual la Asociación Nacional de Magistrados, que aglutina prácticamente a todos los jueces y fiscales, se opuso al considerarlo una vía potencial para “crear un poder judicial dócil y sumiso” que debilitaría el Estado de derecho italiano.
En la hoja de ruta de Meloni está también cambiar el sistema electoral para que la coalición más votada acceda a una mayoría cómoda. La joya de la corona, que imagina sobre su testa, reside en darle un carácter más presidencial a la Constitución italiana para desplazar el poder del Parlamento a un ejecutivo más fuerte, erosionando, claro está, la figura del presidente. Todo esto aún flota en el aire. O mejor dicho, Italia sigue con los pies en la tierra, ya que como afirma la politóloga Nathalie Tocci del Istituto Affari Internazionali, el italiano es un sistema que se caracteriza por “una extrema inestabilidad política combinada con estabilidad institucional”. El domingo pasado esa fortaleza se puso en evidencia.
Meloni ha entrado en este siglo con toda la fuerza de una romana que creció en el barrio de Garbatella, una ciudad jardín al sur de la ciudad, que construyó Mussolini. Allí, criada por una madre soltera que era miembro del Movimiento Social Italiano, el partido fundado en 1946 por los mismos funcionarios fascistas que sirvieron al régimen, creció Giorgia y con ellos, apenas cumplidos los quince años, comenzó a militar. Antes, a los once, la niña que solo se reunía con su padre unos días en verano, según cuenta en su libro, decidió no verlo más. Su madre, el barrio, la organización, todo confluyó para tener una idea de comunidad y fortalecer su idea de destino. Meloni cree en los lazos; la ideología es nociva, sostiene, y pertenece a los otros, a la izquierda. Los vínculos los confieren Dios, la familia y la patria.
Su propio Dios, claro está, que es ubicuo y en todas partes administra el orden según las circunstancias. La más alta expresión al respecto la encontró en Karol Wojttyla, de quien dice haber aprendido de su larga agonía el heroísmo de aceptar el destino de Cristo. Admira, de igual modo, el mensaje poderoso de Benedicto XVI y si bien respetó a Francisco, dice haberse sentido, alguna vez, “una oveja perdida”. Quizás esto lo haya conversado con Santiago Abascal, quien, al contrario, dio siempre por perdido a Jorge Bergoglio.
A cada uno de los papas lo contactó en posiciones políticas distintas, que van desde una consejería de la provincia romana con veintiún años o como la ministra más joven de Italia en el gobierno de Berlusconi hasta su cargo actual de primera ministra. Su carrera es vertiginosa y avanzó como una saeta desde las organizaciones juveniles, pasando por cuatro refundaciones del neofascismo, según cuentan los politólogos Daniel V. Guisado y Jaime Bordel Gil en Salvini & Meloni: Hijos de la Misma Rabia, desde el originario Movimiento Social Italiano hasta el actual partido Fratelli d’Italia que toma su nombre de la primera estrofa del himno italiano: Fratelli d'Italia / L'Italia s'è desta (Hermanos de Italia / Italia ha despertado), y en su escudo no oculta la llama tricolor de la bandera de Italia que representa el alma inmortal de Mussolini.
Meloni modula su aparición pública de manera espontánea y, así como su figura es poliédrica, se exhibe en los principios que sustenta el nacionalismo conservador pero cultiva el ideario de siempre, esencialmente fascista, nativista y, según exponen los textos doctrinales de Fratelli d’Italia aún vigentes, rescata la teoría de la conspiración del “gran reemplazo”. Así como giró hacia Bruselas después de haber dicho que Europa, de entrada, no, se mueve en un marco amplio para ganar terreno pero siempre sobre un mismo eje, siempre con el mismo destino final.
Más allá de una perenne empatía, Meloni es inasible y ciegamente inflexible en esas convicciones. El politólogo Lorenzo De Sio, de la Universidad Luiss, afirma que “Forza Italia, el partido de Berlusconi, y la Lega de Salvini firmaron un pacto con la clase media alta y los círculos empresariales tradicionales, comprometiéndose a proteger sus intereses, especialmente los fiscales. Fratelli d'Italia hizo lo mismo”. “El razonamiento es el siguiente”, explica De Sio, “el estilo y el legado no importan siempre y cuando la izquierda no vuelva al poder”.
Respetar este marco, en la medida que los procesos electorales se lo permitan, le da a Meloni capacidad para desarrollar su fin político, es decir, crear las condiciones para implantar su ideario neofacista. El sociólogo Lorenzo Zamponi, de la Scuola Normale Superiore de Florencia, reflexiona que un segundo mandato podría darle la oportunidad de afianzar su control del poder, como hizo Viktor Orbán en Hungría y Donald Trump en Estados Unidos.
En el prólogo de Yo soy Giorgia, Santiago Abascal cita a J. R. R. Tolkien, autor de cabecera de la primera ministra, para destacar que sus ideas están vivas porque “las raíces profundas no se congelan”. Apelando a la vindicación permanente de la maternidad que hace Meloni, habría que recordarle el pasaje de Madre coraje de Bertolt Brecht, cuando la protagonista observa el campo diezmado por la guerra y dice que los agricultores tienen tanta hambre que desentierran raíces para comer. Cuando los partisanos italianos llegaron a ese punto, tomaron las armas para detener a los fascistas.
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