Alexander Dugin, el ideólogo del proyecto euroasiático de Putin
En su libro Limónov, el escritor Emmanuel Carrère reproduce la confesión que el ex primer ministro ruso Yegor Gaidar hizo a un periodista antes de morir: “Tiene usted que comprender que no elegimos entre una transición ideal hacia la economía de mercado y una transición criminalizada. La elección era entre una transición criminalizada y la guerra civil”.
Gaidar sabía muy bien lo que estaba diciendo. Muy crítico con el programa económico de Vladímir Putin, en 2006 enfermó repentinamente mientras estaba en Dublín, víctima de un trastorno gastrointestinal. Los médicos le diagnosticaron una intoxicación de origen incierto. El trastorno era el mismo que había padecido el exagente y escritor Alexander Litvinenko: envenenamiento con polonio, una acción también llamada terrorismo radiológico.
La criminalización, como es público y notorio, es uno de los aspectos del proyecto imperial de Putin, que tuvo –¿lo tiene aún? – a un gran escritor de cámara, el polifacético Vladislav Surkov y a un filósofo que le provee un sistema de ideas. “Todos los verdaderos rusos son filósofos” escribió Dostoievski en Los hermanos Karamázov y Alexander Dugin, además de intelectual orgánico de Putin es un patriota ruso que incuba un proyecto imperial: Eurasia.
No deja de ser curioso que quien mejor expresa o al menos quien más publicita en Occidente la idea de Dugin sea Curtis Yarvin, el ideólogo del tándem que integran Peter Thiel y el vicepresidente J. D. Vance. Yarvin es partidario de dar carta blanca a Putin para que extienda el mapa ruso hasta el Canal de la Mancha y la mejor manera de facilitarlo es que Estados Unidos se retire de Europa.
La visión de Yarbin, compartida con el pensador aceleracionista Nick Land, es instaurar una monarquía tecnológica que abarque las tres Américas, desde el Ártico hasta la Antártida. Por cierto, el flanco sur ya está vigilado de cerca: Javier Milei es allí el referente y Thiel se acaba de instalar en una mansión que compró por doce millones de dólares en Barrio Parque de Buenos Aires, la zona residencial de las embajadas y buena parte de la clase alta del país. El mapa, según Yarvin, se arma con Europa y parte de Asia para la Rusia imperial, China en su sitio y América, una grande y tecnológica, de punta a punta para Estados Unidos.
Volvamos a Moscú, a un barrio en las afueras, en la residencia de verano de Alexander Puschkin, donde Dugin dio una charla al aire libre dos años atrás. El escritor James Verini, quien asistió a esa reunión, cuenta que al final del coloquio, en un corro que se formó, un joven asistente le preguntó a Dugin si era posible que desde el corazón del liberalismo, pudiera existir “algún vínculo con el Señor que lo atrape y derrumbe”. Dugin, un hombre profundamente religioso, asintió: “Podría ser”, concedió, “que alguien encienda una llama interior y lo derribe”. Su rostro se iluminó y gritó: “¡Ese sería Donald Trump!”.
Cuando la semana pasada, Palantir publicó su ya célebre manifiesto en X proclamando el advenimiento de la “república tecnológica”, Dugin lo retuiteo agregando un comentario que renovó aquella aseveración estival: “El Manifiesto de Palantir es mucho más importante que Trump. Trump es un peón insignificante en el tablero de ajedrez. Su rol es la destrucción total. La etapa de preparativos. Palantir es mucho más serio. Es el plan para salvaguardar el dominio en declive de Occidente por medios radicales”.
Si por un momento piensas que estamos rodeados de locos, estás en lo cierto. Santiago Abascal liga su destino a Trump del mismo modo que Marine Le Pen se aferra a Putin.
Alexander Dugin es un boomer que nació en plena crisis de los misiles y que veinte años después abandonó la escuela de aviación para sumarse a un grupo de escritores de Moscú, que se definían como una alternativa metafísica y buscaban crear, un siglo después, un camino creativo similar al que construyó Dostoievski. Curiosamente, Dugin no despuntó inicialmente como escritor sino como músico y así fue como la KGB lo arrestó por cantar canciones disidentes. Poco a poco fue dejando su vena artística para sumergirse en algo que le atraía más: formular una nueva idea de Rusia ya que un inconformista como él no la concebía en los moldes europeos ni asiáticos.
Boris Yeltsin, durante su mandato, sostenía que a lo largo del siglo veinte, Rusia había pasado por la monarquía, el comunismo, la perestroika y finalmente había iniciado una democracia liberal, remarcando que cada etapa se sustentaba en su propia ideología menos la última. Dugin pensaba en ese vacío al tiempo que Putin se preparaba para ocuparlo.
En el libro Fundamentos de la geopolítica, que publicó estando aún Yeltsin en el poder, Dugin describe a la Federación Rusa como una formación transitoria y proclama que la vocación histórica del pueblo ruso es la creación de un imperio. Subraya que el rechazo a ese proyecto es antinatural y señala que el primer paso es acabar con Ucrania. El historiador John B. Dunlop comentó en su día que “si se aplicaran estas ideas, Ucrania dejaría de existir”.
¿Qué vio Putin en Dugin? El proyecto imperial.
James Verini recuerda que cuando el zar Alejandro murió en 1825, su imperio era el más grande que el mundo había conocido jamás, extendiéndose desde el már Báltico hasta el otro extremo del océano Pacífico, desde el mar Negro hasta el Ártico. Putin no aspira a tanto pero, como dice Yarvis, su meta es imperial. Dugin llama a Rusia “el último reino: la Tercera Roma”.
Si nos ponemos imaginativos y pensamos que esto pudiera prosperar, ante la hegemonía imperial rusa Abascal debería deponer su “prioridad nacional” y Marine Le Pen, cuyo padre lanzó la “preferencia nacional” y ella matizó como “prioridad nacional”, también. (Como es evidente, Vox no es nada original: cuando quiere modificar su jardín de relatos, va a una tienda francesa y hace bricolaje narrativo.)
Al evocar los años noventa, Vladímir Putin maldice a Occidente por tratar a Rusia como una colonia con el único fin de sacar billones de dólares del país. En aquellos años, Dugin había creado el Frente Patriótico Nacional, una organización neofascista cuyo lema era “¡Dios! ¡Zar! ¡Nación!”. Cuando el partido se disuelve, Dugin se cruza con Limónov, que estaba de regreso en Moscú después de dos décadas primero, como punk en Nueva York y después, como escritor en París. Limónov era libertino y detestaba el liberalismo, afirma Verini. Tal vez, en el cruce con Dugin se podría decir que devino en un libertario místico.
Cuando se disuelve el frente fascista, Dugin y Limónov crean el Partido Nacional Bolchevique y en el primer artículo de sus estatutos proclaman que la esencia del nacionalbolchevismo “es el odio abrasador hacia el sistema antihumano de la Trinidad: liberalismo, democracia y capitalismo”. En el siguiente, rechazan a EEUU, Europa y la OTAN. Y el tercero es el nodal: la creación de un imperio continental que incluya a las antiguas repúblicas de la Unión Soviética. Si se acepta el capitalismo de Estado y el crony capitalism, es decir, un sistema construido con amigos vinculados al poder, Vladimir Putin encuentra aquí un sistema ideológico prêt-à-porter para su cuerpo político.
Carrère cuenta que Limónov escuchaba siempre hechizado a Dugin: sentía que juntos eran el brahmán y el guerrero. Conformaban, sin embargo, un equipo explosivo e inestable, razón por la cual, finalmente Dugin abandona la agrupación y comienza su alianza intelectual con Putin: funda el Partido de Eurasia, brazo político de toda su teoría imperial y el Centro de Estudios Conservadores, en la Universidad Estatal de Moscú, el think tank del proyecto.
Hoy Dugin, notable políglota, acepta explicar la verdad rusa a un variado número de interlocutores en sus lenguas nativas. Debate en inglés con Nick Land sobre la geología del liberalismo, destaca en español que “Perón es un profeta ontológico” durante una charla en una universidad argentina o disecciona en un perfecto francés en el canal galo TV Libertés de ultraderecha las contradicciones de la Unión Soviética.
El intercambio de tuits entre Dugin, que representa el proyecto de Putin, y Palantir, parapeto del programa de los tecnolibertarios es una conversación que circula en los márgenes a pesar de que no ocupen la centralidad. Parafraseando a Santa Teresa de Ávila, ya que estamos entre los místicos y el anticristo, son actores que escriben torcido en reglones que, de momento, siguen derechos.
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