Mark Zuckerberg: un tecno bro siniestro sentado a la diestra de Trump
Puede que, llegados a este punto, escribir sobre Mark Zuckerberg sea aburrido, pero hasta hace muy poco se decía lo mismo de la democracia y ya empezamos a echarla en falta. Vázquez Montalbán puso, irónicamente, en circulación aquello de “contra Franco vivíamos mejor”. Volaremos, entonces, cómo lo estamos pasando ahora, mientras España es uno de los contados países democráticos que se enfrentan a Trump. Con lo cual, no es un ejercicio monótono revisitar a Zuckerberg, el espabilado de Harvard.
El personaje que se dibuja en la película La red social de David Fincher que cuenta la historia de Facebook, está construido desde la ficción y no mucho de lo que se narra allí se puede tomar como apunte de la realidad, salvo los datos constatables. Un ejemplo es el timo a los gemelos Tyler y Cameron Winklevoss a los que Zuckerberg les arrebata en la universidad el germen de Facebook. Otro dato veraz es el temprano aporte financiero de Peter Thiel a Facebook. Hay más pero de todos modos, la matriz psicológica que construye el actor Jesse Eisenberg, si bien es totalmente subjetiva, responde a un modelo que la peripecia vital de Zuckerberg no desmiente: un sociópata centrado en unos fines sin freno alguno, ni moral ni emocional.
La semana pasada se conocieron dos sentencias adversas contra el imperio de Zuckerberg. En Los Ángeles, una niña que comenzó a utilizar YouTube, empresa de Google, a los seis años, e Instagram a los nueve, confesó, una década después, no poder superar la adicción generada por las redes. El jurado declaró culpables a las dos empresas. En otro tribunal de Nuevo México, Meta, propietaria de Instagram y Facebook, fue condenada a pagar 350 millones de euros por engañar a los usuarios con respecto a la seguridad de sus plataformas. Las redes, según el Departamento de Justicia, “permitían a pedófilos y depredadores llevar a cabo explotación sexual infantil y fueron diseñadas intencionadamente para generar adicción en los jóvenes”.
A partir de estos procesos, sobre todo el de Los Ángeles, se habla de un “momento tabaco”, el equivalente al juicio contra las tabacaleras de la industria tecnológica. Pero Zuckerberg no parece muy preocupado ni por las sentencias ni por los comentarios.
El periodista y escritor Séamas O'Reilly observa que, en el caso de la acusación de Nuevo México, se hizo hincapié en la insuficiente solidez de las medidas de protección contra la depredación infantil en las aplicaciones de mensajería de Meta. La pregunta que se hace O'Reilly es que si se va a limitar la edad de los menores para acceder a las redes, ¿cómo, exactamente, se supone que esa traba va a impedir que los adultos envíen fotos de niños, sin su consentimiento, a otros adultos?
Hay otra cuestión no menos llamativa. Todos los grupos que reciben apoyo de la administración Trump con la misión oficial de proteger a los niños de los movimientos trans apoyan el fallo contra Meta ya que la restricción de acceso a los menores forma parte de sus reclamos. El punto está en que si bien festejan la sentencia contra Meta, es precisamente esta empresa quien les financia a todos. ¿Hay contradicción? No la hay porque, como explica Taylor Lorenz, periodista especializada en tecnología, el negocio de Meta ya no está en la interacción sino en la recopilación de datos.
Hace un año, en abril de 2025, en la fase inicial del juicio antimonopolio de la Comisión Federal de Comercio (FTC, por sus siglas en inglés) contra Meta, Zuckerberg declaró que la empresa se había centrado en los últimos tiempos en «la idea general del entretenimiento, el aprendizaje sobre el mundo y el descubrimiento de lo que está sucediendo». Más claro: Meta se aleja de la comunicación interpersonal ya que la tendencia es que disminuye el interés por ver el contenido publicado por amigos y aumenta la curiosidad por el material audiovisual. En definitiva, las restricciones de menores no modifican el negocio. Con lo cual, a Mark Zuckerberg solo le falta decir al “movimiento tabaco”: fumando espero.
Elon Musk, Jeff Bezos, Sam Altman de OpenAI, e incluso Frank Sinatra hasta el día en el que sacó a bailar a Nancy Sinatra en el Ballroom de la Casa Blanca (el mismo que Trump tiene ahora en obras), alguna vez fueron progresistas. Zuckerberg también, hasta el punto de bloquear a Donald Trump en sus plataformas.
“Los impactantes acontecimientos de las últimas 24 horas demuestran claramente que el presidente Donald Trump pretende utilizar el tiempo que le queda en el cargo para socavar la transición pacífica y legal del poder a su sucesor electo, Joe Biden”, escribió en su cuenta de Facebook el 7 de enero de 2021. Cuatro años después lo borró. Se recuperó a tiempo del trance financiando la última campaña electoral y acompañando al resto de conversos del Silicon Valley en la ceremonia de toma de posesión de Trump en enero de 2025.
Desde entonces, Zuckerberg hace lo posible por ganarse el favor del mandatario. En ese sentido, el giro de Meta ha sido copernicano: hoy está en contra de la diversidad, la equidad, la inclusión y se ha suprimido la verificación de datos. Meta ha pasado de cancelar a Trump en 2021 a dar barra libre a cualquier publicación por falsa que sea. Gracias a esta buena predisposición, es usual verle sentado a la diestra del presidente en algunas de las cenas que ofrece en la Casa Blanca.
Una vez fuera del armario, tiró las camisetas espartanas y se puso otras con inscripciones en latín: Carthago delenda est (Cartago debe ser destruida) y Aut Zuck aut nihil (O Zuck o nada). No lo sugieren: son declaraciones de guerra de alguien que practica artes marciales mixtas (MMA por sus siglas en inglés), halterofilia y sigue las indicaciones de la IA de Meta para perfilar su look que, además del físico musculoso, incluye cadenas de oro y ropa de creadores. El historiador cultural Benjamin Wild lo entiende como “parte del cambio para rehabilitar su posición dentro de Meta y del contexto corporativo de Estados Unidos, mediante la alineación con las tendencias dominantes que priorizan el carisma sobre la contemplación y el machismo sobre la moderación”.
En este marco suceden hechos como el reto que le propuso Elon Musk para enfrentarse en una lucha pública de jiu-jitsu. Ambos estuvieron varios días cambiando mensajes públicos, como si se tratara de las pullas histriónicas de Muhammad Ali y George Foreman en su histórico combate de la República Democrática del Congo en 1974. Pero Musk y Zuckerberg no son púgiles; se les supone empresarios de élite, de la generación del Silicon Valley que colaboran con la Casa Blanca. Aunque más allá de revolcarse en el mismo lodo de Trump e insultarse públicamente como adolescentes, no se dejan solos el uno al otro en los momentos críticos. Cuando Musk pretendía desmontar el Estado y dormía por las noches al pie de su escritorio en las dependencias del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE por sus siglas en inglés), contó con el apoyo de Zuckerberg. Como dos villanos inseparables del universo Marvel.
Como no podía ser de otro modo, por todos los atributos enumerados, Donald Trump ha elegido a Zuckerberg para que forme parte del nuevo Consejo Asesor en Ciencia y Tecnología del Presidente (PCAST por sus siglas en inglés). No está solo, muchos de sus tecno bros del Silicon Valley le acompañan. El que sí probablemente se sienta perdido en esta tribu es el único científico del grupo: John Martini, un experto en computación cuántica de la Universidad de California en Santa Cruz y premio Nobel de Física en 2025, según cuenta el científico y periodista Javier Sampedro.
Como ya ha sucedido con otros personajes, ha sido Southpark quien ha sabido dar un perfil exacto de Mark Zuckerberg. En un capítulo, los adolescentes de la serie se desmadran infectando las redes con insultos y falsedades extremas. Los padres deciden invitar al propietario de Meta para que les oriente. El resultado de la visita es que se tienen que enfrentar a dos problemas: la deriva de sus hijos y un enajenado que les amenaza con “bloquearlos” a golpes exhibiendo sus habilidades de luchador.
Dijo Brecht en su día: “Qué tiempos estos en los que hay que luchar por lo que es evidente”. Aquel mundo de ayer se parece al de hoy.
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