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Opinión - 'El shock ZP', por Raquel Ejerique

Un Vito Corleone muy poco creíble

El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero.
20 de mayo de 2026 22:33 h

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Si tengo que escoger entre creer a Zapatero o al juez de la Audiencia Nacional que acaba de imputarle, creo a Zapatero. Escribo lo anterior y, de inmediato, me entra el temor a estar incurriendo en algún tipo de falta o delito relacionado con la mera expresión de dudas sobre la independencia y profesionalidad del poder judicial. Lo han conseguido: ya vivimos con miedo. Y lo peor está aún por venir.

Haré, no obstante, una apuesta pascaliana a favor de que todavía sea posible en España la libertad personal en materia de credulidad o incredulidad. Dicho de otro modo, que aún no sea obligatorio acordar a la opinión de un juez la condición de palabra de Dios, te alabamos, Señor.

Señalo esto último porque, en periódicos impresos y digitales, en tertulias televisivas y radiofónicas, en redes sociales e intervenciones en el Congreso, escucho en esta mañana que Zapatero es de modo indiscutible el jefe de una organización criminal dedicada al tráfico de influencias a nivel nacional e internacional. Nadie emplea la palabra presunto, pocos recuerdan que, en una democracia, todo acusado es inocente hasta que se pruebe lo contrario. 

Incluso en medios no precisamente derechistas, se utiliza la “contundencia” del auto del juez de la Audiencia Nacional como muestra suprema de la culpabilidad de Zapatero. “Este no es un auto de Peinado”, añaden admirativamente algunos comentaristas. Lamento contradecir a esos compañeros: la contundencia, la rotundidad, la claridad o la agresividad de un texto no prueba su veracidad. En el mejor de los casos, denota una redacción hábil de una tesis intencionada, sea esta cierta o no. Esto vale tanto para un auto judicial como para una novela negra o el guion de una serie policial. 

En el auto que nos ocupa, el juez arranca con una fórmula que suena a sentencia condenatoria: “La investigación ha permitido identificar una trama de tráfico de influencias, dirigida por José Luis Rodríguez Zapatero…” El juez machaca luego reiteradamente esta idea a lo largo de decenas de páginas, consciente de que está dando los titulares de la cacería mediática y política del expresidente. Ahora bien, el togado suena más bien parco a la hora de ofrecer datos, hechos, indicios, pruebas que le permiten sustentar semejante conclusión. 

Zapatero es malvado, sentencia el juez desde el comienzo. Pero parece deducirlo de vagos comentarios de terceros, de coincidencias circunstanciales, de material de poca enjundia. Construye un relato -mejor escrito que los de Peinado, sí- a partir de sus propias sospechas, conjeturas, deducciones tremebundas. ¿Quizá porque sabe que no le hace falta ninguna pistola humeante -ni tan siquiera ninguna pistola- para condenar de antemano a un político o profesional progresista? La doctrina la estableció el mismísimo Tribunal Supremo hace unos meses, al declarar culpable sin pruebas al fiscal general del Estado.

Aquí es donde entra la cuestión de la credibilidad que cada cual otorgue a las partes. Ya lo adelanté, yo se la doy a Zapatero antes que al juez. A este último le diré con claridad que la contundente narración que tanto ha impresionado a los cronistas de tribunales tiene un problema sustancial: el acusado no es un criminal convincente. Salvo para los que le odien de antemano por razones ideológicas.

No es solo que el auto no contenga la menor prueba objetivamente verificable de que Zapatero interviniera en el rescate de Plus Ultra. Es también que no ofrece razones para que lo hiciera. ¿Por qué iba a montar Zapatero un tingladillo tan cutre para conseguir un plato de lentejas? Podría tener su buena pensión vitalicia de expresidente. Podría participar en bien remunerados consejos de administración, como Felipe y Aznar. Nada le prohíbe sacarle un buen dinero a libros y conferencias como tantos políticos retirados en todo el planeta. No, la acusación me parece casi tan absurda como insinuar que el Papa Francisco se ganaba un sobresueldo vendiendo marihuana en el Vaticano a los turistas.

Y esto por no mentar el historial del acusado, el único ocupante de La Moncloa que puede enorgullecerse de que ni él ni sus ministros protagonizaran ningún caso de corrupción durante sus años en el Gobierno. Es difícil imaginárselo ahora como el Padrino así mencionado hoy en el Congreso por Tellado, como el Vito Corleone del relato del juez de la Audiencia Nacional. Hay giros dramáticos de guion que resultan bastante inverosímiles incluso en las series televisivas a granel.

Veo mucho de teatrero en esta imputación judicial. La inclusión del tema de Venezuela, que tanto excita a las derechas españolas, incluida la felipista. La oscura intervención de agencias estadounidenses. El protagonismo de gente de tan dudosa reputación como Manos Limpias. Las declaraciones del corrupto confeso Aldama en un programa televisivo antaño dedicado a los extraterrestres y ahora al antisanchismo. El anuncio de los nuevos capítulos de la serie hecha por el señor Feijóo y la señora Ayuso. Uf, a mí todo eso me huele mal.

No voy a negarlo: reacciono desde mis creencias y mis no creencias personales. La justicia española no tiene a mis ojos una credibilidad a prueba de bomba. Es la de la condena injusta al fiscal general, la de la persecución a la esposa de Sánchez, la de la libertad a Aldama a cambio de que arroje basura sobre Sánchez, la que sigue atormentando a Monica Oltra, la que dio pábulo a acusaciones guarrindongas contra Podemos -sí, Ione Belarra, la misma-, la que les metió un paquete desmesurado a los líderes del Procés, la que recorta las investigaciones de Gürtel y Kitchen y paraliza las del novio de Ayuso.

Es una justicia descaradamente politizada, militante en la causa de una España en las antípodas de aquella plural y tolerante promovida por Zapatero. Pero es un poder fáctico muy poderoso. El ruido de togas va a convertir en un infierno la vida del expresidente y va a seguir haciendo todo lo que está en sus manos para que Feijóo y Abascal formen lo antes posible un Gobierno auténticamente nacional.

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