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Donald Trump, ¿qué hay de lo mío?

El príncipe Mohammed bin Salman con el presidente Donald Trump en la Casa Blanca, en noviembre de 2025.
10 de abril de 2026 22:20 h

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Abril es el mes más cruel.

Parece un contrasentido comenzar con el conocido verso de La tierra baldía justo después del título de este artículo que remite a una cuestión burocrática o comercial burda y opaca. Eliot escribió el poema después, de la Gran Guerra tal vez presagiando en ese oscuro temblor la que vendría después sin ahorrar una mirada sombría por el imperio de las “pérdidas y ganancias” crematísticas, pero también apelando a la pérdida de las raíces de un tiempo del que “solo quedan un montón de imágenes rotas”. 

Una paradoja similar plantea el escritor Charlie Warzel al describir el asombro de los astronautas de la misión Artemis II al contemplar la Tierra desde la Luna como “una canica azul, rodeada por su finísima capa verde de atmósfera, con las auroras centelleando en los bordes” mientras el mundo contenía la respiración ante la amenaza de Donald Trump de acabar con una civilización y devolverla a la edad de piedra. 

Más asombro que el de la visión celeste de nuestro planeta desde el espacio, para seguir con el contrapunto disruptor, provoca el relato de las circunstancias que rodearon a la decisión de atacar Irán, según cuentan los periodistas Jonathan Swan y Maggie Haberman en el adelanto de su libro Regime Change: Inside the Imperial Presidency of Donald Trump (Cambio de régimen: dentro de la presidencia imperial de Donald Trump). Cuentan los autores que el 11 de febrero pasado Benjamin Netanyahu visitó con su equipo la Casa Blanca e hizo una presentación en regla de cuatro apartados que abrían paso a la guerra. El informe incluía la muerte del ayatolá, la paralización de las capacidades de Irán para amenazar a sus vecinos, el levantamiento popular contra el régimen y, finalmente, su caída y la instalación de un líder laico para gobernar el país. Según Swan y Haberman, tanto el Pentágono como la CIA consideraron viables solo los dos primeros objetivos. 

El general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos nombrado por Trump, según los autores fue muy cauto en la forma de presentar sus puntos de vista al presidente, añadiendo que si se ordenaba la operación, los militares la ejecutarían. Marco Rubio, como Cain, con más tibieza que sentido común, opinó que si el objetivo era un cambio de régimen o un levantamiento, era mejor no hacerlo, pero “si queremos destruir el programa de misiles de Irán, eso es algo que podemos lograr”. Por su parte, J. D. Vance, como es público y notorio, siempre se opuso a esta guerra. Después de escuchar todos los puntos de vista, Trump sentenció: “Creo que tenemos que hacerlo”. Y, según afirman Swan y Haberman, “todos se apoyaron en los instintos del presidente”.

El ajedrez es un juego que descubrieron los árabes al invadir Persia y a partir de allí se difundió por Occidente. No hay por qué pensar que la estrategia bélica de los iraníes sea deudora de esa tradición pero en el caso de Trump no es aventurado inferir su afición al chicken game o juego de la gallina, famoso por la película Al este del edén de Elia Kazan en la que James Dean se salva al arrojarse del coche antes de caer por el acantilado mientras su contrincante se despeña mortalmente. Más tarde, en la vida real, las cosas se le complicarían a Dean. Trump parece conducir en esa dirección. Eso no significa que deje de lado los negocios.

Los iraníes, para sentarse a negociar en Pakistán, han pedido que el interlocutor sea J. D. Vance; no quieren seguir conversando con quienes hasta ahora han sido los negociadores de la Casa Blanca: Steve Witkoff y Jared Kusher. Witkoff es un inversor que ha hecho fortuna en los negocios inmobiliarios, amigo del presidente y compañero de golf, al punto de estar jugando con él el día que atentaron contra su vida en Miami. Kusher es más próximo aún: está casado con la hija del presidente.  

Trump no tiene una estructura diplomática en Oriente Medio, cuenta con una arquitectura comercial encabezada por su colega y su yerno. Cuando a Trump se le reprochó su voluntad de hacer negocios en la Casa Blanca, no dudó en mencionar a George Washington como un hombre muy rico, al igual que él, y que tenía dos escritorios: “uno presidencial y otro para sus negocios”. 

Un informe publicado recientemente arroja una cifra que supera los 4.000 millones de dólares acumulados por la familia Trump a partir de los vínculos y contactos que ha podido generar el presidente desde el Despacho Oval.  

Antes de iniciar su segunda legislatura Trump consideraba que los bitcoins era un tipo de estafa financiera más. Cambió de idea cuando comprendió que un presidente puede dar credibilidad a las criptomonedas y fue así que el año pasado sus hijos Eric y Donald Junior aportaron el apellido a la empresa American Bitcoin con una participación superior al centenar de millones de dólares. Otra empresa, World Liberty Financial, es una startup de finanzas digitales en la que aparece el presidente como “cofundador emérito” y sus hijos Eric, Donald Jr. y Barron Trump, el benjamín de la familia, figuran todos como cofundadores. Y no son los únicos: Steven Witkoff, el diplomático inmobiliario de Oriente Medio, aparece como cofundador emérito, y su hijo Zach como director ejecutivo. World Liberty lanzó una criptomoneda llamada stablecoin que Trump reguló y tiene un valor nominal de un dólar. El año pasado una empresa propiedad de los gobernantes de los Emiratos Árabes invirtió 2.000 millones de dólares en esta moneda y la transacción, como es lógico, despertó sospechas de que se trataba de un algún tipo de soborno. 

Con los saudíes Trump lleva adelante negocios inmobiliarios que incluyen clubes de golf, un hotel de lujo y varias mansiones. En esa dirección, aún se recuerda la visita a Washington del príncipe heredero Mohammed bin Salman, la primera desde que sus agentes supuestamente asesinaran y descuartizaran en 2018 al periodista disidente Jamal Khashoggi, columnista del Washington Post y autoexiliado en EEUU, en el interior del consulado saudí en Estambul. Cuando en la Casa Blanca un periodista le preguntó al príncipe por este asesinato, Trump se enfadó con él, por haberse atrevido a “avergonzar” a su invitado.

La lista de negocios sigue y crece. La obscenidad quizás se torna cruel, cuando a incidentes como el del príncipe saudí se suman actuaciones de carácter público, como la presentación que hizo Steven Witkoff, en su condición de embajador, del proyecto inmobiliario Gaza Sunrise, para reconvertir el territorio arrasado por Israel en un lujoso resort.

La corrupción también infecta la guerra de Irán. John Gray, ensayista y profesor de Oxford, consigna en un largo artículo que horas antes de los primeros ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel, se realizaron numerosas apuestas en sitios web como Polymarket, una suerte de mercado de predicción que opera con criptomonedas en el que los apostadores tienen opciones que van desde resultados deportivos hasta ataques con misiles. Las apuestas realizadas minutos antes de los anuncios de la Casa Blanca sobre la guerra reportaron cientos de millones de dólares a operadores anónimos. El 23 de marzo miles de contratos de futuros sobre petróleo, por un valor total de alrededor de 1.500 millones de dólares, cambiaron de manos en un par de minutos suponiendo un volumen unas 16 veces superior a la media diaria antes de que la Casa Blanca anunciara una demora a los ataques contra infraestructuras iranís. No hay pruebas de que Trump, sus asesores o su familia se hayan beneficiado de estas operaciones, pero la conclusión ineludible, sugiere Gray, es que esas operaciones solo pudieron ser realizadas por personas con acceso a información privilegiada. 

Una vez más, la ficción se cuela entre los hechos y vuelven las imágenes finales de Mátalos suavemente, un thriller de Andrew Dominik, en las que Brad Pitt, en la piel de un mafioso, se enfada ante el televisor de un bar cuando pasan una secuencia de un discurso de Obama y estalla: “Eso de que somos una comunidad es un mito creado por Thomas Jefferson. Vivo en Estados Unidos y aquí estamos solos. Esto no es un país; ¡Estados Unidos es solo un negocio, un gran negocio!”. 

Claro que Trump preferiría a un director de dimensiones épicas como Martin Scorsese para recrear su presidencia. Sería acertado: rodó Gangs of New York, donde cuenta el traumático y violento pasado de Nueva York a mediados del siglo XIX. Scorsese tiene aliento suficiente para registrar el declive de un imperio bajo la corrupción, la torpeza y la desidia. En pleno mes de abril, un mes cruel en el que comenzó la guerra de Secesión, la guerra civil de los Estados Unidos. El mes en el que también asesinaron a Abraham Lincoln. 

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