Impacto
La misma mesa. El mismo lugar. Todos los días.
No sé ustedes, pero uno de mis mayores vicios es sentarme en un bar con un café y un periódico encima de la mesa. El placer de leer las noticias cada mañana, sin prisa, es uno de los lujos que más disfruto. En esos momentos, la lectura se convierte en el vínculo con la actualidad, en un espacio que no solo informa, sino que también invita a pensar.
A estas alturas ya sabrán que una de las cuestiones que me preocupa (y me ocupa) son las políticas públicas, concretamente en materia de igualdad. Lo cierto es que siempre encuentro algo en mi lectura diaria, que me lleva a preguntarme, a detenerme, o a reflexionar sobre ello.
Estos días leo que, al sur de Logroño, se proyecta “el mayor desarrollo urbanístico del siglo XXI”. Se habla de edificaciones de distinta altura, del mayor o menor número de viviendas protegidas o de un nuevo paseo verde, mientras se debaten cuestiones jurídicas de calado con las “observaciones” de unos y otros. Y es entonces cuando me pregunto si alguien ha mencionado el informe de impacto de género, necesario o conveniente en la elaboración de planes urbanísticos. No se trata de un informe “más”, sino de una invitación a hacer una pausa y pensar la ciudad con otra mirada.
La verdad que no es una cuestión de ponerme quisquillosa. Sé que estos temas a veces se ignoran, otras ni siquiera se nombran y, en la mayoría de las ocasiones, se desconocen o no se tienen en cuenta. ¿Para qué? Sin embargo, la jurisprudencia en nuestro país ha señalado con meridiana claridad, por un lado, que el principio de igualdad de género no resulta una cuestión neutral en materia de urbanismo, y por otro, que no es necesario el sometimiento del plan a un trámite específico como el informe de impacto de género, para que este enfoque deba estar presente.
Hablar del impacto de género es hablar de la ciudad a la que aspiramos; una ciudad que debiera estar vinculada a las (distintas) necesidades de mujeres y hombres en aspectos como la accesibilidad, la movilidad, la seguridad o el uso del espacio urbano; una ciudad en cuyo diseño, también, estén presentes ellas.
Porque no habrá “desarrollo” si no salimos de nuestra zona de confort y al menos nos hacemos algunas preguntas como estas: ¿se va a facilitar el acceso a la vivienda, especialmente a las personas con más dificultades?, ¿se plantea el alquiler social, o incluso proyectos de cohousing?, ¿se han contemplado infraestructuras que favorezcan el cuidado de las personas?, ¿y baños públicos?, ¿se ha planteado la ubicación de la parada de autobús evitando los llamados “puntos negros”?, ¿hay bancos para sentarse o, por el contrario, elementos diseñados para impedir el descanso?, ¿y aparcamientos para bicicletas?, ¿existen porches para la lluvia o sombras para los días calurosos?, etc.
No es fácil “desmantelar” lo que ya sabemos, y preguntarnos qué perdemos cuando la ciudad no está pensada para cuidarnos. No es fácil, pero quizás es necesario.
Pensemos en el impacto. Para vivir mejor. Para cambiarlo todo
Nota al pie:
Las mujeres, en promedio, tienen ingresos más bajos y trayectorias laborales más discontinuas que los hombres, por lo que tienen más dificultades a la hora de acceder a una vivienda (Observatorio Vivienda Asequible, 2025).
Las mujeres necesitan 2,3 veces más tiempo de media para usar los baños públicos que los hombres (Caroline Criado-Pérez en “La mujer invisible”).
Un estudio en Madrid identifica 800 lugares de la ciudad donde adolescentes y jóvenes han sufrido acoso (ONG Plan International, 2018).
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