Candela Peña: “No me apetece estar eternamente buena, el Ozempic es un poco como el fascismo”
Los padres de Candela Peña tenían un bar al lado de un cine. En vez de pasar su infancia jugando al escondite o saltando a la comba, ella estaba metida en una sala, a oscuras, viendo películas que muchas veces no correspondían a su edad. Se subía a la cabina de proyección y, desde allí, como si fuera la versión cañí de Cinema Paradiso, se quedaba fascinada con las historias que veía proyectar en la gran pantalla.
Ya entonces sintió esa fascinación que la llevaría a estudiar interpretación. Y aquella formación autodidacta la hizo mejor actriz. Una que está siempre atenta a todo, que construye sus personajes a conciencia. Los estudia, los prepara. Les da una vida con la que ella pueda moldear lo que luego saca delante de la cámara.
Lo ha demostrado desde hace décadas. Desde aquel debut que fue como un terremoto en Días contados hasta su nueva película, La desconocida, donde interpreta a una policía que vuelve tras un duelo personal para comenzar una investigación que apunta a trata de mujeres. Un filme que llegará a Netflix el próximo 5 de junio y donde construye un personaje roto y frágil. Mientras tanto, sigue plantándose en La revuelta a decir las cosas que pocos se atreven a decir en televisión. Y la gente lo agradece, porque Candela Peña no se corta, y eso sigue siendo algo raro hoy en día.
¿Qué le atrajo de esta adaptación de un libro de Rosa Montero y Olivier Truc?
Fueron bastantes cosas, pero sobre todo me llamó mucho la atención un tema que es bastante tabú, del que no se habla mucho, que es el tema del suicidio, en el que he centrado yo todo el trabajo de la sargento Anna Ripoll. Para mí esa señora es una zombi funcional. La historia cuenta cómo esta señora vuelve de una baja y empieza el caso. Como actriz, la opción que tomé fue centrarme en el dolor que ella tiene. Ella pide regresar de esa baja sin estar preparada, como tregua a su propio dolor, y eso me llamó mucho la atención.
¿Valora mucho esas cosas a la hora de elegir un guion, el reto como actriz, o el tema del que hable?
No te voy a mentir, yo ahora tengo que poner en la balanza pocas cosas, porque yo desde La boda de Rosa hasta ahora no se me ha ofrecido mucho cine, pero sí que he tenido la bendición o la suerte de los temas y de que el personaje pueda llevármelo a un terreno interesante. Los actores hay veces que caemos en el error de intentar hacer el oficio del personaje. Decir: “Voy a hacer de una mosso d’esquadra”. No, yo voy a hacer a la persona que hay detrás de cualquier oficio, y esta mujer era muy importante encuadrarla. Lo que yo construí antes de que empezara la película, para mí era muy gordo que se viera en el primer plano, y es que es una mujer devastada, una mujer con mucho dolor. Tanto su equipo como los otros personajes de la película son un poco víctimas colaterales de la situación de esta mujer.
Es interesante esto, porque la imagen que se tiene de ti es que trabajas mucho, ¿cree que pesa mucho la imagen que se tiene sobre usted?, ¿han pesado esos prejuicios?
Los prejuicios que hay en la profesión sobre mí me han pesado, absolutamente. Yo creo que han determinado la carrera que yo tengo. Me han pillado la matrícula completamente cambiada. Y sí que creo que de difamar cosas terribles, algo queda. Sí que soy una mujer que habla, que da su opinión, y eso molesta. Yo tengo una amiga que dice “haces lo contrario a lo que se tiene que hacer, porque el día que viene el productor en vez de comer con él y ser simpática, tú le dices que el catering es una mierda”. Soy lo que soy y no quiero pedir perdón por ser quien soy.
Yo creo que está demostrado que tomo interés por mis trabajos, que acompaño mis trabajos del principio hasta el fin. Me dejo los huevos tanto haciéndolos como vendiéndolos. No quiere decir que me salga ni bien ni mal, pero que yo estoy ahí, entonces no puedo hacer mucho más. Entonces no depende de mí la visión ajena. Pero sí que me sorprende, por ejemplo, que yo voy dos días a La revuelta al mes, que con eso vivo, y me hago un bolo porque yo soy madre soltera, tengo que conciliar y tengo que organizar mi vida, y parece que no paro de trabajar. Si tú lo sumas, son 24 minutos al mes, no trabajo ni media hora al mes. Que también creo que en algún momento se tendrá que regular que tú cedes tus derechos a Televisión Española, y luego eso va a TikTok, y yo todavía sigo viendo vídeos de la promoción que hice con El caso Asunta. Es algo que tengo que verbalizar. Pero no, yo no estoy en una terraza de Cannes con brillantes en el cuello.
Los prejuicios que hay en la profesión sobre mí me han pesado, absolutamente. Han determinado la carrera que yo tengo. Me han pillado la matrícula cambiada
Sin embargo, creo que hay dos fenómenos como son El caso Asunta y La revuelta que han hecho que sea un referente para los jóvenes, una estrella para ellos, ¿no siente ese vínculo con las nuevas generaciones?
Yo vivo muy al margen de la profesión. Ahora venía y la señora del taxi me dice “¿Cómo ves el mundo de la tele?”. Y le he dicho: “Si hoy no tengo wifi”. Quiero decir, yo voy a La Revuelta, pero luego mi vida es una vida absolutamente normal. Leo, veo cine…
No me creo que no haya gente joven que te pare y te diga cosas…
Soy una persona bastante solitaria. La gente joven que veo es gente de 14 años del equipo de mi hijo que el otro día les nombré en La revuelta, pero no tengo mucha relación. Sí que es cierto que en una época anterior en La revuelta, sí que me mandaban muchos adolescentes estas fotos de sus miembros que me sobrecogía. Pero ya también ha pasado. Me fui siendo una mujer fértil. Ha vuelto una infértil y ya no me envían este tipo de fotografías.
Es otro momento.
Es otro momento. Entonces ahora los adolescentes no sé en qué lugar me colocan, pero es gente que me interesa sobremanera. Los adolescentes me interesan mucho, me han interesado siempre. Es gente sobre la que se pone mucha responsabilidad y mucha crítica en un momento en el que tú estás muy perdido, tienes que hacerte como ser humano y se les da mucha caña y entonces es gente que me gusta.
¿Cómo plantea las apariciones en La revuelta, como un papel más, lo prepara igual?
No, no, no. De hecho, absolutamente diferente, porque ahí sí que hay una absoluta inconsciencia. Para empezar yo voy a ese sitio porque admiro profundamente a esa gente. Admiro profundamente a David, admiro profundamente a Jorge, a Ricardo Castella, a Grison, al equipo de guionistas que hay detrás… Les admiro mucho, pero les admiro todavía más de que sean tan disparates de ir para decir dos mierdas que improviso en el momento. Sí que tengo unas líneas, porque joder, es la televisión pública. En eso soy responsable y pienso que es comedia y hay que entretener, pero que sea con cosas que tengan un poquito de sentido, que no vayan a un saco. Que digan algo para las mujeres, que somos las grandes borradas en ese programa. Y me da marcha estar ahí en representación de tías de a partir de 40 y pico. Muchas veces pienso, qué pinto yo ahí, pero por otro lado, a la gente le entretiene y creo que ahora las mujeres se empatan mucho conmigo y me devuelven mucho cariño. En algún momento estoy pensando en devolverlo de alguna manera. No sé cómo, pero las tías ahora es locura conmigo.
Quizás es porque reflejas a esas mujeres que siguen sin verse mucho en el audiovisual, tampoco en el cine o las series.
Y lo hago con mucho pudor también, el contar el momento que uno atraviesa. Porque yo me di cuenta de que cuando yo dije que estaba atravesando un trastorno hormonal, muchas mujeres me lo agradecieron. Y digo “¿pero agradecer qué?”. Y ahora entiendo que sí, que hay mujeres que son visibles y pueden poner voz a cosas que se intentan ocultar. O a esta cosa del ser eternamente joven, de estar eternamente buena. No me apetece. El otro día le decía a una amiga que creo que todos estos pinchazos, el Ozempic… todo eso es un poco el fascismo en el sentido de que hay que llegar a que todas seamos juncos novilleros. La delgadez se celebra mucho, el ‘estás hermosa’ se celebra mucho, pero nadie te celebra lo lúcida que estás, lo brillante que eres. Creo que las tías nos damos mucha caña entre nosotras y he llegado a los 50 y me doy cuenta, cuando veo a mujeres que admiro mucho de 30 años, de estas que ahora hay mogollón que me flipan, que perdemos mucho tiempo en justificarnos. Perdemos mucho tiempo en contarnos y los tíos no lo hacen.
No miramos atrás.
No. Y nosotras sí que deberíamos hacerlo. Mirar a las mujeres que nos preceden, porque es importante no borrarlas y creer que somos el último huevo del pícnic. Porque no es que haya muchas mujeres, hay pocas, pero las ha habido. Entonces echemos también una mirada a eso.
Me va a decir que no se siente referente, pero lo es.
Si lo soy, que lo decida el que lo mira. Veo a mucha gente mirando a cámara y sintiéndose el kilómetro cero de la carretera, de donde parte todo. No quiero ser ejemplo de nada. No quiero hablar por nadie. Pero si alguien abraza mi rollo y mi discurso, guay. Pero no quiero porque quiero permitirme cagarla, equivocarme. Soy una persona que toma decisiones y voy a muerte con ellas, y me he dado cuenta de que no quiero los reproches de quien me rodea frente a eso. Yo cargo con lo mío, no con lo de los demás.
He leído que sus padres tenían un bar al lado de un cine y que su formación cinematográfica viene de estar en ese cine todo el rato, un poco Cinema Paradiso.
Sí, absolutamente. Mi infancia yo no la recuerdo jugando en el parque. Si estaba aburrida de estar en la sala, me subía con el proyeccionista, un señor con cabello blanco que aparte tenía unas botas con un zapato más alto que otro porque igual tuvo la polio y tenía una pierna más corta. He visto mucho cine que no era propio para la edad que tenía, desde Holocausto Caníbal a Vestida para matar. Desde Fernando Esteso y Pajares hasta Cassavetes. Eso es muy enriquecedor. Yo siempre he tenido vocación, yo siempre he querido ser una actriz de las que salían en esas películas que he visto desde que tengo cuatro años.
Preguntamos mucho si el cine puede cambiar las cosas, ¿cree que el cine sirve de algo?
Bueno, es que a mí me ha salvado. Entonces yo hablo de mi experiencia personal. A quien no le pase nada y lo vea como purito entretenimiento, pues guay. Pero es que me da igual. Aunque un libro no te haya interesado en absoluto, a lo mejor tienes cuatro palabras más en tu vocabulario. O ves una escultura de alguien y dices ostras, solo el hecho de pensar que hay gente que trabaja el acetato en Soria, pues ya me parece interesante.
¿Recuerda el momento de decirle a sus padres que quería ser actriz?
Se dio de manera natural cuando yo ya empecé a estudiar COU, que era solo por la mañana, y mi madre me dijo si por las tardes quería apuntarme a algún sitio, y yo, sin tener ni idea, me apunté a un curso en verano de psicomotricidad. Una profesora, con toda la lógica, me dijo: “Tú lo que tienes que ir es a una escuela de interpretación”. Y ya me dio la dirección de Nancy Tuñón, la primera profesora con la que estuve en Barcelona. Y de ahí, pues ya acabé en Madrid. Me acuerdo que el primer casting para Días contados era en verano. Yo estaba en Madrid. Le dije a mi padre: “Yo paso de ir”. Y me dijo: “No, querida. Tú vas”. Vengo de familia trabajadora y ellos lo entienden. Hay que trabajar y yo creo que también la actriz es por la familia de la que vengo.
Decía Antonio de la Torre que el barrio no se olvida.
Sí, claro, pero también sería falsa si no admitiera que mi vida es más fácil. Quiero decir, he dicho que yo trabajando media hora y haciendo un bolo con Secun, puedo pasar el mes. Y yo ahora también he tomado decisiones. Por ejemplo, he querido monetizar el hecho de ser más conocida ahora por La revuelta. Porque me han asustado mucho los 50 años. He visto a gente enfermar cerca de mí, he visto a gente morir cerca de mí, gente de edades parecidas. Y yo pienso, si yo caigo enferma, mi hijo no tiene un colchón económico y quiero que lo tenga. Y ahora estoy abriendo puertas que antes tenía cerradas como el tema de las marcas o la publicidad.
Piensa mucho en el futuro…
Tengo un hijo que depende única y exclusivamente de mí. Cuando no tienes a nadie que depende de ti, pues tú eres más disparate. Si yo no fuera madre es muy probable que ahora estuviera en Casablanca fumando opio, pero siendo madre la vida te mete en un carril. Y es que aparte, ese hijo solo me tiene a mí. Entonces me aterra pensar que no le pueda pagar la facultad o que no le pueda acompañar algún deseo que él tenga.
¿Sigue queriendo crear? Me acuerdo de la serie…
Absolutamente. Y no voy a desistir. O sea, voy a dirigir. Tarde o temprano sé que voy a dirigir. Solo me ha dado la posibilidad la directora de La 2, que me dejó dirigir un programa este verano pasado. Me encantó prestarme a eso, pero sí, quiero dirigir una película.
¿Qué le gustaría contar?
La complejidad de las mujeres. Las mujeres somos complejas y no nos tenemos que estar justificando todo el rato de lo que somos, lo que hemos conseguido, o dónde hemos llegado.
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