Pino Aprile, autor de 'Elogio del error': “Si el cristianismo nos convirtiera a todos en santos, la Iglesia dejaría de existir”
¿Cuántas veces puede equivocarse una persona a lo largo de su vida? Más allá de la sensatez que posea cada individuo, meter la pata es inherente al ser humano. Y gracias a esa incapacidad para no caer en el fallo (en ocasiones más de una vez), el ser humano ha llegado hasta donde ha llegado. Esta es, a grandes rasgos, la tesis que el periodista Pino Aprile expone en su último libro Elogio del error, que la editorial Gatopardo publica en España con traducción de Atalaire. Un título esperado por sus lectores después del éxito de Nuevo elogio del imbécil (Gatopardo, 2025), al que precedió Elogio del imbécil (Temas de hoy, 2004).
Al periodista italiano le gusta meterse en jardines con una sonrisa de medio lado. Su texto intenta mantener un tono ligero para diseccionar algunos planteamientos que pueden resultar un tanto pesados. Para ello, recurre a la ironía y también a la ruptura de la cuarta pared al dirigirse directamente a su madre con expresiones entre paréntesis como ‘(no te preocupes, mamá)’. El propio Aprile explica a elDiario.es vía correo electrónico que se trata de una técnica de divulgación. “Mi padre era un gigante moral y de sabiduría. Aunque apenas pudo ir a la escuela unos pocos años, nunca dejó de educarse a sí mismo para mejorar y siempre nos regaló libros. Él dialogaba para comprender”, afirma.
Por otro lado, su progenitora “tendía más a la síntesis basada en el prejuicio”, sostiene, así que cuando busca explicar un concepto complejo para que cualquiera pueda entenderlo, primero lo expone en “términos que no hagan enfurecer a los especialistas y a los puristas”. Y, después, pasa a dirigirse a su madre “para contar exactamente lo mismo de una manera extremadamente popular. De ese modo, nadie queda excluido y nadie se enfada”, indica.

El escritor decidió que quería escribir este libro cuando se dio cuenta de que el ser humano puede experimentar un impulso que le lleva a hacer cosas equivocadas sin que la razón consiga pararle. Pero esas acciones, aunque erróneas a primera vista, pueden derivar en un adelanto para la sociedad. “El ejemplo que más me divertía era el de las religiones: si el mensaje evangélico del cristianismo fuera realmente capaz de convertirnos a todos en santos, la Iglesia dejaría de existir, porque ya no habría pecados que absolver ni pecadores que salvar”, señala. Por si las dudas, es un ateo declarado al que le interesa más el pecado “siguiendo aquella vieja, pero perfecta sentencia según la cual las chicas buenas van al cielo; las demás, adonde quieren”.
Pese a que no cree en Dios, la religión está muy presente en las páginas del libro. Con el actual repunte de la espiritualidad que se detecta sin demasiado esfuerzo en la sociedad, ¿cabe pensar que el ser humano no va a ser capaz de vivir sin la idea de un ser superior nunca? Aprile tiene claro que eso no va a suceder. “No creo que podamos prescindir nunca de la idea de Dios, que después las religiones traducen y reducen a una dimensión humana. Sin ánimo de blasfemar, diría que la convierten en una herramienta; y una herramienta es, según la definición científica, aquello ‘que puede ser utilizado incluso por un idiota’”.
Y hace una comparativa que baja al plano terrenal: “Las religiones son útiles, del mismo modo que los tribunales son el instrumento para convertir la Justicia en una herramienta. Pero en los tribunales no está la justicia: solo está la ley, hecha al servicio de los poderes aceptados y administrada por hombres corruptibles. Exactamente igual que ocurre con las religiones”.
Escribir un libro centrado en el error humano implica el riesgo de incurrir precisamente en aquello que analiza. Pero al autor no le importa equivocarse y, de hecho, confiesa que en todos sus libros introduce al menos uno de forma deliberada para comprobar si los críticos lo descubren. Dice que “nunca ha ocurrido”. Además, señala que hay uno muy grande, pero que no es suyo aunque tuvo que dejarlo como estaba, porque un científico al que pidió consejo le dijo: “No puedes corregir a un premio Nobel”.
Otro de los riesgos de indagar en un tema como este es el de rememorar los propios errores cometidos en el pasado. Un ejercicio que puede ser desagradable según la vida que se haya llevado o el umbral de culpa de cada cual. Aprile se remonta a la infancia para contar un fallo –si se puede considerar como tal, porque más bien parece una evocación literaria– que tuvo cuando se encontraba en la orilla izquierda del río Galaso, que desemboca en el golfo de Tarento.
“Tenía menos de cinco años y estaba convencido de que todo lo que había al otro lado del río estaba hecho de aire, y que las personas que veía allí se materializaban al cruzarlo”, explica. El escritor nunca reunió el valor suficiente para cruzarlo, aunque no era especialmente peligroso. Estaba convencido de que “sería una profanación capaz de romper un equilibrio y cambiar el mundo”. Poco después se mudaron y, aunque pensaba en esas ‘personas de aire’, terminó por olvidarlas porque no tenía al Galaso para señalar quiénes eran. “El recuerdo regresó de forma violenta, casi convulsiva, como una crisis epiléptica, cuando cumplí 35 años y volví al Galaso”, manifiesta. “El error del gesto que nunca llegué a hacer sigue gobernando mi vida, para bien y para mal”, añade.
Liarla en colectividad
En las páginas de Elogio del error, el autor menciona mucho al presidente de EEUU. Aunque no da ningún nombre en concreto, en el momento en el que lo ha escrito es Donald Trump quien ostenta ese cargo y no cabe duda de que cuando hace referencia a él no es para señalar sus virtudes, si las tuviese. ¿Ha sido la elección de ese hombre como presidente uno de los mayores errores de los votantes de ese país? “A la luz del funcionamiento de nuestras sociedades y de los valores sobre los que se fundamentan, sin duda fue un error. Un error colosal”, responde el periodista.
Asimismo, también señala que es un indicador de cómo se siente la sociedad porque el votante escoge a quien se le parece. “Trump representa los sentimientos y los deseos más profundos del mundo actual. Quizá, de vez en cuando, necesitamos comprobar hasta qué punto podemos llegar a ser despreciables para volver a desear no serlo y reconocer otra vez el valor de los demás”, reflexiona.
Cuando este libro se lea dentro de una década, por ejemplo, será otra persona quien dirija el país norteamericano. Parece improbable que llegue a los niveles de capacidad de destrucción de todo lo que le rodea y más allá que tiene el presidente rubio, pero si se echa la vista atrás en la historia se comprueba que, en cuestiones de maldad, cualquier cosa es posible. Aprile expone que escogió el ejemplo de EEUU por ser el más conocido universalmente, porque ejemplos de errores garrafales en materia de política los hay a patadas en cualquier continente.
“El poder siempre es una síntesis. Y las síntesis aplastan las diferencias —a veces incluso quemando a los ‘diferentes’— para simplificar el sistema que se pretende gobernar. La síntesis máxima es la paranoia: nosotros somos el bien y ‘ellos' el mal. Hasta llegar al extremo: yo soy el bien y todos los demás son el mal”, concreta. “El grado de esa simplificación del poder depende de nuestras acciones, del valor que concedemos a los demás y de la forma en que lo demostramos. Y eso, precisamente, es política”.
Los errores también tienen clases
El discurso de aprender del fracaso para mejorar es un clásico entre los grandes empresarios, sobre todo los tecnológicos como Steve Jobs, por poner un ejemplo. Pero ellos pertenecen a una élite que se puede permitir cometer grandes errores porque su posición económica o social les permitirá levantarse. ¿También hay clases sociales en el error? Aprile es rotundo en su respuesta: “Sin duda”. Al desarrollar esta afirmación indica que el error es una herramienta y, como cabe esperar, las consecuencias son directamente proporcionales a la importancia del fallo y del poder de quien lo haya cometido.
Sin embargo, el italiano matiza que el error tiene una característica que se podría calificar de ‘democrática’, puesto que “cualquiera está en condiciones de realizar acciones desproporcionadamente importantes respecto al poder o al valor de quien las ejecuta. Un imbécil que pulsara el botón de un misil nuclear dirigido contra el Kremlin o contra la Casa Blanca podría acabar con la especie humana”. Y concluye con una sentencia: “El error concede el poder de Dios al más estúpido”.
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