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Rajoy y la pureza nacional

El expresidente del Gobierno Mariano Rajoy durante la presentación de su libro 'El arte de gobernar'.
13 de julio de 2026 21:19 h

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Ha vuelto. Y no como imputado en el caso Kitchen, que ya saben que pudo serlo pero no fue. García Castellón mediante, el expresidente del Gobierno, Mariano Rajoy, se libró de ser juzgado por la mayor trama de corrupción institucional en democracia. Así que ahora, además de ejercer de registrador de la propiedad, mata el tiempo libre escribiendo columnas. Opina sobre fútbol, pero podría hacerlo de natación sincronizada, de equitación, de boxeo o de gimnasia rítmica, ya que es conocido por todos que siempre fue más apasionado del deporte que de la política, aunque viviera casi 40 años de ella.

Su pereza infinita y su oratoria, repleta de trabalenguas, ha regalado no pocas frases surrealistas para los anales de la política: que si “es el vecino el que elige al alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde”; que si tenemos que fabricar máquinas que nos permitan seguir fabricando máquinas...“; que si ”España es una gran nación y los españoles muy españoles y mucho españoles“ y ”somos sentimientos y tenemos seres humanos“; que si ”me gustan los catalanes porque hacen cosas“; que si ”un vaso es un vaso y un plato es un plato“...

La última nos llega con motivo del mundial de fútbol a las puertas de la semifinal que este martes juegan las selecciones de España y Francia y no fue fruto de la improvisación, sino de una sino de una reflexión profunda, ya que la dejó escrita negro sobre blanco. Lean, lean: la selección francesa tiene “un altísimo nivel, eso sí, sin franceses”.

Rajoy entraba así en los grandes clásicos de la extrema derecha europea con una mentira además salpimentada de racismo porque de los 26 convocados por el seleccionador oficial, solo tres eran nacidos fuera de Francia. Que muchos de ellos sean hijos o nietos de inmigrantes no los hace menos franceses del mismo modo que ser nieto de emigrantes españoles en Alemania o Suiza no hace a nadie menos español. El expresidente no ha cometido un error, ni ha tenido uno de sus habituales lapsus, simplemente ha construido un argumento sobre una premisa falsa de una forma tan burda que cuesta creer que no supiera lo que estaba escribiendo.

“Nivel alto, pero sin franceses” es la manera más retorcida y discriminatoria de decir que el color de la piel o el apellido determinan la pureza nacional. Y es la manera también con la que la extrema derecha lleva años introduciendo de soslayo el racismo institucional en el debate público. Rajoy, por tanto, no ha inventado nada, simplemente se ha sumado a una deriva reaccionaria, racista y xenófoba que ya existe y que amenaza los valores sobre los que se fundó Europa, además de los principios fundamentales de la convivencia.

No en vano la respuesta, en Francia y en España, ha sido unánime para alertar contra los comentarios que alimentan los ataques racistas. Políticos de todo el espectro francés, desde la izquierda comunista hasta la derecha conservadora han coincidido en condenar sin matices lo que ha dicho el expresidente. Si todos están de acuerdo en señalar que ha habido racismo, queda poco margen para la duda, la equidistancia y el contorsionismo dialéctico que ha practicado el PP para no corregir, afear o condenar las palabras de quien fuera su jefe de filas.

Además de enfangar las relaciones con Francia en vísperas de la semifinal del mundial y usar su mayoría absoluta en el Senado para paralizar la ratificación definitiva del Tratado de Amistad con Francia suscrito por ambos gobiernos en enero de 2023, alguien debería explicar a los populares que la pertenencia a un país no se mide por el apellido o el color de la piel, sino por el arraigo. Un principio básico que conviene recordar cuantas veces haga falta para no perder de vista el punto en el que estamos en España, en Europa y en el mundo.

Cuando un expresidente de Gobierno juega con las mismas ideas que Vox sobre la reconquista identitaria europea está emitiendo señales inequívocas de dónde estamos y hacia dónde nos dirigimos. Y todo indica que, con PP+VOX, vamos a un país en el que algunos quieren que haya ciudadanos de primera y de segunda, y que el pasaporte no baste si no va acompañado de un apellido compuesto y un blanco nuclear en el color de la piel.

Lo de Rajoy no ha sido una boutade más de las suyas, sino la normalización en el PP de un discurso que hasta hace poco se asociaba solo a la extrema derecha y hoy ya está asumido como propio entre quienes aspiran a gobernar el país, con permiso siempre de Vox, claro.

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