Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
Feijóo y su dirección ocultan al Congreso los ingresos que perciben del PP
Los vecinos vuelven a casa sobre un paisaje carbonizado por el incendio de Almería
Opinión - No son franceses, por Lucía Taboada

La película que habla de la amnesia de un país lleno de campos de concentración: “Pasamos por ellos cada día”

Fotograma de la película.

Marta Borraz

12 de julio de 2026 22:07 h

0

Un colegio, un hotel de lujo, una plaza de toros, una explanada en la que varios niños juegan a la pelota, una parcela en la que, aún hoy, quienes la pasean encuentran casquillos de balas. Son las huellas de una historia que no ha sido lo suficientemente contada, la de los campos de concentración franquistas que poblaron el país desde la sublevación militar de 1936. Una dimensión de la represión que rescata del olvido Todo es cárcel, la nueva película de Eloy Enciso, estrenada esta semana en el festival FID Marseille, que se ha celebrado hasta este domingo en la ciudad francesa.

Los golpistas no necesitaron ni siquiera 24 horas desde que se rebelaran por las armas contra la República para abrir su primer campo de concentración a pocos kilómetros al sur de Tetuán. Repartidos por toda la geografía española, este tipo de espacios, de los que el periodista Carlos Hernández llegó a documentar 300, fueron usados por los franquistas para encerrar a los prisioneros a medida que conquistaban territorio. Funcionaron hasta finales de los años 40 y llegaron a albergar a más de 750.000 republicanos.

Su existencia, sin embargo, ha sido y es todavía ignorada más allá de la historiografía oficial y apenas hay señales en los lugares que ocuparon. Un olvido colectivo sobre el que Todo es cárcel propone una reflexión ineludible para las sociedades democráticas: qué ocurre cuando una violencia sistemática desaparece del relato compartido de un país, pero continúa dejando huellas en la vida cotidiana incluso sin darnos cuenta.

Porque el filme, aunque utiliza como elemento vertebrador el sistema concentracionario de la dictadura, apunta a un marco más amplio, el de la represión franquista en toda su amplitud. “Al menos para mi generación es algo bastante desconocido, pero que tiene un carácter muy rizomático. Cuando empiezas a tirar del hilo vas llegando a otras derivadas. La historia política de un país siempre se cuenta en términos macro y yo quería acercarme a lo micro, a cómo esa violencia tan sistemática puede estar aún presente hoy en día, cómo la hemos heredado o ha quedado reflejada en las familias”, explica el director Eloy Enciso, que en 2019 ya ahondó en las heridas abiertas de la Guerra Civil en Longa noite.

Su nueva película, una ficción con tintes documentales producida por Umbracle Cine y Filmika Galaika, sigue los pasos de Elsa, una fotógrafa que recorre el país con su proyecto sobre campos de concentración franquistas. En medio del proceso, la mujer tendrá que enfrentarse a su propio pasado y a su historia familiar, a partir de la muerte de uno de sus tíos, que vivió la dictadura de Franco. El suceso la llevará a la casa de Galicia en la que ella y sus primos tendrán que abordar qué hacer con el legado material mientras emergen las voces de quienes quieren enterrarlo para siempre.

Una “pugna” por la herencia de los objetos que representa a toda una sociedad. “La intención última no es que tenga un sentido literal, sino simbólico. Aún hay dos Españas, la que desde hace mucho tiempo pelea porque de verdad se afronte esta asignatura pendiente y la que no. Este es un problema de fondo y a gran escala que sigue bloqueando el acceso a la memoria”, cree Enciso.

Fotograma de la película sobre la transmisión generacional de la memoria.

Los objetos cotidianos vinculados al pasado adquieren un papel clave en el filme porque también lo tienen en la vida real. Las fotografías de los represaliados y las cosas que tuvieron en su vida o las que portaban en el momento de su fusilamiento son custodiadas por algunas familias para recordar a sus desaparecidos, mientras otras se ven abocadas al silencio.

El antropólogo Jorge Moreno, que tiene un papel en la película y lleva años investigando el poder simbólico de los objetos, lo explica con un caso real, el de los nietos de un represaliado que apenas saben quién fue o lo que ocurrió frente a otros familiares, la mayoría mujeres, que sí han resguardado la memoria. Para Enciso, esta y otras escenas muestran cómo “el sistema fue muy efectivo borrando las cicatrices de la historia que quedó en los árboles familiares” y que, de alguna u otra manera, nos atraviesa a todos y todas.

Las cartas de Carmen y Ángel

La narración va entrelazándose con otras capas, como la que traslada al espectador al final de la Guerra Civil y los primeros años de dictadura a través de Carmen y Ángel, una pareja de represaliados enamorados a los que separa el triunfo de los franquistas. Su historia está tejida por las cartas que se escriben mientras relatan la crueldad de las detenciones, los intentos de huida, los campos de concentración y las cárceles en las que son encerrados.

El intercambio epistolar es ficcional, pero tiene una base documental: son fragmentos de memorias, escritos y cartas reales. Sus palabras son retazos de las que algún día dijeron personas reales que fueron perseguidas por su forma de pensar. “Todo lo que se dice, alguien lo relató”, explica el director, que ha llevado a cabo una dilatada investigación al respecto.

“No soy capaz de contar todo lo que me hicieron, ojalá algún día lo consiga”, le dice Carmen a Ángel en uno de los extractos en los que cuenta su detención. Es 28 de junio de 1939 cuando él responde desde un campo de concentración en el que está prisionero: “Entre el 11 y el 27 de junio hemos comido cuatro veces. Se nos escurren las mejillas y se nos hunden los ojos, nos adelgazan los brazos, las piernas y el pecho. Cuesta trabajo permanecer de pie”.

Fotograma de la película que muestra un banderín franquista.

Al tiempo que Elsa, que habitualmente vive en Berlín, recorre la geografía española para retratar qué lugares albergaron los campos franquistas, las cartas de Carmen y Ángel ponen cuerpo y vida a los escenarios. La frase que resume su periplo es una idea central en la película: “Pasamos por ellos cada día sin darnos cuenta”, dice Enciso sobre los campos, de los que apenas un puñado están señalizados o conservan alguna marca que permita reconocer lo que fueron. Los paisajes sin rastro de memoria se contraponen así con el horror que albergaron.

En estos espacios, la dictadura instaló los llamados batallones de trabajadores, uno de los sistemas de trabajo forzado de la España de Franco contra los considerados enemigos del Nuevo Estado. En general, una vez los prisioneros republicanos llegaban a los campos, se discernía quienes pasarían a trabajo forzado a partir de su clasificación en afectos, desafectos y afectos dudosos al Glorioso Movimiento Nacional. Una parte de la infraestructura del país fue levantada por ellos en condiciones de semiesclavitud: desde numerosas vías de tren a presas y embalses o incluso el Valle de Cuelgamuros, donde miles de víctimas fusiladas permanecieron décadas enterradas junto a su verdugo.

A lo largo de la película es una voz en off la que la mayoría de las veces lee las misivas de Ángel y Carmen. Mientras eso ocurre, la cámara recorre calles, negocios, pueblos tierras y edificaciones como si nada pasara, como si el paisaje de nuestro país estuviera “disociado de su propia historia”. El tiempo se dilata frente a ellos y el silencio se expande. Un silencio que es colectivo. “Nos interesaba usar el cine para retratar el denominado 'franquismo sociológico' a través de los paisajes mudos y la intimidad, mostrando que el fascismo convive con nosotros a una escala tan colectiva como individual”, concluye Enciso.

Etiquetas
stats